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Los pueblos fantasmas

Santiago Escobar en el 13 Salón Regional de Artistas, Zona Centro Occidente.

14 de diciembre de 2009 - 02:48 p. m.
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La pasión de Santiago Escobar siempre han sido las maquetas, eso lo heredó de su formación como arquitecto. Jugar con los objetos y los paisajes a escala, volver lo gigante pequeños retablos y convertir por el contrario unos simulacros de estructuras en cosas reales, es lo que desde siempre marcó su trabajo.

Sin embargo, lejos del cartón paja y los arbusticos ficticios, Santiago usó en sus maquetas soldaditos de plástico, herramientas como hombres solos y alicates, todo para jugar con la proporción y para que antes que recrear objetos pudiera hablar de realidades sociales.

Le sugerían siempre que tenía que definirse, que no podía ser artista y arquitecto a la vez, pero una beca que lo llevó a estudiar a Londres lo convenció de que sus intuiciones  eran acertadas.

Sus proyectos evolucionaron y aquel soldadito que solitario se enfrentaba a una serie de hombres solos enfilados, dejó los universos inventados y conquistó  paisajes reales que le ofrecía la ciudad. Fue así como este artista manizaleño descubrió que con poner un séquito de guerreros miniatura con ciertas intenciones sobre el pasamanos de un metro en Londres y luego fotografiarlo, aparecía una realidad distinta. Al cambiar la escala lo que se veía no eran unos juguetes puesto sobre la baranda de metro, sino unos soldados que peleaban en la cubierta de un barco.  Esto lo repitió con alcantarillas destapadas en la calle y hasta sus muñecos se posaron en torno a la legendaria grieta que Doris Salcedo hizo en la Tate Gallery.

Cuando regresó a Colombia, una nueva idea lo asaltó. Su obra, que ya había tocado algunos temas de la violencia, ahora quería centrarse en el proceso de desplazamiento y entonces decidió crear su serie de pueblos fantasmas, con la que fue seleccionado en 13 Salón Regional de Artistas.

Fue así como en el mes de septiembre Manizales se vio asaltada por 36 carpas triangulares que se situaron en su emblemático Morro de Sancancio, un lugar que no sólo es insignia de la ciudad, sino en el que confluyen varios barrios distinguidos. “La idea era que el pueblo aparecería, duraría un par de días y se iría. Fue maravilloso ver los comentarios de la gente que un día se despertó con el cerro invadido”, comenta el artista.

Santiago Escobar ponía en el punto más alto de la ciudad una intervención que hacía visibles a esos invisibles que reposan siempre en los suburbios escondidos. “Fue una apuesta efímera que intentaba rescatar más el gesto que la permanencia de la obra y que recreaba el movimiento de esa gente que no tienen dónde posarse”, añade. Su pueblo viajará el próximo año a las playas de la ciudad alemana de Hamburgo y así sus desplazados pasarán a hablar de inmigración y en lugar de quedarse sobre un morro, se ubicarán  un par de días en la playa.

Cuando desaparezcan quizás dejen esas preguntas que quedaron rondando en Manizales: ¿quiénes eran?, ¿por qué estaban ahí?, ¿por qué no tienen tierra? La obra quedará cerrada con esas lecturas particulares. La pregunta, la sacudida es su único fin.

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