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Mal de savia (Cuentos de sábado en la tarde)

El viento frío que le entraba de lleno a Sergio por la ventana abierta de la Piper le hizo doler los poros. Le dio una mirada de reojo a los pequeños puntos inflamados en los brazos, se mordisqueó las uñas y un vacío lo sacudió de regreso a las delicias de este vuelo. El piloto había apagado los motores.

21 de marzo de 2020 - 02:44 p. m.
Cortesía
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Desde que era estudiante lo había seducido la historia de este suizo que estaba demostrando lo evidente: de cada árbol de esta jungla amazónica por sobre la que ahora surcaban sigilosos, nacía el agua que se transportaba por corrientes aéreas como húmedo aliento vital del continente y del planeta. Mientras se deslizaban por encima del río Araracuara en otros ríos celestes, sintió de nuevo el escozor incómodo en la piel. Ya les pondría atención a estas molestias cuando la pasión por su trabajo le dejara un tiempo. A los veintiocho años, el mal no sería grave. Por el momento supervisar la vegetación desde su base —ese techo de hojalata que relumbraba apenas perceptible entre los árboles, abajo— le ocupaba la mente y los sentidos. Al final de ese literal vuelo de pájaro se despidió de Gérard Moss y se pusieron una cita para acompañarse a pasar la nochebuena en dos semanas.

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En los tablones con los que está construida la estación de seguimiento de la jungla, Sergio descubre las dentelladas dolorosas de la motosierra. El techo, sin embargo, es de metal caliente y no de paja pues los burócratas del Instituto insistieron en que al menos uno de los espacios debería estar aislado con paredes para proteger estos equipos, concebidos para funcionar en un planeta de clima eléctricamente controlado. La «base» desde donde se realizan las excursiones de campo y el registro diario de la selva en la pantalla conectada al satélite, es una celda construida en zancos junto a la quebrada. El antediluviano aire acondicionado de pared es bullicioso y no alcanza a tapar el estrépito del generador de ACPM que hay que encender cuando los paneles no han tenido sol en días lluviosos. Sergio mira los cables y se ríe: se ven incongruentes. Son selváticas lianas de metal cubierto colgadas de una viga a la siguiente por algún indígena electricista improvisado. No los ha removido pues en este recinto la humedad es tolerable y aquí la ropa de salir al mundo no atrapa moho, ni sus libros hongos, ni sus revistas frívolas se enroscan en las puntas.

Como todos los días hace meses, Sergio prende el equipo puntualmente cuando el sol ecuatorial asoma por encima de las mismas palmas de moriche. La pantalla le muestra la pérdida de zonas forestales en las últimas horas. Hoy observa un tarascazo enorme, en color rojo fiebre, en la zona del piedemonte y un calvado nuevo cerca de la frontera con Brasil. Se toma un analgésico de los pocos que le quedan y nota que las manchas en su piel están creciendo y acusa un malestar que prefiere distraer por el momento. Por la ranura del puerto usb de la computadora asoma una rama verde diminuta. Quién sabe qué semilla ha germinado entre el metal inerte. A pesar del ensayo de mantener los equipos aislados del aire bochornoso, la humedad nutritiva ha sido suficiente. Sergio arranca la plántula e introduce la memoria. Debe discriminar y copiar los resultados: deforestación por ganadería, nuevas chagras, siembra de soya o coca, petróleo, minería…

