Algunos dijeron que era una celebración al fútbol y no a la literatura. Algunos se quejaron de que este, la Feria del libro de Bogotá, era un evento de libros, al fin y al cabo. Gritaron porque un deporte era el centro de atención del pabellón del país de honor.
La presencia este año de Argentina no dejó atrás el evento del año: el Mundial. Su pabellón, cuya entrada es como la de un camerino de un estadio, está cubierto por una luz azul y blanca como los colores de su bandera. Y hay dos canchas de fútbol en medio de la librería y la exposición de fotos de Daniel Mordzinski.
¿Por qué las furias? ¿Por qué cuando la literatura se une con algo que no parece estar a su altura salimos a bramar? Por primera vez en la feria, el juego como actividad física, se discute hasta el fondo, sus características, sus formas de moldear la vida de quienes participan en él. El fútbol, esa liturgia que nos reúne, parecía la perfecta excusa para entendernos como somos. «Cómo uno es en la cancha es en la vida real», dijo alguien. Será por eso que nos molesta tanto que haya una cancha al lado de una librería, porque ni siquiera podemos meternos a la cancha. No sabemos jugar.
Este pabellón principal, además de bello, es especial porque se abre a todo el mundo. Una especie de democracia en los gustos, una intención de que el saber también puede ser divertido y que la diversión también es un saber.
Qué sigan auyando los pegados a las formas. Que sigan yendo a sus librerías de 4×4 donde los tratan de mijitos y les dan tinto y que lleguen a la feria todos los que quieran jugar. Que lleguen todos los que entiendan el fútbol como un universo pequeño donde se transmuta toda la vida.