“Un bruto inteligente”. Así definió de manera afectuosa y certera el maestro Gabriel García Márquez a Miguel Ángel Bastenier, el entrañable periodista que hizo parte del cuerpo de maestros de lujo con que cuenta la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI). Fue, además de un ser humano único e irrepetible, un artesano del “oficio más bello del mundo”. Su trasegar como acucioso “moscardón” para el buen uso del lenguaje, el conocimiento profundo de los géneros periodísticos y su insondable conocimiento de los temas internacionales lo ubicaron como referente obligatorio para todos aquellos que quisieran hacer buen periodismo.
La noticia de su fallecimiento trae a la mente dos imágenes: la primera, que él era de aquellos que uno pensaba que nunca se iban a ir, hasta que se le ocurrió la pésima idea de dejarnos para siempre. La otra, que es imposible no imaginarlo sentado en el restaurante Guetaria, Calle del Comandante Zorita, con una copa de vino o un Pacharán al frente y el inevitable cigarrillo en la boca. Tendría los periódicos del día en la mano, con esa actitud de “grinch” que le gustaba asumir, criticando con encono los pésimos titulares o lo mal escritas de las notas publicadas tras su fallecimiento. Además de burlarse de todas las sandeces que, consideraría, se han dicho sobre él.
Lo conocí en Caracas, en el año 2000, en un evento que organizó la CAF sobre periodismo. Dijo algo que avergonzó, con razón, a los asistentes de este lado del Atlántico: cómo explicar que un periodista de un país latinoamericano X consulte a la redacción de El País sobre lo que pasa en otro país Y de la región, y no lo haga llamando a sus propios colegas en dicho país. Desde la CAF, y con el entusiasta apoyo de su presidente Enrique García, iniciamos un ambicioso programa de acercamiento y mejoramiento de los medios de comunicación. La entidad escogida para llevarlo a cabo, por su nivel de excelencia, fue la FNPI, que presidía el maestro Gabo y cuya alma ha sido, desde su creación, Jaime Abello, su director ejecutivo.
Miguel Ángel ya era uno de sus miembros y participó activamente de los talleres, foros y encuentros que se llevaron a cabo en distintos países. En especial en el Gran Encuentro que se hacía en Monterrey, México, que reunía a unos cien periodistas, encabezados por el propio Gabo, para hacer lo único que el tiempo no permite en una sala de redacción: discutir sobre periodismo. Sin embargo, su nicho con sello personal era el taller que él llevaba a cabo a mitad de año en Cartagena, sobre cómo hacer un periódico. Sus muchos discípulos, que soportaron con estoicismo sus bruscas maneras, su voz ronca que salía como de un megáfono y caía como un látigo ante el más pequeño error, difícilmente podrán conocer, en adelante, un mejor y más exigente maestro.
Estando en Caracas, un día recibí en la oficina una llamada de Jaime Abello, quien con voz preocupada me dijo: “José, a Miguel Ángel le dio un infarto y lo tenemos en la clínica. Por favor habla con él, pues quiere irse ya mismo para Bogotá y sabes que no le hace caso a nadie, a ver cómo te va a ti”. En efecto lo llamé, traté de utilizar el tono más firme y convincente a la vez, en especial para decirle que dejara de fumar como una chimenea y que no se le ocurriera ir de inmediato a Bogotá, o la altura se encargaría de terminar lo que no había logrado el infarto. Con su voz ronca me respondió condescendiente: “Joderrrr, claro que sí, José Luis, que no te preocupes, que no te preocupes. Que me voy a cuidar. Que yo sé que esto fue un anuncio. Seguiré las recomendaciones de los médicos”. Colgué tranquilo y satisfecho. Al día siguiente me llamó Jaime a media mañana: Miguel Ángel había viajado a Bogotá esa mañana. Así era.
Conversar con él de política internacional, en especial sobre el conflicto arabe-israelí, en el cual era una autoridad, fue siempre un placer infinito. Tenía unos gustos muy particulares, propios de su neurosis. Nunca comía verduras o vegetales. “¿Y para qué? Esos hay que dejárselos a los animales que pastan, pues les hacen mucho bien”. No tenía equipo de sonido ni televisión en su casa. Se había hecho ciudadano colombiano y gozaba, con gran sorna, haciendo bromas cuando descubría una víctima propiciatoria. Lanzaba un comentario demoledor y cortopunzante sobre alguna situación de la realidad colombiana. La persona, herida en su honor patrio, le contraargumentaba para defender al país. Él volvía al ruedo y hacía otro comentario más hiriente todavía. Al final, la otra persona, desesperada, le soltaba el inevitable: “…y usted debería tener más respeto, como español, en sus comentarios sobre mi país”. En ese momento, y cual torero que espera asestar el golpe para el descabelle, miraba a la persona, en especial si era una mujer: “pues sepa que soy tan colombiano como usted y que estoy/estuve casado con colombiana, y quiero y sufro este país como cualquier compatriota”.
Como el famoso Dr. House de la serie de televisión, Miguel Ángel Bastenier honró lo que debe ser todo buen periodista: no transar con el poder, decir las verdades, por más dolorosas o fuertes que sean, y ser indeclinable en sus principios. Va a hacer demasiada falta su consciencia andante por las salas de redacción y en las aulas de periodismo.
*Abogado y periodista