Hordas de turistas. Turistas que no miran sino que toman fotos, que no hablan sino que graban videos, que solo sonríen cuando comprueban el número de likes y vistas en sus redes.
Tal vez ellos no sepan de las verdaderas joyas escondidas de la ciudad. Se han perdido de los espacios secretos que están ahí, gratis, para cualquier persona y que se conocen a fuerza de la rutina, de la vida cuando no se está de paseo: cafés, cementerios, jardines botánicos, plazas de mercado y librerías independientes.
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Pondré como ejemplo Chicago, una ciudad que pudo llamarse “la primera” en los Estados Unidos si no hubiera sido por el gran incendio que casi acabó con ella a finales del siglo XIX. De esto hay novelas como El gran incendio, de Jim Murphy. Luego volvió no solo a levantarse, sino a convertirse en un ejemplo de gran arquitectura y aprovechamiento del espacio público a escala mundial.
Pero más allá de lo evidente, Chicago también empieza a ser reconocida por celebrar la diversidad sexual e impulsar los estudios de género, y promover la edición independiente y la lectura desde la infancia. Basta recorrer sus librerías. Está Women and Children First (Mujeres y Niños Primero), un local que tiene cuarenta años de vender libros de ficción y no ficción sobre mujeres, niños y comunidad LGBTQ, y en donde hay un dispensador de poesía a cincuenta centavos.
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En Quimby’s se encuentran autopublicaciones, fanzines independientes y otras ediciones inusuales. Seminary Co-op Bookstore es una librería académica que refleja los intereses literarios y escolares de la comunidad de la Universidad de Chicago. Y 57th Street Books (Libros de la calle 57), con sus paredes de ladrillo expuesto y su pequeña entrada que parece una cabina telefónica, tiene una colección especial para la infancia donde es común ver a padres e hijos leyendo en voz alta sin estar obligados a comprar el libro.
Además, claro, se puede conocer el pasado de una ciudad por los libros que se han escrito sobre ella. Conocer Estambul por medio de Orhan Pamuk, Nueva York por Paul Auster, Lisboa por Fernando Pessoa, o a una Bogotá con mar gracias a Rafael Chaparro. Pero si uno quiere saber del futuro de ese lugar hay que visitar sus librerías.