Pasaron más de 50 años para que el cine mexicano volviera a ser protagonista del prestigioso Festival de Cannes. A pesar de su larga tradición cinematográfica, desde los días en los que el español Luis Buñuel estuvo rodando en México, el país no había vuelto a destacarse en esta competencia. Solo hasta el 2006, cuando Alejandro González Iñárritu se llevó el reconocimiento a Mejor Director por la multicultural y globalizada Babel, la nación azteca volvió a las primeras planas. No llegaba solo; detrás de él venía una camada de jóvenes cineastas liderada por Carlos Reygadas, quien se ganó el Premio del Jurado en el 2007 y el galardón a Mejor Director en el 2012, y por su “ahijado” creativo, Amat Escalante, quien mantuvo el premio para su país un año después.
Con Heli, su tercer largometraje, Escalante había presentado un filme confrontador e impactante (muestra sin recato las torturas inherentes a las guerras entre carteles), pero sutil y elegante a la vez, que le valió el reconocimiento en Francia. Aunque nació en 1979 en Barcelona, vivió y se educó en el cine de manera autodidacta en Guanajuato, región donde se desarrollan todas sus historias y que sirve de escenario para profundas preguntas sobre el estado de la sociedad donde vivimos. Reygadas, Escalante, el español Pedro Aguilera y el argentino Lisandro Alonso estarán hasta este sábado en Bogotá como maestros del Simposio Internacional de Cine de Autor.
Heli es una película a la que le fue muy bien en Cannes y le dio el premio a Mejor director, pero no obtuvo nominación en los Óscar. ¿Su sello está más inclinado hacia alguna de estas dos “escuelas”?
Mucho de lo hecho en Hollywood me ha inspirado y lo veo, y mucho cine europeo también. He tratado de hacer, a través de mi sensibilidad y forma de ver el mundo, las películas más honestas. No vivo en Hollywood ni en Europa, sino en México y aquí tengo muchas cosas impresionantes que me rodean. Cosas dramáticas, tristes, contrastantes, cómicas, que si las comunico, tendrán su propia voz. Heli por ejemplo, no habría podido suceder en Estados Unidos o en Europa, en Colombia tal vez, entonces sé que enfocándome en lo que tengo, contando una historia humana, hago diferencia. Eso es lo importante.
¿Tiene fe en el futuro de México?
Mis angustias las pongo en mis películas. La primera, Sangre, trataba sobre el consumismo y el seguir un orden de vida capitalista y que no deja lugares para lo humano. La segunda, Los bastardos, trata sobre migrantes mexicanos en Estados Unidos que abandonan su patria por dinero. Ahora lo que me angustia es la injusticia, la desigualdad y la corrupción, y eso quedó en Heli. Todas esas cosas me desesperan y no veo cómo solucionarlas; o sí pero es una solución que no se toma porque la gente con poder vive bien de la corrupción, de robarle al pueblo, de gente que se está muriendo de hambre y de los que están embobados por la tele. Parte de mi inspiración para Heli fue la película Rodrigo D no futuro de Víctor Gaviria, que me impactó mucho cuando la vi hace muchos años.
¿Por la desesperanza? ¿Porque somos sociedades de no futuro?
Pues sí. Como cineastas no vamos a ser los que resuelvan el país, pero creo que sí tenemos, más que una responsabilidad, preocupaciones y angustias. Es difícil concebir una visión positiva de final feliz. Las situaciones están demasiado extremas para eso. Pero también tengo esperanza. México también está muy bien a pesar de todo lo malo. Por eso es que se lucha y por eso es que hice la película aquí. El filme es un grito de desesperanza y angustia pero no de rendimiento. México, citando a Carlos Reygadas, “es un gran país a menos que tengas mala suerte”.
Cuando se ve el trabajo de personas como usted, como Carlos Reygadas o como Fernando Eimbcke, ¿se puede pensar que hay un movimiento de nuevo cine mexicano gestándose o son casos aislados?
Es difícil pensar en casos aislados, está pasando algo. Por un lado tiene que ver con que se está haciendo mucho más cine que antes, más de 100 películas al año a través de varios fondos e incentivos fiscales. Luego hay que añadirle la situación geográfica, política, social y dramática de México, que hace que surjan historias muy variadas e interesantes. Ayudó mucho la generación de Carlos y Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro, que hicieron películas acá en los 90 y principios de los 2000, inspiraron a toda una generación y dieron muestra de que en México también se puede hacer un cine internacional. Eso fue clave. Luego vino Carlos Reygadas que con Japón hizo algo muy novedoso, que yo no había visto desde Los olvidados de Buñuel. Eso inició otro tipo de consciencia cinematográfica en México, que hizo ver que podíamos hacer películas con mucho menos presupuesto del que imaginábamos, y sacar las historias urgentes sin importar si teníamos a Warner Brothers detrás.
Aparte de los cambios en la industria, ¿también existe una mirada diferente de los realizadores sobre los problemas del país?
También hay una tradición cinematográfica antigua y una influencia de Hollywood que ha tenido sus lados malos y positivos; ha fortalecido la industria y ha hecho que el Instituto Mexicano del Cine tenga una mirada más internacional. No creo que un mexicano tenga algo que un colombiano no tenga. Son circunstancias que hacen que no haya que estar tan regidos a las normas comerciales. Acá se puede hacer cine que de repente nadie ve. Se pueden tomar riesgos.
En Colombia ha gravitado una crítica hacia el cine local sobre el hastío de seguir viendo historias de “violencia, narcotráfico y guerrilla”. ¿Pasa igual en México?
No hay que preocuparse por esas críticas. En México también me preguntaban que por qué otra película de violencia. Dada la situación creo que no hay suficientes películas que traten de este tema de forma analítica y profunda. Cuando vivimos situaciones como las de Colombia o México, se está justificado a hacer lo que uno quiera. Otra cosa es si el público va a las salas o no, si se cansa, pero es importante que se reflejen todos los lados de la sociedad. Se deberían tratar como héroes a las personas que tratan otros temas, que no se van por la vía fácil de darle al público lo que requiere.
Las escenas más comentadas de Heli son las de la tortura y la violencia. ¿Hasta qué punto cree que el cine debe ser explícito con la demostración de estos actos de barbarie?
Depende de cómo se plantee el mundo interior. A mí me causan cierta fascinación esas imágenes. Me gusta el cine gore y de terror, entonces hago mezclas que me inspiran. No es un deber ni una manifestación política, es más bien una forma diferente de hacer las cosas cuando todo se ha hecho. Yo quiero ver cosas nuevas, el cine es para emocionar a la gente, y esa es la forma en la que encontré que puedo lograrlo.
¿El cine debe estar comprometido con una realidad social?
No todo. No considero el cine como una cosa, como que debe ser esto o lo otro. Entre menos se encasille mejor va a ser. El cine lleva un poco más de cien años de existencia y no hemos explorado tanto. La cuestión es que está muy mezclado con lo comercial, porque no haces una película para exhibirla en un museo, sino que la tienes que vender, volverla un producto. Hay un balance que hay que buscar entre la libertad y el deseo de mostrar cosas nuevas sin que la gene se ofenda.