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Notas pedagógicas para una sociedad en crisis (III)

El presente escrito hace parte de una serie de reflexiones como maestro, sobre la relación entre la educación y la vida, como sustrato de una consciencia para una sociedad equitativa y tolerante.

08 de enero de 2020 - 06:23 p. m.
¿Cuántos jóvenes que representan el futuro del país y cuánto dinero, se han destinado para el camino de las armas, y en este triste empeño, cuánto potencial humano, intelectual, artístico, etc., se ha desperdiciado en esta guerra, que más allá de sus causas, continúa favoreciendo a unos pocos y desplazando a millones hacia un destino incierto? / Cortesía
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Aristóteles en la Metafísica I, abre su disertación filosófica así: «Todos los hombres desean por naturaleza saber», es decir, que no pueden evitar aprender, sin embargo también, ha debido citar: “que todo hombre por naturaleza tiende a crear”, ha de dejar huella, un registro por mínimo que sea, de su paso por la vida. En este sentido, cuando una sociedad no ofrece las garantías para que su población se desarrolle cobijada por una educación que ofrezca la oportunidad de crecer dignamente, compromete a su juventud por senderos que justamente, buscarán de manera precaria, hacerse camino para ganarse el pan de modos y maneras, por lo general alejadas del bien común, muchas por vías delincuenciales que a su vez son caldo de múltiples violencias. Sencillamente, estarán excluidos de participar del fin más alto para el que se educa la sociedad: La Cultura.

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“Si no me das la posibilidad de ofrecer mi vida para poner un grano de arena, podré utilizar mi ingenio espoleado por el resentimiento y la ignorancia para destruir, pero alguna huella dejaré”, argumento triste pero posible de nuestra irracional realidad. William Ospina ha señalado de manera inquietante, a través de varios de sus ensayos, cómo ante la injusticia social y el acallamiento de las voces que han sido objetoras de conciencia en nuestro país, de toda forma de oposición – que en vez de haber sido tenidas como amenazas, se han debido asumir como oportunidades para crecer-, así como la falta de posibilidades de estudio y laborales, abonaron el terreno para la configuración de la insurgencia (en sus orígenes por un campesinado maltratado), como de la conformación de una economía subterránea narco-dependiente, que hoy por hoy ha permeado todas las instancias de la sociedad, sin dar mínimas muestras de declinar –y aún ante el paradójico aumento de las controversiales fumigaciones-, además de constituirse quizás, en el mal más desestabilizador moral y humanamente, que haya tocado a las puertas de nuestro país. Si además, como colofón de este teatro trágico nacional, crecen cada día las filas de jóvenes –como únicas opciones posibles de supervivencia-, para tomar las vías de las armas con cualesquiera de los actores del conflicto, nuestro destino solo dejará una esquela humeante y nauseabunda y un campo lleno de cruces y fosas comunes (que ya son demasiadas), sino además, el registro para el mundo de una historia necrófila plagada de infamias e infames, que habiendo podido cambiar su destino, se solazaron cínicamente bajo imposturas y mascaradas, mientras se frotaban bajo la mesa las manos, en aras de acrecentar poder y fortunas, que sólo podían acumularse por el favor de tanta gente sacrificada.

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¿Educar, entónces para qué? Para que haya justicia social y equidad, para que la tolerancia haga nido en cada corazón, para todos tengan las mismas oportunidades, para que podamos lograr una Paz duradera, para que cada familia vea con esperanzador ánimo, un futuro promisorio para sus hijos, hijos que son a la vez las semillas promisorias y abanderados de optimismo en la construcción real de una nación, que no puede eludir su responsabilidad de aceptar como personas dignas a cada una de sus comunidades y ciudadanos indígenas, afrodescendientes, mestizos y blancos, con los mismos derechos que hacen parte de la Carta Magna de nuestra Constitución, como del legado cultural material e inmaterial en el que se enmarca nuestra territorialidad. Así pues, de esta manera, esperamos con urgente anhelo en esta preciosa coyuntura, las respuestas oportunas y razonables que otorguen la voz a los silenciados y quienes trabajan por los demás, para que en nuestro país, no se mencione como lo hizo un cineasta en las favelas de Rio, cuando dijo: “la violencia es el último acto de amor de los desposeídos de la tierra”, y más bien un lápiz y un cuaderno, sean el primer aporte para la construcción en Colombia, de una cultura en franca Paz.

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