Al llegar a su casa, cuando las puertas del ascensor se abren, lo primero que se ve son libros. Al cruzar la puerta, veo más. Las paredes, incluyendo el comedor y los corredores, se pierden entre anaqueles de madera invadidos por lomos, historias, poemas, hasta cartas debe esconder. Supongo que en las habitaciones hay otros cuantos, pero no indago. Gran parte de su biblioteca personal la heredó de su padre, aunque uno de sus vicios y algo que lo hace feliz, es visitar anticuarios adonde quiera que vaya.
Veo fotos, curiosa, de él con sus dos hijos y otras cuando estaba joven, con su pelo crespo y una pierna quebrada. Todo lo que hay alrededor de la pantalla en la que escribe y de sus libretas, que se repiten en apariencia, de sus diccionarios y entre obras de arte, son rastros de su memoria.
A juzgar por sus líneas de expresión, Héctor Abad Faciolince es y ha sido un hombre sonriente. Sus manos, con bellos estragos que ha dejado el sol, se mueven con la misma serenidad con la que habla. A veces, en silencio, deja la mirada en un punto fijo, tal vez haciendo una contemplación tranquila por sus recuerdos o su olvido, y regresa. Conversamos.
Hay una tumba cerca del lago de La Oculta, la finca que protagoniza su última novela. “El descansadero”, como la nombró Próspero, el mayordomo. ¿Me quiere hablar de su tumba si la tiene?
Yo conocí la tumba de Tolstói. Me pareció tan hermosa que me dieron ganas de estar muerto. Queda en la que fue su finca, Yásnaia Poliana, y yo monté a caballo en la finca de Tolstói, sobre unos caballos que eran descendientes directos de los caballos del conde Tolstói. La Oculta no es, ni nunca fue, una finca tan importante como Yásnaia Poliana, que tenía hasta un pueblo donde casi todos los habitantes eran vasallos, siervos de Tolstói, que quiso liberarlos y entregarles la tierra. Como ve, me estoy yendo muy lejos. Pero bueno: contestar es divagar. Y en el refugio donde yo escribí buena parte de La Oculta, en la Toscana, está la tumba, muy bonita, de Gregor von Rezzori, un escritor austro-húngaro que vivía allí. Digamos que esas tumbas literarias son la fuente de mi tumba novelística. Pero yo no soy tan vanidoso como para tener una tumba propia. Simplemente en La Oculta hay una tumba, una explanada, para tirar las cenizas de los antepasados.
Alguna vez dijo que no veía la hora de parar con todo, dejar de escribir y perderse en su finca, a escuchar música y a leer, oculto…
Tengo doble personalidad: puedo ser muy sociable y también muy misántropo. Cualquiera de las dos podría dominarme. Por ahora trato de vivir las dos personalidades: a veces estoy con gente y a veces estoy solo. Necesito a la gente para poder escribir. Y necesito estar solo para poder escribir.
¿Qué pasaría si pierde completamente la memoria?
Hay un verso de un poeta catalán: «Si pierdo la memoria, qué pureza.» Es un verso que me gusta mucho, porque dice una verdad. Mis amigos que han perdido la memoria se han vuelto puros como animales; Aguirre, por ejemplo. García Márquez nunca fue tan dulce como cuando perdió la memoria. Obviamente así, ya no podían escribir. Al dejar de recordar, dejaron de escribir. Cuando el tipógrafo imprimió por primera vez el verso de ese poeta catalán, se equivocó y puso: «Si pierdo la memoria, qué pereza.» También es verdad, qué pereza perder la memoria y no acordarme siquiera de su nombre, por ejemplo. O del mío. Que un juez me pidiera, al principio de un testimonio: Diga su nombre completo, por favor. Y yo: no me acuerdo. Perder la memoria es perder el yo. Y eso es al mismo tiempo muy triste y muy liberador.
¿Qué cree que diría alguien que haya dedicado su vida a investigar sobre el conflicto armado colombiano sobre esta última novela?
