Tímido y parsimonioso en la observación del mundo, Antonio Silvera Arenas (Barranquilla, 1965) mostró desde sus primeros poemas una diáfana coherencia en temas y tonos, alejándose de estorbos teóricos para escribir su poesía. Su voz desciende desde entonces de la boca de la misma musa y apenas el texto se reciente con las enmiendas a que le somete después de las descargas catárticas.
Deseando ser abogado marchó a la capital donde descubrió la reticencia de los bogotanos en comparación con el ánimo abierto y guasón de los curramberos. Ese no expresar algo del todo, interrumpir la frase para decir con el silencio, ese “mira aquello” del cachaco fetén para referirse al ridículo de una señora pasada de millones y kilos con una minifalda y un moño en el culo, mientras los propios, ellos, con sus ternos oscuros y corbatas rigurosas y ellas, de trajes de modisto apenas adornadas con una joya carísima y un aire de benevolencia distante y protector donde asoma la envidia, tratan a todo el resto, costeños, paisas y opitas, como extraterrestres.
Desde entonces para Silvera el palo no está para cucharas. El poeta contemporáneo no puede solazarse ni ser optimista ni buscar el paraíso en la niñez porque hasta ese mismo recuerdo se cuelan las dudas de la conciencia y los desencantos de la llamada posmodernidad, cuando quien lee no traga entero y sabe que tras el rostro de la felicidad acecha la desgracia de ser y estar vivos. El poema hoy es autocritico, es pregunta y lleva oculta la simiente de su destrucción. Porque dado el cúmulo de hechos que atosigan a diario al poeta, su poesía, debe conducirnos al descreimiento, la racionalidad, la duda. La poesía como sinapismo del dolor.
En Mi sombra no es para mí (1990) su poesía da fe de una sociedad estropeada. Una voz y un universo identificable, con un repertorio y sus perturbaciones definidas. Afecto, armonía y poesía son los asuntos de que se ocupa en este su primer libro. Con un decorado de fondo, dedicado a asuntos amorosos. Un ensayo de biografía lírica que recorre las horas de abandono del hogar hacia los espacios abiertos de las ciudades, el desarraigo y choque con un mundo helado y lluvioso y el anhelo por volver allí donde las manos del amor filial harían segura la vida.
Silvera opone a la muerte, los sueños; la belleza juvenil al deterioro de la vejez; la poesía al capitalismo rampante; la carne a los libros; el tiempo inexorable a la perdurabilidad del canto, etc., mientras dialoga con sus pares de otros ámbitos lingüísticos, desde Hart Crane hasta Esquilo. Un lenguaje libre de retóricas, sartas de metáforas, o las sandeces abyectas de cierta poesia de festivales y concursos.
Edad de hierro (1998) navega por aguas mas profundas, se sumerge para escrutar en el fondo de los tiempos y con los arquetipos del mundo antiguo las respuestas buscadas antes con la ingenuidad adolescente. De nuevo el viaje como guía del destino. El ingreso de un mancebo en el mundo de hierro de la vida, la ácida aventura de iniciarse en la supervivencia, con un desamparo que delata el titubeo del poema, un más allá indefinido e indeciso:
A partir de este libro el desencanto de Silvera con su mundo y el de los “otros” será definitivo. Y aun cuando quiera resucitar las músicas del verso usando formas y conceptos del pasado, escribiendo en tercetos encadenados con rima asonante como sucede en Musa, insistiendo en la recuperación de un paraíso que constata nunca existió, dando tumbos entre la realidad, el mundo termina por venirse abajo.
No hay duda que este barranquillero ha escrito algunos de los poemas más agudos de nuestro tiempo, estrictamente contemporáneos de la vida de finales del siglo XX en Colombia. Su más reciente libro, El fantasma de la alondra [2011] es un prontuario de las desdichas del hombre cuando ya ha atravesado la ranura de la reproducción y se sabe absolutamente mortal. Ni cielo, ni paraíso, sólo infierno, ruina y vejez. Silvera demuestra que ha degustado los mejores poemas de la lengua, que ha saciado su sed en nuestro propio pozo, y exhibe unas prosodias que perpetúan los grandes textos y prolongadas meditaciones.