Domingo 14 de diciembre, san Gemelo. Las partículas astringentes y amargas del Yoco se le adhieren a la garganta y a la lengua por un rato. Sergio, desnudo, escuchando el alboroto de los pájaros, continúa raspando la liana acurrucado a la orilla del rio grande; demora la mirada en el flujo del agua y en las pompas de espuma iridiscente que reflejan los colores tropicales de la aurora. Raspa el bejuco hasta que se desprende la corteza y la pulpa amarilla toca hueso y luego la macera, la mezcla con el agua transparente. Huele la bebida, que despide más una energía que un aroma, la consagra con vibraciones intuitivas y se bebe la pócima. Ayer el curandero del resguardo, el mayor Agustín, le envió con Mayra— la menor y más bella de sus hijas—dos bejucos enormes de Paullina Yoco: «Para el doctor Daterra, porque estamos como agarrados por los dueños». Aprovechó para mandar con la chica un recado a Gerard Moss de que quizás el malestar no lo dejaría viajar el 24 hasta los chorros. ¿Dónde conseguiría Yoco el viejo si estas plantas están cada vez más lejanas y mermadas? El chamán, como el Yoco son especies en vía de extinción —cavila Sergio—, mientras percibe que la corriente se lleva el malestar y la planta lo reemplaza poco a poco por un vigor acrecentado. Pero al rato, el cuerpo está sensitivo hasta sus límites y pone en evidencia ese dolor nuclear que se ubica debajo de la piel muy irritada y toma nota de que las manchas se asemejan a las zonas de deforestación de su pantalla, rojas y creciendo. Los mapas registran cada árbol caído y ¿también su organismo? ¡Quizás cosas del yoco! Está perdiendo pelo. Su cerebro de entrenamiento técnico dictamina: alopecia. Y son supersticiones. Su intuición animista le contesta: resonancia. Pero no entiende mucho; confía en su juventud. Prefiere por ahora enfocarse a disfrutar el gran regalo, este Yoco que acalla la algarabía de la mente y ayuda a organizar los pensamientos; algunas veces trae ensoñaciones suaves y la presencia etérea de los dueños de las plantas; en todo caso siente que su conciencia se ubica en un punto de encaje que permite que crujan los goznes de una puerta.

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Pero el informe de hoy le había producido un malestar intenso, sin ambages, directo a la salud. Decidió recostarse en el chinchorro por un rato. Aprovecha el duermevela arrullado por la fresca brisa mañanera y se permite reflexiones y recuerdos al azar. Cuando aceptó el puesto de Monitor en la estación estaba muy recién salido de las aulas. Su pasión por las plantas, por este paraíso de plantas que es la selva, nació sin haberla conocido, en su infancia de huertas domesticadas y paseos. El vientecillo frio y el rezago del yoco lo hacen volar a su primer infatuación por este reino, a la copa del samán enorme: el niño de ocho años está aupado en la horqueta más elevada del gigante, su amigo de piel dura balancea su rama horizontal con una suavidad paternal y juguetona; hay un nido de halcones con polluelos al alcance de la mano, pero se limita a contemplar los picos que se abren como pequeñas

fauces abisales cuando divisan a la madre que regresa. Su propia madre le grita desde abajo que descienda, pero él no entiende el lenguaje de esos seres agitados, pega el oído al tronco y siente correr la savia lentamente y la savia murmura encantamientos y secretos…

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Por veinte años, en sigilo vigilante, ha presentido que su organismo siente cada árbol talado. Con cada golpe de hacha del colono tumbando un guayacán o con el rugido de una motosierra, Sergio percibe hoy más que nunca la reverberación malsana de sus células. A simple vista sólo acusa unos irritados puntos rojos. Pero el dolor principal es en el pecho, un desgarre opresivo que bien podría habérselo achacado a sus excesos adolescentes con los humos. A ver qué dirá mañana el curandero. Por el momento debe encender la máquina del ruido pues hoy el sol ha estado tímido y la bombilla indicadora del voltaje titila alharaquienta. Se limpió la grasa, se puso unos tapones de algodón de ceiba en los oídos, recogió del suelo una revista y tendido en la hamaca se embarcó en la fácil lectura del artículo «The perfect cheese for your zodiac sign» para espantar “la hipocondría” y luego tomó el diario, que llamaba “mi novia”, y dialogó con las páginas mohosas en tanto fue llenando la bitácora.