No sé, el oficio de alguien así es muy distinto al mío. Yo no he investigado el conflicto armado colombiano, yo lo he vivido. Mis novelas no salen de leer o investigar, sino de vivir. La tarea del investigador social es muy distinta a la del novelista. Allá ellos y aquí yo.
Usted cuenta cómo masacran a tres jóvenes los paramilitares, descuartizándolos por completo y dejando los pedazos desperdigados en el suelo. Luego llega la policía y ahí queda lo sucedido… ¿Refleja a propósito una especie de indolencia del Estado, por ejemplo?
Primero que todo yo no estoy novelando el conflicto; yo no soy sociólogo. Stendhal decía que una novela es un espejo que se pasea por un camino. Si usted se pasea lo suficiente por los caminos de La Oculta eso es lo que pudo haber visto. Pero yo no escribí una novela sobre las masacres de los paramilitares o los secuestros de la guerrilla. Para eso están los libros de los violentólogos o los testimonios de los secuestrados. Le insisto: yo no soy sociólogo sino novelista. Lo que pasa es que un novelista oye, tiene antenas, tiene ojos, y debe reflejar lo que ve, o lo que le cuentan, en sus novelas. Porque cada novela es una novela de la época que le tocó vivir al novelista, así esté escribiendo una novela histórica.
¿Qué tanto cambió su concepción de la tierra o al menos de la tenencia de ésta en Antioquia?
Perdón, pero creo que esa es otra pregunta para un sociólogo. Yo no escribo sociología, ni escribo para cambiar mi concepción sobre nada. Mejor dicho: no entiendo la pregunta. Un escritor está más hecho de sensaciones que de concepciones; tiene más sentimiento que ideología.
O sea que el haber investigado sobre la historia de la distribución de tierras en Jericó y haberla escrito, ¿no cambió en nada lo que usted pensaba?
Yo no sé, en realidad, cómo se distribuyeron exactamente las tierras en Jericó; en buena medida, me lo inventé. Quise que fuera así, y espero que haya sido así. Las novelas no dicen las cosas como son, sino como debieran ser. O como debieron haber sido, en este caso. Es labor del historiador decir cómo fueron las cosas, con documentos y precisión científica, si se puede (así casi nunca puedan). La del novelista es imaginar cómo pudieron haber sido. Yo me pongo en la situación, en el momento, y con la poca información que tengo, la imagino.
En Antioquia las familias aceptaban muy bien que se les pagara vacuna a los paramilitares; pero se acepta muy mal que uno de los hijos sea homosexual. En su libro ocurre al contrario. ¿No es, pues, una novela un espejo que se pasea por un camino?
Una novela es muchas cosas. No solo muestra la realidad tal como es, sino también como podría ser, o como podría haber sido, o como sería deseable (para el narrador) que fuera. Sobre la cuestión homosexual yo tuve presente una frase de Shakespeare, en Hamlet: «Lord, we know what we are, but know not what we may be.» Señor, sabemos lo que somos, pero no lo que podríamos ser. Un novelista debe poner al lector en la situación imaginaria de tener un hijo que es homosexual, que siente como homosexual. ¿Cómo se va a portar? ¿Va a añadirle sufrimiento al mundo y a la persona o lo va a dejar en paz para que sea lo que quiere ser?
En la familia Ángel, la protagonista de mi libro, que es una familia tradicional antioqueña, los sentimientos hacia este asunto son encontrados, pero un poco más abiertos que los del promedio. Hice algo que se parece a lo que yo creo que debiera ser, pero no tanto como para que no fuera verosímil. Está el conflicto de la persona que percibe su condición de homosexual en la adolescencia; y el conflicto de la familia que se entera.
