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No te rajes, Jesusa

Cuando Jesusa Palancares vino al mundo en su última reencarnación, lo hizo vestida de mujer pobre mexicana, con apariencia aindiada, fuerte, rebelde y corajuda. Nunca había sufrido tanto como en este último regreso a la tierra, en el que debía terminar de blanquearse antes de presentarse ante el Señor.

07 de marzo de 2017 - 10:48 p. m.
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La Jesusa era una lavandera que vivía en los barrios pobres de México cuando conoció a Elena Poniatowska. Era chaparrita y no tan prieta como algunos de sus hermanos. Con un carácter fuerte, forjado por heridas profundas que sólo pueden entenderse desde la realidad marginal, las necesidades, la soledad y la violencia. Nació en Oaxaca y su abuelo fue un francés que se casó con una mujer indígena, o sea su abuela. Al parecer su familia en algún momento vivió las comodidades del dinero, realidad que se le disipó de las manos a través de los años. Huérfana de madre desde temprana edad, fue aprendiendo a vivir su soledad con testarudez y rebeldía; nunca nadie más que Felipe Palancares, su padre, peinó su melena abundante y terca como su carácter. Escapó del control de su madrastra, sus hermanos y en ocasiones hasta de su padre. No importaba cuántos golpes recibiera por castigo, la niña indómita de la familia llevaba bien adentro del pecho un fuego, una llama roja que crecía con su dolor, que la fortalecía en medio de su sufrimiento y no la dejaba rajarse de nadie. Cuando estalló la Revolución, Felipe Palancares se unió a las fuerzas carrancistas, Jesusa fue su soldadera y aprendió las penurias de la guerra, aprendió a odiar el nacionalismo, a no sentirse del todo mexicana, a descreer de la política, a saber que los de su padre estaban destinados desde el principio a perder. Sufrieron los campesinos, los pobres, los desposeídos la humillación después del fin de la Revolución, un gobierno que no cumplió con nada, una condena al analfabetismo y la pobreza. Jesusa narra con detalle su vida, cuenta sus peripecias en la Revolución. Cuando su padre la abandonó a causa de su desobediencia, intentó regresar a Tehuantepec, pero el capitán de la embarcación, al descubrirla mujer y joven, la entregó a la tripulación. Así se casó con Pedro Aguilar, un militar ramplón, muestra palmaria del machismo mexicano. Ella tuvo que sufrir las penurias de un marido que no deseaba, porque allá en lo profundo de su gigantesca conciencia sabía que no era mujer de tener maridos, que no le gustaba que la mandaran, la controlaran y la humillaran. La vida le había mostrado desde siempre que no era mujer que se dejara gobernar, porque, según decía, ella siempre fue muy ahombrada. Sufriendo los golpes de su marido un día se hartó, agarró el revólver, puso las balas en los bolsillos y esperó con paciencia y frialdad el ataque. Pedro Aguilar la amenazó de muerte y ella le contestó: ¿Sí? Nos matamos porque somos dos. No nomás yo voy a morir. Saque lo suyo que yo traigo lo mío. Pedro Aguilar nunca volvió a golpearla. “Después dije que no me dejaría y cumplí la palabra. Tan no me dejé, que aquí estoy. ¡Pero cuánto sufrí mientras me estuve dejando! Yo creo que en el mismo infierno ha de haber un lugar para todas las dejadas. ¡Puros tizones en el fundillo!”. Ella rezaba todos los días cuando lo veía salir, pedía que lo mataran porque ella quería recuperar su libertad. Un día la suerte se le dio y aquel marido nunca regresó a casa.

El verdadero nombre de Jesusa Palancares era Josefina Bórquez, la lavandera que le abrió su vida a la periodista y escritora Elena Poniatowska. Ella escuchó pacientemente las historias de Josefina por años. Luego en la noche llegaba a casa y escribía presurosa todo lo que le había contado en el libro que después titularía Hasta no verte Jesús mío. No usaba grabadora porque a Josefina no le gustaba ese aparato. La Jesusa es el retrato más bello que leí sobre quienes somos las mujeres latinoamericanas. Jesusa fue mi heroína por meses, ella adoptó todo el maltrato que le dio el machismo, la pobreza y la marginalidad y se lo escupió al mundo con la rabia, la fuerza y la violencia de sus propios victimarios. Jesusa nunca se rajó, no se supo rajar, pobre y analfabeta, me lanzó a un precipicio hondo en donde encontré a las miles de mujeres de esta Latinoamérica empobrecida, me mostró a todas esas anónimas valientes, campesinas, indígenas, obreras, soldaderas que tampoco sucumbieron ante la ignominia.

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