Mark Stevenson se embarcó en un viaje de un año por el globo que lo llevó a conocer nuevos procesos, tecnologías, políticas, iniciativas e ideas que buscan transformar el mundo, un paso a la vez.
Desde inteligencia artificial, pasando por técnicas moleculares que reducirían casi a cero los costos de manufacturación de una amplia gama de objetos, hasta la ciencia que se dedica a abolir (o al menos retrasar) el envejecimiento, la crónica de ese viaje trae una conclusión sobre lo que será el futuro: puede no ser tan desastroso como creemos.
Un escritor escribió alguna vez que “el optimista es aquel al que no le han dado todos los datos”. El punto de Stevenson en su libro Un viaje optimista por el futuro es, precisamente, que los datos sugieren que el futuro puede no ser una vía expresa hacia el apocalipsis.
Más allá de la ciencia y sus posibilidades, la absoluta convicción de que el conocimiento podrá salvar a la especie, Stevenson asegura algo obvio, pero no menos importante: el problema, o al menos buena parte de él, es la voluntad. “El punto es tener una ambición desvergonzada por construir un mundo mejor y trabajar hasta el dolor para que sea así. Si no lo estás haciendo, mi pregunta es: ¿qué haces aquí?”.
Usted dice: “El Gobierno sólo cambiará cuando nosotros lo forcemos a hacerlo”. ¿Ha llegado ese momento?
Muy pronto. Es muy obvio que no podemos seguir tapando las grietas de cosas como el sistema educativo, que ha logrado que un niño de cuatro años, fascinado con el aprendizaje, se aburra profundamente mientras aprende. Ese tiene que ser un gran logro: volver detestable algo que era interesante. Deberíamos aplaudirlo. ¿Cómo lograron algo así?
Hay innovación y creatividad, pero no tanta voluntad política…
Nos quejamos demasiado porque los gobiernos no logran nada y nos quedamos esperando a recibir permiso para hacer algo al respecto. La cosa es que los gobiernos nunca lideran, apenas siguen. Hay una historia, que puede no ser más que un chiste, que dice que una vez el científico Michael Faraday estaba hablando con un ministro británico, y al final de su charla el político le preguntó para qué servía lo que le acababa de contar. Faraday le respondió: “No lo sé, ministro, pero estoy seguro de que cuando lo averigüemos, usted le pondrá un impuesto”.
Lo que me impresionó mientras escribía este libro es que hay mucha gente en todo el mundo trabajando y resolviendo grandes problemas. Todas ellas no esperaron a recibir permiso para mejorar las cosas. La idea es que otros los sigan porque, en últimas, es el futuro de todos.
El cambio del que habla, ¿significa cambiar el paradigma de la revolución industrial?
Creo que sí. Estamos en esa batalla, una que hay que ganar porque, de no hacerlo, perderemos el planeta, nuestras relaciones, todo. Ahora bien, creo que ganaremos porque nos toca. Lo único que detiene a la gente de intentar hacer algo para mejorar el mundo es creer que no puede.
Esta especie de revolución será en contra de lo propuesto por la revolución industrial, pero igual será conducida por las máquinas…
Creo que estamos pasando de una sociedad basada en respuestas a una fundamentada en preguntas. Hace 20 años, la persona más inteligente era la que podía recitar a Shakespeare de memoria y tener todo tipo de datos en la cabeza. Pero ahora esos datos están ahí, a la mano. Hoy, el valor de la información no es dar respuestas a las preguntas, sino hacer nuevas preguntas. Los teléfonos de ahora tienen más poder de procesamiento que todo el programa Apolo. Eso es fascinante.
¿Cuál es el campo de la ciencia que será punta de lanza en este proceso de cambio?
La nanotecnología, porque va a revolucionar la forma como se manufactura. Gracias a la combinación de sustancias en niveles muy pequeños, comienzan a existir nuevos materiales como nanotubos de carbono, que tienen 50 veces más resistencia que el acero, por ejemplo. La nanotecnología es como la cabina de teléfonos para Supermán: un elemento ordinario para hacer cosas extraordinarias.