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Poesía y delito

A 103 años del nacimiento de Jean Genet, uno de los escritores más trascendentes en la historia de Francia, fiel partidario de las minorías, presentamos un recorrido por su vida turbulenta y llena de estética.

05 de enero de 2014 - 04:00 p. m.
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Nuestro comediante y mártir Jean Genet, contrario a lo que se pudiera declarar, no ha delinquido por rebeldía. Entre otras lícitas razones, lo ha hecho para comer, como lo haría un gato callejero, un perro abandonado, cualquier desheredado de la gloria en la tierra. El poeta, el comediante condenado a cadena perpetua, viene a revelársenos —y rebelársenos— de una sensibilidad casi morbosa, de una impudicia inocente y solidaridad ejemplar. Haberse conocido en su plural condición y asumido sin reserva, tenaz camino de iniciación en la comprensión de los hombres, de su formidable debilidad, su ruda poesía.

La represión espiritual opera tradicionalmente de la más brutal manera que quepa concebirse. Es explícita y agrede aun el cuerpo, cuando no da contra el espíritu de la revuelta. Hablo desde un tiempo y lugar en que habría de presuponerse cierta tolerancia de maneras, contemporizar. Espejismo… Mientras en la historia del hombre media el criterio material de valores, se hablará de réprobos, serán sometidos a ensañada persecución o exclusión triste los que osen respirar los aires eminentes de la libertad.

Toca contener el aliento, convenir en la zalema: no es ésta ciertamente la historia de Jean Genet. Santo condenado por la belleza y la libertad mundana.

Estimo que vale la pena desafiar a los espantapájaros. Es absolutamente lícito resistir. Morir mil veces en la exclusión, no transigir por la codicia de la salvación contemporánea, ni aun la posteridad. Groucho Marx decía algo burlesco, desobligante: “¿Por qué debo hacer algo por la posteridad?, ¿qué ha hecho la posteridad por mí?”.

Amigos, ajústense el cinturón de seguridad: estamos ante un hombre libre. Genet no se desplaza transigiendo, acatando obstáculos pedestres a guisa de señales de pare en la vía. Desnudo hasta la impudicia ha declarado: “Heme aquí. Soy un hombre, el hombre”. Ya quisiera azuzarles a los poetas de mi tiempo y a los que vendrán contra los gendarmes de la obsecuencia. Desobedece, te digo, siempre que desde las profundidades de tu alma ilustrada un llamado superior te reclama. Renuncia a sus obscenos premios siempre que debas pagarlo al alto coste de la dignidad del espíritu y la mutilación de tus alas; desecha los reflectores de la escena bufa a cambio de la castración: tus pelotas son lo único que vale ante los exquisitos, los agudos, la exigente conciencia ética y estética de todos los tiempos.

Respira, poeta de tan profundas fidelidades censuradas. Aquí se celebra a Genet y es señalado honor tenerlo como comensal en esta otra cena de apóstoles malditos y criminales. Me permitiré ofrecerte una rauda reseña suya:

Jean Genet, hijo de una prostituta y de padre desconocido, vino a este mundo en el número 22 de la Rue d’Assas (aquí ciertamente estaba la maternidad de Beneficencia) el 19 de diciembre de 1910, para ser enseguida, a los siete meses y diecisiete días de nacido, abandonado por su madre. Pupilo de la Asistencia Pública bajo el número 192.102, dos días después su custodia recayó en la familia conformada por Eugenie y Charles Regnier, de Alligny-en-Morvan: aquí, cómo no, fue bautizado y católicamente educado, llegando a cantar en una coral hasta hacerse “niño del coro”.

Su precoz carrera delincuencial se inicia a los diez años. Sorprendido entonces en flagrancia, es enviado a una casa de corrección. Su adolescencia será una larga historia de procesos por robo y prostitución homosexual. Poeta ladrón, homosexual; poeta del crimen y de la traición responde a la pregunta:

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—¿Alguna vez ha sentido interés por las mujeres?

—Sí, me han interesado cuatro: la Virgen María, Juana de Arco, María Antonieta y Madame Curie —respondió en aquella entrevista con Playboy en abril de 1964—.

—Nos referimos a un interés sexual.

—No, jamás (…) Estoy consciente de que ahora la homosexualidad es vista favorablemente en los círculos seudoartísticos (…) En mi infancia estaba consciente de que me atraían los niños (…) Lo único que me quedaba era convertirme en santo, solo eso; en otras palabras, en una negación del hombre.

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A los dieciséis años de edad (2 de septiembre de 1926) es recluido en la penitenciaría de Mettray: no saldrá de prisión ya hasta la mayoría de edad. Lleva una vida de vagabundo en Francia y España. En 1942 cae de nuevo en prisión, esta vez en Fresne, donde escribe el bello y potente poema (260 versos) Le condamné à mort y en prisión escribe Notre-Dame des fleurs (1946).

