El cine colombiano ha resuelto, en parte, los complejos del país ante el mundo más allá de sus fronteras. De distintas maneras: atenuando su carácter vergonzante, enalteciendo la esperanza en el talento local, celebrando la vitalidad de una cinematografía en desarrollo o, en el peor de los casos, incitando al nacionalismo exaltado que festeja sin medida la generosidad de la suerte: es posible leer en boletines de prensa, cuando una película recibe un galardón en algún festival de prestigio, “Colombia gana…”, cuando quizás lo correcto sería nombrar al artista específico que triunfó y no a la geografía que se menciona como si un equipo de producción cinematográfico fuera la selección de fútbol que nos representa a todos.
Más allá de la patria y sus emociones es cierto que el cine colombiano –y, por extensión, el latinoamericano-, interesa cada vez más a la crítica, los programadores internacionales y el público que descubre las imágenes de un país en el circuito de los guetos cinematográficos.
Las proyecciones se han multiplicado en distintos escenarios: Toronto, Venecia, Cannes, Sundance, La Habana, San Sebastián, Berlín, Rotterdam, Thessaloniki, Buenos Aires. El mapa regional se extiende al mundo y la crítica, ausente de las referencias o el conocimiento del país, juzga simplemente la manera como está narrada una historia, su puesta en escena y los elementos formales que deciden la suerte de su diálogo con el espectador.
Colombia al 100% demuestra el interés del Festival de Cartagena por seguirle el rastro al cine nacional. Su directora artística, Monika Wagenberg, quiere hacer del evento un espacio crítico y una plataforma para las películas en exhibición.
Estrenados entre el 2010 y el 2011, tres documentales y siete largometrajes de ficción, sugieren el estado de salud creativo en el que se encuentran sus realizadores. Veteranos y debutantes, la muestra se compone en su mayoría de óperas primas en el formato de largometraje: García (Rugeles); Karen llora en un bus (Rojas Vera); En coma (Restrepo/Rivero); La sociedad del semáforo (Mendoza); La vida era en serio (Borda); Pequeñas voces (Carrillo/Andrade). Los títulos restantes son prolongaciones que consolidan la filmografía de sus directores: Todos tus muertos (Moreno); Apaporis, en busca del río (Dorado); Meandros (Montealegre/Franco); Pablo’s Hippos (Hildebrand).
La tradición temática que define al cine colombiano –la violencia que hechiza al país desde el siglo XIX y que seguirá siendo filmada hasta que la pesadilla y sus fantasmas puedan ser conjurados-, se matiza con historias íntimas a través de las que se complementa y se puede comprender lo masivo y lo individual; lo gregario y lo doméstico; las masacres y la ansiedad cotidiana por sobrevivir tanto a la tragedia comunal como a los dilemas que retan la armonía de personajes sometidos a la rutina de la que quieren escapar –Karen llora en un bus, La vida era en serio, García.
Ver en conjunto la filmografía reciente de un país ofrece un panorama sobre los intereses, riesgos, aciertos o decepciones que deciden el rumbo y la suerte de una cinematografía. Los ciclos dedicados al cine iraní en Toronto o al cine rumano en Thessaloniki han situado a sus directores en la perspectiva de otros festivales y en la distribución de sus películas por los circuitos comerciales. Como escenarios de lanzamiento y encuentro, son eventos útiles para descubrir hacia dónde se dirige la mirada de una generación que se muestra a través de la cámara. Es seguro que Colombia al 100% prolongará sus resultados tras el Festival de Cartagena: cuando el público, los realizadores y el país, que espera a que sean filmadas más historias, continúen dialogando alrededor de sus películas.