Leí que para usted fue interesante escribir en primera persona sobre las experiencias de un hombre que tiene un gusto sexual diferente al suyo…
Ahí está de nuevo la frase de Shakespeare: Sé lo que soy, pero no lo que pude haber sido. El experimento mental de un novelista es: ¿cómo habría sido, o cómo sería yo si fuera homosexual? Mire, yo estudié en un colegio del Opus Dei, y cuando estábamos en bachillerato, por burlarse, la gente decía que era un colegio del Opus Gay. Los colegios del Opus, como los cuarteles, los seminarios, los barcos cargueros, son un universo puramente masculino. Y en la bomba hormonal de la adolescencia no es extraño que ocurran experiencias homosexuales, pues no hay ninguna otra cosa a la mano, solo hombres. En ese colegio no teníamos ni siquiera profesoras mujeres, dizque para no despertar nuestro apetito lascivo, para que no pecáramos del sexo mandamiento. Pero el apetito se despertaba por cualquier cosa, incluso por el compañero que más aspecto femenino o curvas femeninas tuviera. Así que uno puede imaginarse a sí mismo como sintiendo ese tipo de deseo (desviado, decían nuestros profesores) el resto de la vida. De alguna manera mi pasado en el Opus Gay me sirvió para escribir esta parte. Al novelista le sirven todas las experiencias de la vida, incluso las más amargas, las de mayor represión sexual. Uno se quiebra una pierna, duele, tiene un yeso cien días, y el único consuelo es: me sirve para escribirlo.
¿No puede evitar el erotismo en una novela?
No puedo evitar en una novela lo que no puedo evitar en la vida.
¿Cuál considera es el atributo de esta novela para un lector extranjero?
Nunca pienso en esas cosas. Karen Blixen escribió un libro sobre una finca que ella tuvo en África, y a mí me interesó leer esa novela, así la tierra fuera africana y la autora danesa. Colombia es menos importante que Dinamarca y probablemente Kenia mucho más conocida que Antioquia. Pero esto es lo que yo conozco. Mi abuelo tenía una finca en Jericó, y no en África, qué le vamos a hacer. He leído novelas de campesinos rusos, polacos, italianos. Un lector extranjero podría interesarse también por las montañas de Antioquia y los montañeros que fundaron nuestros pueblos.
Esta historia, según tengo entendido, usted tenía ganas de escribirla hace años. Ahora, con ella escrita, ¿qué historia tiene ganas de escribir?
Tal vez escriba una historia que había empezado en Berlín y que tuve que suspender porque se me perdió el cuaderno donde tenía todo el comienzo y los apuntes: «Memorias de un amante impotente». También tengo otra idea que no digo porque es apenas una semilla, algo diminuto, que si cuento se me esfuma.
Memorias de un amante impotente, ha dicho, es sobre un escritor bloqueado, que no puede escribir. Y eso le sucedía a usted. ¿El asunto de esta historia seguirá siendo el mismo?
En realidad lo único que me gusta de esa historia es el título: memorias de algo que no ha ocurrido.
Mencionó que trata de compararse con grandes escritores, no para escribir como ellos, claro. Gabriel García Márquez dijo una vez que tuvo que liberarse de Faulkner para escribir como él quería, ¿quién sería Faulkner en su caso?
Joseph Roth. Siempre me hubiera gustado escribir una novela como cualquiera de las hermosísimas novelas de Roth: Job, Fuga sin fin, La marcha de Radetzky.
¿Si tuviera que volver a escribir esta novela, porque no le gustó así como quedó, como le ha pasado otras veces, cómo la empezaría?
Si tuviera que volver a empezar a escribir esta novela, tal vez empezaría por el principio, por mi recuerdo más viejo de esa finca, cuando subía a caballo con mi abuelo por el camino de La Oculta, hacia Casablanca, y veía el lago oscuro a la izquierda. Empezaría por ahí, yo a caballo con el mono Abad, pasando por el borde de esas aguas oscuras.
¿Podría llevarme un día a La Oculta?
Si leyó mi libro, ya estuvimos allá. Y si vuelve a leerlo, volveremos a estar.
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