Primera línea de una autobiografía que no escribió: “Soy un poeta, un poeta con suerte”.
Tractors es tal vez el primer poema publicado por Seamus Heaney, una de dos composiciones que sobrevinieron después de algunas lecturas en la Biblioteca Pública de Belfast. El año era 1962. El poema fue publicado por un periódico local. Un logro quizá modesto, pero no por eso menos importante. “No conocía a nadie en el periódico, lo que para mí significó que el texto fue publicado por sus méritos, fueran los que fueran”.
Por esos años Heaney era un joven recién graduado de la universidad, con estudios en literatura. Era profesor en un colegio y, aunque tenía la intención de escribir, todavía no encontraba la confianza necesaria para dedicarse a crear. Para finales del 62 el poeta comenzó a escribir y, según recordó el mismo en una entrevista de 1977, “la corriente comenzó a fluir”.
En 1964 tres de sus poemas fueron publicados en la revista británica New Statesman y después de esto llegaría una carta. El remitente era Charles Monteith, uno de los directores de la editorial Faber and Faber, quien le solicitaba a Heaney que enviara un manuscrito de su trabajo. “Fue como recibir una carta del Padrino”, escribió el poeta años después. Dos años más tarde salió Muerte de un naturalista, el primer poemario del autor y uno de sus libros más conocidos, reseñados y vendidos.
Fue el mundo de su niñez lo que produjo a Heaney los primeros impactos poéticos. Fue esa época en el Norte de Irlanda, rodeado de campesinos y trabajadores rurales, la que llenó las páginas de sus primeros poemarios. De ese modo llegó a retratar un mundo que iba pasando, que se iba diluyendo, que poco a poco se daba de frente con la modernidad posterior a los enfrentamientos religiosos y sociales que dieron un nuevo matiz a Irlanda.
“Es en el espacio entre la casa de campo y el lugar de juegos en donde se descubre lo que he llamado la ‘frontera de la escritura’, la línea que divide las condiciones actuales de nuestras vidas diarias de las representaciones imaginativas de esas condiciones en la literatura”, dijo el autor en una de las cientos, acaso miles, de conferencias que dictó en universidades, colegios, librerías y en tantos otros lugares a donde fue invitado por su inusual poder para convocar, mediante palabras, imágenes nuevas de un mundo que no se hace evidente.
Varios de sus críticos lo señalaron, en algún tiempo, como un poeta provincial. No era un epíteto: a través de sus experiencias de provincia, del retrato del mundo parroquiano, Heaney logró conducir su poesía a un estado universal. Es quizá parte de uno de los dictados míticos de la literatura: ser local para ser universal.
Irlanda, un país encerrado en sí mismo, oprimido por Inglaterra, liberado de ella, era descrito por Heaney como un mundo pleno de experiencias que iban mucho más allá del campo. Heaney buscaba en el espíritu de sus coterráneos lo que tenían de general e inabarcable.
Al mismo tiempo, sin embargo, en sus poemas se encuentra la modernidad. Las siguientes etapas de su poesía harían también referencia a The Troubles, la época en que Irlanda estuvo sometida a fuertes enfrentamientos políticos en los que murieron varios de sus cercanos. Fue ese entorno político cuanto denominó su literatura, que no era sólo poesía, que era, en últimas, un juego dellenguaje que buscaba armonizar la estética y la ética. No fue un escritor político: encontró en la política un motivo estético. “Él ha buscado descubrir un marco histórico para interpretar los conflictos actuales —escribe Blake Morrison, poeta inglés y cercano a Heaney—, y también se ha denominado como una voz pública, alguien a quien se requiere por sus comentarios y su guía”.
Esa conexión inmediata con temas cotidianos, aunque no por eso menores, tal vez explica el enorme éxito que disfrutan la obra y la figura de Heaney. Sus libros han vendido miles de ediciones, algo que en sí mismo puede constituir una especie de milagro editorial. Algunas estadísticas aseguran que era el poeta vivo más leído en la actualidad.
Pero no sólo fueron sus obras, sino también la persona pública del autor, un hombre con una memoria extraordinaria (algunos de sus allegados recuerdan cómo podía citar páginas enteras de escritos de autores como Cioran) y un indefinido encanto para conquistar audiencias en lecturas de sus poemas o a través de la radio, medio en el cual participó durante años con un programa cultural. Su carisma y relevancia cultural lo convirtieron en un amigo cercano de autores como Czeslaw Milosz, Robert Lowell, Joseph Brodsky y Derek Walcott.
Siempre en movimiento, el autor irlandés fue, además del poeta celebrado, un dedicado académico que enseñó en universidades como Harvard y Oxford durante varios períodos. “Mira, las cosas van a estar bien mientras no se dejen de ver cada seis semanas, sólo no dejes que pasen más de seis semanas”. El consejo acerca de cómo mantener un matrimonio a la distancia fue del poeta sueco Tomas Tranströmer.
Incluso después de recibir el premio Nobel de Literatura, en 1995, Heaney continuó siendo una prominente figura en el mundo de la academia. “Mi sentido del mundo, de lo que estaba planeado para mí en la vida, siempre incluyó tener un trabajo”.
Fue el siguiente autor irlandés en recibir el premio Nobel después de Beckett. Un peso enorme para sobrellevar, como si ser poeta no fuera suficiente. “Es totalmente intimidante, por supuesto, cuando piensas en los escritores que han recibido el premio antes que tú. Intimidante cuando piensas en los que no lo recibieron. Sólo en Irlanda tienes a Yeats, Shaw y Beckett en el primer grupo y a James Joyce en el segundo. Así que te das cuenta prontamente que es mejor no pensar en esto mucho. Nada te puede preparar para esto”.
Cavar
Entre el pulgar y el índice
la pluma petizona reposa
confortable como un arma.
Bajo la ventana, un ruido límpido que raspa:
la pala que se hunde en el suelo de grava
mi padre, cavando. Yo bajo la mirada:
se tensa su trasero entre los canteros
inclinándose. Se yergue veinte años
a buen ritmo, agachándose en los hoyos de papas
donde estaba cavando.
El botín basto se apoyaba en el borde, el cabo
firmemente empuñado contra la rodilla
desarraigaba raigones, hundía el filo brillante en lo profundo
desparramando papas nuevas que juntábamos
amando la dureza fresca en nuestras manos.
Mi Dios, este hombre podía manejar una pala
tan bien como su padre.
Mi abuelo cortaba más panes de tierra en un día
que ningún otro más en las turbas de Toner.
Una vez le llevé una botella de leche
tapada así no más, con papel. Se enderezó
cortajeando prolijas las tajadas, levantando terrones
por sobre el hombro, yendo hondo, cada vez más hondo
en busca de la tierra mejor. Cavando siempre. Chapaleo y sopapo.
El fresco olor de la forma de la papa,
de la tierra pastosa, cortos cortes del filo
entre raíces vivas despiertas en mi mente.
Pero no tengo pala
para seguir a hombres como aquellos.
Entre el pulgar y el índice
la pluma petizona reposa
voy a cavar con ella.