«Siento profundamente el fallecimiento de Marie-Jo Paz, viuda de Octavio Paz y amiga entrañable. Comparto mi pena con sus amigos cercanos y la comunidad intelectual», expresó la secretaria en Twitter.
Tramini, nacida en Córcega (Francia), conoció a Octavio Paz durante la década de 1970 en Nueva Delhi, cuando el escritor era embajador de México en la India, y contrajeron matrimonio.
El historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze recordó en un tuit que Octavio Paz siempre decía sobre su esposa que «fue lo mejor» que le ocurrió en la vida, «después de nacer».
Marie José Paz –Mariyó, como la llamaba su marido– era una mujer casada con un diplomático francés cuando, en “un atardecer magnético” de 1962, conoció al autor de El laberinto de la soledad en el barrio de Sunder Nagar de Nueva Delhi. “Yo era muy joven para divorciarme y pronto me fui de India, sin despedirme de Octavio”. Pero el destino (“porque fue eso: el azar del destino”) haría que se reencontraran meses después en una calle de París. Marie José se divorció, se fue a India con Octavio (quien también se había divorciado de su primera esposa, la escritora mexicana Elena Garro), donde él seguía siendo embajador de México, y se casaron en 1964 bajo un frondoso nim lleno de ardillas.
Cuando le preguntaban por los hijos, Tramini decía: «Pensamos en tenerlos, pero yo necesitaba una operación que nunca quise hacerme. No obstante, ahora que veo a Salma Hayek y a tantas otras tener su primer hijo a los 40, digo: ‘Me la hubiera hecho’. Pero nuestro amor fue tanto que parecía que no necesitábamos hijos. ¡Teníamos tanto que hacer, tanto que compartir!”.
Al final de su vida ella se dedicó a revisar, corrigir, apruebar, opinar, coordinar… libros y eventos de su esposo. “Quisiera ser digna de su memoria”, dijo.
Octavio Paz le dedicó el poema Viento entero a su esposa:
El presente es perpetuo
Los montes son de hueso y son de nieve
están aquí desde el principio
El viento acaba de nacer
sin edad
como la luz y como el polvo
Molino de sonidos
el bazar tornasolea
timbres motores radios
el trote pétreo de los asnos opacos
cantos y quejas enredados
entre las barbas de los comerciantes
alto fulgor a martillazos esculpido
En los claros de silencio
estallan
los gritos de los niños
Príncipes en harapos
a la orilla del río atormentado
rezan orinan meditan.