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Nuevas voces de las letras en Colombia

Entrevista sobre literatura, procesos creativos y academia con Liliana Guzmán y César Mackenzie, quienes publicaron recientemente sus dos primeras novelas.

18 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.
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Liliana Guzmán y César Mackenzie, ambos de Bogotá, ella libretista y él literato, son los autores, respectivamente, de las novelas Diario de la mujer invisible y Las diez y nueve enaguas, los más recientes títulos de la colección Ópera Prima de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.

Según su experiencia de egresada de la maestría, ¿se puede enseñar a escribir como se enseña a construir casas o a llevar la contabilidad de una empresa?

Liliana Guzmán: Que exista una facultad para construir casas o hacer contabilidad no garantiza que todas las casas que construyan quienes han estudiado ahí serán hermosas o estarán bien calculadas, ni que todas las contabilidades serán bien llevadas. En cualquier materia, en cualquier aprendizaje, está el factor humano. Una facultad puede ofrecer todas las herramientas disponibles para que sus alumnos hagan con ello lo que mejor puedan. Y mientras más herramientas, mejor. Para mí, las herramientas que brindó la Maestría en Escrituras Creativas fueron las mejores en todos los aspectos. Hablar con verdaderos escritores, como Roberto Burgos Cantor, trabajar con maestros, como Jaime Echeverri, hablar con editores, pensar la escritura desde todos los ángulos, en mi caso fue fundamental en el proceso creativo. Sin embargo, este ejercicio de escribir lo veo -no como una carrera que uno hace recién salido del colegio, todavía lleno de miedos y prejuicios, sino como una vocación de alguien que sabe un poco de qué se trata la vida y que, por lo tanto, tiene cosas que contar. Maestría o doctorado serían para mí los estados ideales de una facultad de escrituras creativas.

Mackenzie, usted viene de un pregrado en letras. Uno puede preguntarse si escrituras creativas y estudios literarios no son programas académicos afines, casi iguales. ¿Qué diferencias y similitudes encontró en ambos, partiendo de la idea de que la lectura es la base de los dos?

César Mackenzie: En el pregrado se lee desde afuera, con la actitud de alguien que va a visitar la casa nueva de un buen amigo, pero en la maestría se lee como si la casa fuera la nuestra y, quizá, algún día alguien viniera a visitarnos. Es muy distinto el nivel de apropiación de la lectura. En el pregrado hay un gran peso de lo histórico, en el sentido de lo pasado relevante; en la maestría, un peso de lo que ocurre en el presente, que es la escritura. Yo entré a literatura buscando herramientas para escribir, pero salí con muchas para leer. Desde luego que tocan materias cercanas, como el alma humana, como las vidas y las obras de ciertos autores en ciertas épocas, como la relación de la palabra con sus significados. En escrituras creativas todo gira en torno a cómo dar forma a un deseo, porque cualquiera puede escribir, pero el quid está en tener algo que decir. La teoría literaria se va un poco al diablo, aunque, claro, uno no está para negar que la literatura sea en este caso un buen complemento. Son dos países limítrofes con una frontera viva.

Liliana, ¿qué opinión tiene de la relación entre autores noveles y el mundo editorial? ¿Es fácil publicar en Colombia?

L.G.: Honestamente, no tengo mucha relación ni con autores ni con el mundo editorial. No soy literata, sino libretista. No sé a ciencia cierta si es fácil o no publicar, pero mi sensación es que no lo es. Conozco algunos escritores, no necesariamente jóvenes, que considero talentosos y que llevan años intentando ser publicados y leídos. Hoy muchos de ellos tienen la fortuna de haberlo conseguido, gracias a editoriales independientes que le apuestan a su trabajo y lo publican con un esmero increíble. Una buena vía para los autores colombianos que quieran ser publicados sería, para mí, ese tipo de editoriales pequeñas, que además están haciendo buenas propuestas de contenidos digitales.

César, en su calidad de comentarista de libros y de docente universitario, ¿qué opinión tiene de los autores emergentes colombianos? ¿Sus obras responden a los desafíos de la vida actual del país?

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C.M.: Opino que son autores bastante respetables. Me interesa mucho el trabajo de escritores como Andrés Felipe Solano, Carolina Sanín, Sergio de la Pava o Juan Cárdenas, y quedan faltando, que en este punto ya son más que emergentes. Me interesa mucho ver cómo han sido sus carreras, qué otros oficios han desempeñado a la par con la escritura, qué temas los obsesionan. Creo que son obras que aún se están dando a conocer y todavía no está muy claro a qué responden o cómo, pero es evidente que hay allí autores interesados en agregar algo a la realidad, un punto de vista propio; ni narradores acomodaticios, ni estructuras complacientes. Se trata de una generación que ha leído y que tiene bagaje. Sólo echo en falta un poco más de juego con el lenguaje, un poco más de torcerle el cuello al cisne. También hay que ver el papel de las editoriales independientes, que forman editores, mueven autores emergentes y hacen propuestas cada vez más interesantes.

Liliana, ¿hasta qué punto influyó en la redacción de “Diario de la mujer invisible” su formación como libretista?

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L.G.: Mi oficio tuvo todo que ver. Lo hago desde hace más de 15 años y por eso es inevitable que mi forma de percibir, sentir, pensar y, por lo tanto, escribir sea audiovisual. Incluso utilizo en algunos capítulos formatos de escritura audiovisual que uso normalmente en los libretos. Los guiones son, muchas veces, la hermana pobre de la escritura, la materia prima de algo, pero no son un resultado por sí mismos, son sólo un medio. Me pareció divertido jugar con ese código “sucio” de trabajo en proceso, dentro de lo “académico” o purista que puede ser un texto literario. En un sentido más profundo, las imágenes del libro son construidas de manera audiovisual. Me apoyo en la evocación de imágenes, sonidos, olores, sabores, para proyectar la “película” de lo que estoy contando. La literatura permite ir mucho más allá que el cine o la televisión, pues las palabras tienen un sentido que debe completarse de acuerdo a cada lector, se te meten al cerebro y dan como resultado tantas películas como lectores hay.

César, ¿cuál fue su apuesta estética y literaria en la confección de “Las diez y nueve enaguas”, su ópera prima?

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C.M.: En la novela quise apostarle a una historia que se narraba desde distintos ángulos. Entonces empecé a encontrar voces y a reconocer a los personajes por las palabras que usaban. Y todas esas voces se unieron para contar la novela. Aposté por una estructura y unas escenas que pusieran al lector en la intimidad de los personajes, por un lenguaje que se burlara de la sacramental Bogotá del siglo XIX. Es una burla a la familia. Quería que hubiera algunas truculencias menores, imágenes perturbadoras, pero también rasgos de sensibilidad, de compasión, de debilidad.

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