***

Don Agustín observa con sus ojos de jaguar el cuarzo transparente que me acaba de poner en la cabeza. Ahí aparecerá la enfermedad y seguramente con el diagnóstico vendrá la medicina. Dice el curandero que tengo los pulsos como brincos de sapo, una mano caliente y otra fría y la cabeza hierve. Transcurre la noche del 17 de diciembre, San Daniel estilita, dice el Bristol. Hace un rato el anciano me ha pasado una pócima espesa que me ha puesto a vomitar la bilis. La purga de hígado ha sido muy violenta y estoy débil. Amanece. El curandero ha estado muy callado, concentrado en la consulta, acomodando a veces con gestos delicados la corona de plumas que ha heredado por dos generaciones; ora, midiendo las horas con pequeños sorbos de aguardiente y largas bocanadas de tabaco.

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—Todo está muy revolcado en estos tiempos—dictamina el anciano agarrándome de nuevo las muñecas y tomándome el pulso a la manera tradicional del Amazonas—y por eso se sufre. Se le escurrió una lágrima.

***

Y no dijo nada más esa mañana, ni le pedí detalles a pesar de mi aprehensión. Don Agustín le pidió a Mayra que me preparara un desayuno y me entregó tres plantas para hacerme baños. Quedamos en que en un par de días continuaríamos tratamiento, así que me dormí para agarrar aliento y poder continuar con mis labores. Soñé con mi abuela favorita que me ofrecía– cautivándome desde algún lugar fantasmagórico– un espacio de tierra al lado de su tumba debajo de un Magnolio florecido.

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***

La imagen proveniente del Landsat en la zona cercana a este resguardo no podía ser cierta. En tres días de dejar de hacerle el seguimiento, Sergio veía una desaparición masiva de la vegetación. En ese corto tiempo, solamente una bomba podría haber producido una llaga semejante. A través de la comunicación interna entre las bases decidió preguntarles a los colegas de la selva si sabían en qué podía consistir el cataclismo. La respuesta no se hizo esperar: una minera canadiense con licencia para explotar el área virgen había logrado tumbar cientos de hectáreas en tres días: maquinaria pesada, motosierras, muchos hombres, una organización sin precedentes, intensiva. Coltán, decía el informe. Se pasó las manos por la cabeza, acarició sus rastas y se quedó con un mechón de pelo descuajado. Su cabellera crespa estaba intercalada de rodetes de cuero cabelludo. Los poros de los brazos burbujeaban.

***

Hoy 20 de diciembre, san Urbicio ermitaño, habrá tratamiento por la noche.

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—Todo está enrevesado en estos tiempos. No quiero ser aguafiestas, doctor, pero esto pinta, como dicen, grave—dijo el curandero cuando comenzó “los tratamientos”.

Afuera la oscuridad es ominosa y adentro en la maloca hay una luz. Al rato de estar tocando en la dulzaina una música triste, los ojos del indígena se llenaron de lágrimas que aumentaban como lupas los sendos pterigiones. El cuerpo le temblaba casi tanto como a mí; se arremangó la camisola de algodón y me mostró los brazos: tenía los mismos brotes rojos, supurando.

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—Explíqueme mayor—Le dije confundido

—Es una historia vieja como el mundo, larga y entorchada. Otro día se la cuento, porque hoy nos toca trabajar muy duro. si queremos pasar las navidades. Y quiero recomendarle que todo lo que vea, sienta, escuche o sueñe hasta que salga el sol, será nuestro secreto. Hoy me juego el pellejo.

Yo asentí al compromiso. Sólo puedo decir que el taita se engalanó con su apreciada y espléndida corona de plumas de loro y guacamaya que guardaba en su caja de madera, su sagrario; se colgó todos sus collares de colmillos, sus cascabeles grandes, sus rosarios, y comenzó el ritual que duró hasta el alba. Yo me entregué en sus manos y amanecí dormido en una hamaca hasta que el bramido de una motosierra espantó las gallinas y me recordó que aún estaba vivo.

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El anciano estaba recogiendo cenizas de una paila. Cuando me incorporé me saludó con un guiño y vi que nuestros cuerpos estaban ungidos de ceniza con un almizcle que parecía de grasas animales y que las manchas habían desaparecido por encanto y el bienestar era una novedad desconcertante. Miré con más cuidado el contenido de la paila: el curandero había inmolado su corona.

—Tocó así. Lo llaman mal de savia, y es muy bravo.

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