Nuestro Jean ha estado entrando y saliendo de la cárcel, pagando penas por distintos delitos; llega a ser condenado a cadena perpetua y de esta manera ha escrito y publicado varios libros. Su renombre literario es irrefragable. El 15 de febrero de 1943 ha sido presentado a Cocteau, que lo declara sin rodeos “el más grande escritor de la modernidad”.

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El artículo de Cocteau y el concurso prestado por prestigiosas figuras intelectuales de la época, entre los que se cuenta a Sartre y Picasso, inciden en las altas esferas sociales y legales al punto que su condena es conmutada en 1946 por el mismo Vincent Auriol, presidente de Francia. Un poco antes su pena había sido reducida a cuatro meses, al cabo de los cuales, sin embargo, en lugar de ser puesto en libertad, se lo encierra en el tétrico campo de Tourelles, sala de espera de los campos de concentración. De modo que durante la ocupación nazi, Genet es un convicto recurrente que, en prisión, ha estado escribiendo una de las más suntuosas literaturas de nuestro tiempo. Les bonnes (1947) lo coloca en la vanguardia del mejor teatro de entonces, el del movimiento llamado teatro del absurdo. Le journal du voleur, novela autobiográfica, es de 1949. Habría que agregar otras, pero me abstendré de fatigarles con ello: en 1983 le fue concedido el Grand Prix de Lettres.

Genet es más que un activista tenazmente comprometido con la causa de minorías que batallan por igualdad de derechos, un combatiente. Al lado de Marguerite Duras, reaccionando contra las condiciones inhumanas de los trabajadores inmigrantes, ocupan la sede de la CNPF (10 de enero de 1979). Genet recibe desde los Estados Unidos una solicitud de apoyo a la demanda de libertad de ciertos miembros de los Black Panthers, movimiento por la igualdad de derechos de la población negra, que se hallan bajo arresto. El poeta no se limita a firmar la solicitud: decide viajar a batallar en el lugar de los hechos. Los gringos le niegan la visa de entrada. El 1º de marzo de 1970, Jean entra clandestinamente desde Canadá. Permanece en los Estados Unidos un par de meses. El 1º de mayo, en el campus de la Universidad de Yale, los estudiantes y el movimiento rebelde escuchan de sus labios el que puede ser el más conspicuo de sus discursos. Las autoridades lo buscan como sabuesos azuzados por la rabia. El 3 de mayo abandona el país.

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De vuelta en Francia, participa activamente en jornadas de protesta en defensa de los inmigrantes magrebís. En estos días en que el poder judío a varias escalas devenga una avalancha de reconocimientos (y divisas, oh, sí) por publicaciones, discos y películas que recrean el vociferado holocausto, acaso convenga retrotraernos a ciertos días de 1982 en que el pueblo de Israel no es justamente la víctima. Genet nos ha legado un macabro testimonio de la masacre de que fue objeto la población de refugiados palestinos en Líbano. Se trata de Cuatro horas en Sabra y Chatila, un documento producido in situ. Jean Genet viajó los días 16 y 17 de ese tenebroso septiembre al lugar de los hechos, conque fue uno de los primeros (y pocos) occidentales que vieron el horror del cobarde genocidio.

El 12 de marzo de 1964 es encontrado el cadáver del joven equilibrista Abdallah Betanga. Tenía 26 años y se había abierto las venas. Genet lo había conocido en 1956 y debió vender los derechos de Les rêves interdits para cubrir el coste de los XXXXcursos del acróbata. Poco después del entierro, moralmente derribado por el impacto, Jean informa que ha quemado sus manuscritos, que abandona la literatura. En 1974 conoce en Tanger al que será su último amante, Mohamed El-Katrani.

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En 1965 Bernard Frechtman, su agente literario americano, y Jean se ven infelizmente enfrentados. Dos años después de esta fecha, en marzo de 1967 Frechtman, amigo de confianza del poeta, se suicida luego de una prolongada crisis depresiva.

Tildado inicialmente de pornógrafo, nuestro autor celebra “esos fluidos perturbadores, la sangre, el semen, las lágrimas”. Y agrega: “Sin duda, una de las funciones del arte es sustituir la fe religiosa por la eficacia de la belleza. Al menos esta belleza debe entrañar el poder de un poema, es decir, de un crimen”. “Ahora creo que si mis libros estimulan a los lectores sexualmente es porque están mal escritos —dijo en Playboy—: la emoción poética debería ser tan fuerte que ningún lector sintiera un estímulo sexual. En cuanto a que mis libros son pornográficos, no los rechazo por ello. Sólo respondo que me faltó gracia”.

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El cuerpo de Jean Genet fue sepultado el 25 de abril de 1986 en Larach (Marruecos); su obra florece sobre esta vida tremenda. “En la vida del hombre sólo existen algunos destellos. Todo lo demás es grisura”. 

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