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Pasajero, el arte de pasar por la vida

El próximo 14 de agosto la compañía de danza Bogotá Capital Dance presentará su primera obra en el teatro William Shakespeare.

06 de agosto de 2015 - 10:14 p. m.
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Y un, dos, tres, cuatro. Atrás, perdido entre la música, apenas se alcanza a percibir el conteo del director. En cinco, el grupo cambia de dirección, mientras, unos saltan y otros se deslizan por el salón. Hay una pausa, la música se hace lenta y los diez miembros de la compañía respiran. Ocho. Todos miran a la esquina, se suspenden y caen en un nuevo cuatro. Para el ojo experto acaban de hacer un grand jéte, para el que sólo siente, en un segundo, congelaron el movimiento. La melodía golpea, corren todos al fondo del escenario, pero uno de ellos se queda mirando el público. Respira, respira, respira.

¿Qué pasa cuando a una persona que vive del movimiento, la danza y el cuerpo le dicen que puede quedar parapléjico? Su vida entra en caos. Se desarma, de a piezas, porque en su cuerpo algo deja de encajar. Hay dolor y miedo. Angustia, por sentir que se puede perder aquello único en lo que cree. Esperanza, porque después de tres meses de ser operado es la misma danza la que viene a salvarlo.

Esta es la historia de Pasajero, una obra interpretada por los diez miembros de la compañía de danza colombiana Bogotá Capital Dance, donde, a través del movimiento, se narra la vida de uno de sus bailarines, desde el momento de su concepción, cuando luchó por no ser abortado, hasta que se levanta junto a su compañía en un escenario.

Su vida, esta vez, transcurre en sólo una hora y 25 minutos, pero desde que se creó la compañía, en enero de este año, los bailarines se han entrenado, primero, en la técnica de ballet, y después, en jazz contemporáneo. Hay quienes dicen que sin lo primero no se puede hacer lo segundo. Que la repetición de tendus, jétes y fondus —esos movimientos de pies hipnotizantes que se hacen en la barra— es el alfabeto para escribir danza. Una vez dominados se puede quebrar, doblar y jugar con la estética del cuerpo.

Cinco, seis, siete y ocho. Ellas, las ocho mujeres que hacen parte de la compañía, se cogen el vientre. Lo agarran fuerte. Miran sus manos y las aprietan. Las arrastran hasta el cuello. Aprietan un poco más. La música sube, pero ellas ceden. Suave. Empeines. Pierna y… abajo. Pasajero nació. Respiren.

La voz que marca el tiempo es la de Jaime Otálora, director de Bogotá Capital Dance. Una de esas curiosas personas capaz de dejarlo todo por la pasión de bailar. “Cuando hice mi primer plié, a los 18 años, quedé profundamente enamorado de la danza”, afirma el maestro. En ese momento estaba estudiando economía en la Universidad del Valle, Cali, pero en octavo semestre dejó la carrera para irse a bailar a Bogotá. Creció como bailarín a la vez que lo hizo como profesor, y pudo ganarle al tiempo en una disciplina que, a veces, les exige a las personas que empiecen desde pequeños.

Al igual que Pasajero, Otálora eligió la danza porque era la única forma de vivir. A sólo mes y medio de estar bailando pasó una audición en Incolballet, donde participó en una gira de cuatro meses. En su mente siempre están presentes sus maestros del Ballet de Cuba, Antonio Sánchez y Gladys González, quienes le enseñaron que la danza, además de sentimiento, es una disciplina. Para querer volar, suspenderse y hacer creer que uno es liviano, se necesitan piernas de roca y un abdomen entrenado.

“Yo quiero que esta compañía sea de talla internacional, por esto en octubre vamos a viajar al concurso Danzamérica, en Córdoba, Argentina, auspiciado por la Unión Suiza de Artes y Oficios, que es la entidad más importante de danza en Europa”, explica Otálora. “Porque para mí lo que sucede con nuestra labor es que tenemos una pobreza de espíritu, creemos que somos siempre menos y no podemos lograr las cosas. Adoramos lo que hacen los gringos, los europeos y los australianos, pero no buscamos ponernos a su nivel de competencia”, agrega.

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La marca de su obra, la primera que es completamente suya, lleva un estilo que le gustaría que compitiera con las coreografías de la estadounidense Mia Michaels. Esos bailes que, con una puesta en escena, son capaces de resumir la historia de una vida. La de su alumno Jeisson Alejandro Bernal, en este caso.

A él le pidieron que escribiera como trabajo para la universidad su autobiografía. Y cuando Otálora le propuso ir a Argentina a concursar con un solo, Bernal quiso que fuera de su vida. Esa que acababa de descubrir. “Jaime la leyó y me dijo que daba para algo más grande, que si no me importaba exponer mis rabias, mis dolores y mis lesiones, se podía usar para la obra. De ahí fue cogiendo de a pedacitos”, explica el bailarín.

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Momentos de su vida que parecen encajar con lo que vive cada miembro de la compañía. Y si uno se deja ir desprevenido por el movimiento, la música y la expresión de los bailarines, por lo que vive y siente cada persona del público. Porque, en parte, esa es la idea de la danza. Decir con el silencio de las palabras y la estética del cuerpo lo que queremos que sea la vida.

“La danza es la fe que yo tengo. Todo el mundo cree en algo, en alguien. Para mí la danza es el porqué de que yo camine. Tenía una lesión en una vértebra y bailé con el riesgo de quedarme inválido en el escenario, pero yo confío tanto en la danza que puedo dejarlo todo. No importa si hay un dolor más o un dolor menos”, afirma Bernal.

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En efecto, quienes están detrás de la obra Pasajero son personas que bailan no sólo para expresar, sino como una necesidad. Porque a veces el movimiento reemplaza la vida misma y es la única manera de estar y ver el mundo.

“Cuando entramos en esos diferentes niveles de pasión, de esquizofrenia, de angustia y felicidad, cuando pasamos por todas las emociones, es que digo ¡ah! estamos vivos. Interpretar esta obra es esa reiteración de estar vivo”, es como lo ve Lina Vanegas, bailarina de Bogotá Capital Dance.

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Como compañía profesional de bailarines esta es apenas la segunda vez que todos los miembros de Bogotá Capital Dance se suben a un escenario. En abril de este año habían participado en el concurso Interjazz, donde obtuvieron el segundo puesto en la categoría avanzada, y en diciembre del año pasado se habían presentado junto a la escuela de Bogotá Capital Dance como bailarines en formación en el espectáculo de danza Yué.

En el centro está sólo el Pasajero. Esperando. Quieto. Los demás pasan a su lado. Si lo tocan, no lo sienten. Si lo ven, lo atraviesan. La música es suave. Y, de momentos, se agota. Respiran, respiran, respiran.

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