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Manual para La Resistencia

Un breve repaso por una serie de herramientas que permiten encriptar comunicaciones, navegar anónimamente o evitar el rastreo que las corporaciones hacen de la actividad en línea de los usuarios.

14 de diciembre de 2013 - 04:00 p. m.
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Para este punto de la historia, pensar que la red es un medio de comunicación seguro o anónimo es mucho más que una ingenuidad: es una variedad bien esparcida de la idiotez. Lo que la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos ha demostrado con creces es que la bestia (sea la que sea) siempre tiene hambre.

Y lo primero que se traga este monstruo es la gente. Como literalmente no puede triturar a las personas, pues esto sería genocidio (aunque de tanto en tanto también hay de esto), lo primordial es engullir sus rastros digitales, sus vidas en la prolongación electrónica de una existencia moderna, por llamarlo de alguna forma.

Una práctica que ya habían puesto en marcha las corporaciones y los departamentos de mercadeo, pero que en manos de un gobierno, o de varios, logra alcances que aún hoy resultan aterradoramente nuevos: nunca hay que dejar de creer que las cosas pueden empeorar.

¿Cómo contrarrestar esto? Siempre está la opción de tirar al inodoro el teléfono inteligente, adquirir uno de esos modelos que venían con linterna incluida, pagar todo en efectivo, no utilizar el correo electrónico y, en suma, dejarse caer de la red, en un sentido digitalmente literal.

Pareciera ser un lujo y en parte lo es: la ausencia de conexión en un mundo que se define por la facilidad para amarrar un punto al otro; eres los aparatos que posees, incluso.

Para quienes esta posibilidad es un imposible, bueno, hay otros caminos.

La resistencia llega en forma de navegadores seguros, de extensiones que bloquean el seguimiento que millones de sitios web realizan sobre la actividad en línea de los usuarios, de motores de búsqueda sin copia del historial de actividad de las personas y otras varias herramientas para pelear contra el Gran Hermano; un dato al margen: en el principio del escándalo de la NSA, las ventas de 1984 en Amazon se cuadruplicaron.

Uno de las primeros servicios que vienen a la mente es TOR (The Onion Router), que es una especie de red dentro de la red: una herramienta que redirige y encripta las comunicaciones de los usuarios, de manera que se hace prácticamente imposible saber quién está usándola y qué está transmitiendo.

TOR es un proyecto libre que, gracias al voluntariado y las donaciones de usuarios, permite que un paquete de información pase a través de al menos tres puntos de conexión diferentes y en el camino la identidad del remitente se vuelve difusa, así como el contenido del paquete. El discurso oficial, el de las oficinas de las autoridades, caracteriza a TOR como un ambiente en el cual conviven criminales de diversa índole. Las mismas autoridades que aprueban leyes para obligar a los proveedores de telecomunicaciones a construir rutas de acceso fácil para interceptar sus redes.

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En el mismo bando (La Resistencia), aunque con otros usos, se ubica Ghostery: un complemento para navegadores que muestra quién está rastreando la actividad del usuario en un momento determinado (principalmente compañías que monitorean los hábitos de los navegantes para bombardear con publicidad indeseada, con spam) y le permite decidir cuáles de esos rastreadores le parecen adecuados y bloquear los que no. El servicio tiene más de 20 millones de usuarios, lo que lo ha convertido en una de las opciones más populares en este aspecto.

DuckDuckGo es un buscador que cada día gana más tracción e impulso, pues está construido sobre la promesa de no almacenar el historial de consulta de sus usuarios. Puede que no suene como algo relevante, pero lo que cada persona busca en Google o Yahoo! es, en últimas, un resumen de sus intereses y actividades recientes, sólo que en una clave diferente. ¿Qué pasa si un gobierno descubre que un ciudadano está interesado en conocer aspectos varios de prácticas que en algunos lugares son ilegales, como el aborto, por ejemplo?

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La defensa de la privacidad no es un asunto del todo sencillo, claro, pero siempre resultará mejor hacer algo que dejar todo en manos de la burocracia y los legisladores. Ya está probado cómo salen las cosas cuando es así.

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