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Me verás volver (Cuentos de sábado en la tarde)

Despertó de un coma un famoso cantante. Dijeron las empresas que poseían como mercancía su nombre que volvería a cantar. Las masas enloquecieron. Las ventas se dispararon.

27 de julio de 2019 - 04:15 p. m.
«De repente, se encendieron unas luces de colores, todo el lugar se estremeció cuando sonaron las baterías y las guitarras de la canción que desde hacía un par de semanas no paraba de sonar en todas las emisoras». / Cortesía
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De las bodegas olvidadas se sacaron cajas de discos, dividís, afiches, guitarras firmadas, camisetas y toda suerte de productos de los que eran dueñas las empresas que poseían el nombre del cantante. Se vendieron en menos de una semana todas las boletas de los conciertos a realizarse en el tour mundial de los dos años a venir. Las masas querían ver volver a su ídolo. Algunos djs de radio, todos grandes curadores, hicieron sonar de nuevo sus álbumes completos, y en un par de meses los viejos éxitos, y uno que otro par de canciones maravillosas que la gente nunca escuchó pues se encontraban ocultas en los discos, se tomaron las listas. Y las masas volvieron a cantar y tararear las letras y las melodías de álbumes olvidados ya por la industria. El mundo entero estaba esperando ansioso el primer concierto; todos morían por escuchar de nuevo la voz del ídolo renacido. 

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Con el paso de los días empezaron a filtrarse rumores sobre la estrella: que había despertado totalmente amnésico; que no recordaba ni siquiera su nombre. Los médicos temían (así titulaba la prensa) que todos esos años de educación musical se hubiesen perdido. Una que otra revista cultural señalaba la paradoja, la magnífica ironía, de que alguien quien en todas sus entrevistas había dicho que siempre había deseado ser mundialmente conocido, tuviese ahora la oportunidad de vivir la fama sin saber que años antes era todo lo que siempre había deseado. “Un genio que habitará el mundo ignorante de los productos de su genialidad”, sentenció un columnista cualquiera. Otro rumor, por su parte, sugería que el astro rey milagrosamente recuperado simplemente dejaba crecer las ansias de sus fanáticos antes de salir de nuevo al público y que, dejando de lado una que otra dificultad motora, era un milagro que aún recordase absolutamente todo lo que había hecho. Las versiones más extremas, las más desconfiadas y paranoicas, acudían a la idea de una conspiración de las disqueras que habrían planeado todo, absolutamente todo, desde el accidente, hasta los años en coma y el despertar milagroso, sabiendo que con el efecto que se generaría, podrían vender muchos productos que se habían quedado en el stock de las tiendas y, siervas del capital que eran, podrían satisfacer así los oscuros intereses de los empresarios, opresores eternos de la clase trabajadora. 

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Algunos cuantos se convencieron de semejante tontería sin pensar acaso que los oscuros intereses de los empresarios, como tan melodramáticamente lo ponía la revista en cuestión, no tenían nada de oscuros pues era evidente que estos nunca fueron otros que los de enriquecerse, por lo que llamarlos siervos del capital era, ante todo, y con el debido respeto a la revista en cuestión, una redundancia intrascendente. Lo que nunca entendieron quienes creyeron la versión de la publicación es que, independientemente de si esta era cierta o falsa, nada los obligaba a comprar los productos que ahora atiborraban las tiendas. El resto del mundo era feliz sabiendo que compraban los afiches, los discos, las entradas a conciertos y todas las demás chucherías ya también citadas, no porque fueran víctimas de los oscuros intereses de alguien, sino, simplemente, porque querían. Y sin duda eran más felices.

Pasaron casi seis meses antes del primer concierto. Para ese entonces la industria se relamía de placer al mirar las cuentas de los últimos meses: todas mostraban inmensos márgenes de ganancia. “Toda una proeza”, se felicitaban los unos a los otros. “Excelente idea”, decía el presidente de la compañía que poseía los derechos de la obra del renacido. Todos estaban felices con los resultados del proyecto, y pese a la gran cantidad de detalles, no se cometió ningún error. Ahora, la noche del concierto, todo estaba listo para el final excelso que habían planeado las compañías. En las oficinas, el ambiente bullía de emoción.

Las masas copaban cada rincón del estadio. El escenario estaba lleno de humo, producto de unas máquinas que hacían un ruido místico. De repente, se encendieron unas luces de colores, todo el lugar se estremeció cuando sonaron las baterías y las guitarras de la canción que desde hacía un par de semanas no paraba de sonar en todas las emisoras. Un grito de miles de voces, una ovación incontenible y de entre el humo salió el artista, brillante, majestuoso. Faltaban solamente un par de compases para que empezara a cantar, el mundo entero observaba, en el estadio, en las pantallas de sus televisores y computadores, un instante solemne en que la humanidad entera aguardaba toda lo mismo y de pronto, pum, una luz enceguecedora, una explosión de instrumentos, y después nada. Silencio. No se escuchó ninguna voz y en cambio se vio caer sobre la tarima el cuerpo del cantante con un ruido sordo. Silencio. Horas más tarde se dio a conocer la noticia: había caído de nuevo en coma. 

Mientras veía el noticiero sentado en el cómodo sillón de su oficina, el presidente de la compañía dueña de los derechos alzó el teléfono:

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— ¿Señor? — respondió del otro lado su secretaria.

— Envíe un cheque al director de la revista que habló de la conspiración de las disqueras. Déle las gracias por la idea.

 

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