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‘Quiero que la pluma sea bayoneta’

‘Prohibido entrar sin pantalones’, del español Juan Bonilla, es un retrato del poeta ruso Vladimir Maiakovski, que transitó con estrépito entre la revolución y el amor.

30 de marzo de 2014 - 09:00 p. m.
Vladimir Maiakovski (1893-1930), retratado por Aleksandr Ródchenko. / Flickr – Kevin Wells
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En 36 años, que fue cuanto vivió hasta que se suicidó, el poeta ruso Vladimir Maiakovski transitó de la fe sin rubor a la decepción y el desengaño. Entre esos dos momentos, enraizados en su fidelidad a los bolcheviques y el amor prohibido, fue uno y fue muchos. Fue aquel que escribió: “Yo quiero, / que la pluma, / se equipare a la bayoneta, / que del trabajo de hacer versos, / como de la producción del hierro y acero, / haga informes en el Ejecutivo, / el camarada Stalin”. Fue también quien dijo: “Para mí, / tu mirada, / tiene más fuerza y poder, / que el filo de cualquier navaja”. Y fue, entre muchos otros, ajenos y conocidos, quien tejió versos de esta suerte: “¿Si las estrellas se encienden, /quiere decir que a alguien les hace falta, / quiere decir que alguien quiere que existan, / quiere decir que alguien escupe esas perlas?”.

De él podría decirse que fue bolchevique, que apoyó a Lenin primero y luego a Stalin, antes de caer en la decepción, pero sería decir poco. Maiakovski fue un poeta con una posición política marcada, fuerte y arrogante en ocasiones, pero nunca dejó de ser poeta. Consideraba, del modo en que cualquier artista lo haría, que las palabras engendran ideas y las ideas engendran poder. Las suyas estaban inscritas en el socialismo; dicha identidad, sin embargo, sólo lo enmarcaba en un terreno, pero no encerraba su estética. “Yo conozco el poder de la palabra, / yo conozco su llamado poderoso. / Hay palabras, / que levantan a los seres de las tumbas, / y marchan solas, / sobre sus cuatro patas”. En su naturaleza luchaban el Maiakovski que hervía por la Revolución y el que rogaba por la experimentación estética: el primero fue declarado poeta nacional por los bolcheviques; el segundo se agrupó entre los futuristas.

Fue así, quizá, porque desde su infancia conoció la pobreza y conoció el frío y la desgracia: nació en 1893 en una zona alejada de la capital del Imperio ruso, Baghdati, y cuando su padre falleció tuvo que trasladarse a Moscú. Desde los 14 años se unió a los partidos socialistas y estuvo en manifestaciones y mitines; años después, en esas mismas reuniones, declamó versos a sus camaradas, y también pagó cárcel en la prisión de Butyrka por actividades revolucionarias.

Luego vino el triunfo, la Revolución de Octubre, y su claro encuentro con una forma propia ligada al lenguaje de la calle en oposición a la fineza y la opulencia “burguesa” de otros autores, aquellos que había rechazado desde que devino futurista: Dostoievski y Pushkin. Se enamoró de Lilya Brik, casada, y entre esa imposible relación, su agitada aplicación política y su trabajo como creador de publicidad bolchevique, escribió poemas sutiles y encantados, cándidos e indiferentes, transición de la juventud a la madurez: “La piel multiplica sus arrugas. / El amor florece, / florece, / y después se deshoja”.

 

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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