“Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan. Durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él. Ahora disimula con colores”.
Eduardo Galeano.
Henry de Montherlant, portero de fútbol, es uno de los primeros escritores que le ha dedicado sus mejores páginas al deporte. Uno de sus libros, titulado Las Olímpicas, está dedicado a estas justas deportivas, como lo hizo Píndaro en la antigua Grecia con su épica obra sobre los deportes. Es curioso el dato porque no es muy común que un jugador de fútbol escriba novelas, ensayos, obras de teatro y cuentos referidos al cuerpo en sus dimensiones ética, estética y poética. Lo mismo sucede con los jugadores de fútbol que, posterior a su legendaria “colgada de guayos” se dedican al arbitraje, en una decisión poco usual, porque pasan de vociferar a ser vociferados. Una paradoja que tiene que ver con grandes decisiones vitales, porque no es fácil pasar de un bando al otro sin que acontezcan sucesos relevantes. ¿Jugar o pitar? ¿Pitar o jugar?
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He ahí un gran interrogante, porque algunos autores consideran que es mejor jugar porque quien juzga vive en condiciones de indefensión, además de vestir de luto, aunque esto ha cambiado un tanto. Hay una tragedia porque el árbitro es el que más corre, pero no puede tocar el balón, está prohibido. Hay cinco jugadores argentinos que brincaron de un charco al otro: de exfutbolistas a jueces de fútbol. Ernesto Mastrángelo es un buen ejemplo de esta situación: jugó en Boca, luego fue juez de línea y árbitro central (le pitó varios partidos a su exequipo).
¿Qué sentiría cuando entró a ese estadio ya sin los colores del equipo del alma? Otro que hizo un curso de arbitraje en dos años fue Néstor Rodríguez Battaglia, quien jugó en las inferiores de Vélez, de San Lorenzo, San Telmo y Morón. Al Zurdo, como le decían, le iba bien como árbitro y afirmaba que era un estilo de vida o, mejor, una forma de ser feliz. En 2018 se celebró en Uruguay el hecho de que Horacio Quiroga hubiera escrito, hace cien años, el primer cuento sobre fútbol en América. Abdón Porte se suicidó en el centro de un estadio en Uruguay. Horacio Quiroga se suicidó y Henry de Montherlant lo hizo porque estaba perdiendo la vista. Muchas soledades juntas. Además, dejó escrito este epígrafe que alude a su posición de arquero: “El juego del zaguero es un juego de abnegación. Subsanar, ante todo, las fallas de los otros, parando la pelota que ellos han dejado pasar”.
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Un compañero de la universidad ha dicho siempre que es mejor lavar baños que fungir como árbitro de fútbol y él lo fue por muchos años de su vida. Pachín le digo yo, de puro cariño, pero lo tuve que padecer como árbitro en varias ocasiones.