En el escenario hay dos personajes, un hombre y una mujer que están ahí para contarnos una historia, para llevarnos de viaje a otro tiempo y otro espacio, para divertirnos, ¿quizá?, y hacernos reflexionar, reír o llorar en algunas ocasiones. Ellos nos cuentan cómo esa mujer entrada en años pierde a su esposo y decide quedarse sola en la mitad del campo, lejos de sus amigos y aquellos que los conocieron cuando eran una pareja feliz, porque fueron felices. Eso dan a entender los recuerdos que poco a poco ella nos relata y que se convierten en una extraña y emotiva conversación con él, pero no es él, es su sombra, su recuerdo, su memoria, que se materializan en la habitación gracias al dispositivo escénico y el actor que le da vida.
Entonces aparece otro personaje, otro hombre, más joven, más fuerte y agresivo, que es interpretado por el mismo actor, ahora él será el amo y señor de la escena, la intimida y la secuestra por algunas horas, pero en este punto la historia cambia su rumbo. Mientras él come huevos revueltos, un pan duro y algunos sorbos de un té amargo y fibroso, seguro del poder que ejerce, le cuenta cómo ha cometido un crimen, cómo ella se convertirá en su cómplice y cómo se robará su carro para huir. Le dice que no la violará o matará porque es una mujer mayor, indefensa, sola y abatida por la pérdida. Como muchos personajes de la ficción y algunos de la realidad, asume que así son las mujeres, porque eso está escrito o les han dicho.
Pero esta historia que ocurre en una sola habitación, transformada en una pequeña y pintoresca cocina, no es sobre ellos, es sobre ella, Raquel, la mujer que entrada en años decide quedarse sola, porque así lo quiere, porque no necesita a nadie para que le haga las compras o esté pendiente de sus medicinas, porque en medio del campo encontró la fórmula para vivir con una enfermedad, con los recuerdos y las decisiones que la persiguen a través del tiempo, esperando el final de la vida, de la historia o de la obra. Porque en cada tetera de esa pequeña cocina tiene un as bajo la manga, porque no está indefensa, porque la interpreta una actriz que entiende que Raquel es fuerte, decidida e inteligente.
La actriz en ocasiones se sale de su personaje, vuelve a ser Luisa Fernanda Acuña, dialoga con el público, nos cuenta detalles de la historia y de los dos hombres. Se ríe con su compañero, mientras le pide que se suba la bragueta del pantalón, lo cual genera tímidas risas entre el público, recompone la escena y continúa la narración. José Luis Díaz, el actor, vuelve a ser Rick, el esposo, quien lleva un nombre que no es de acá, porque la historia no nos pertenece, no se inspiró en nuestras tierras, vivencias o dramas, aunque nos permite identificarnos con facilidad, aquello que nos hace humanos supera ideologías, géneros y fronteras.
La historia fue escrita por Alice Munro, escritora canadiense, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2013, pero se convierte en obra de teatro gracias a la adaptación realizada por el dramaturgo y director colombiano Moisés Ballesteros, en el marco del taller metropolitano de dramaturgia de Umbral Teatro, la cual es llevada a escena por su Compañía Teatro Estudio87. Munro titula su cuento Radicales libres, y Ballesteros, su obra de teatro Raquel. Los dos relatan el drama de una mujer que pierde a su esposo y decide quedarse sola, pero recibe una visita inesperada. La escritora narra desde la palabra escrita y el director desde la acción dramática, pero los dos apelan a la complicidad del espectador, porque como afirma el director: “Una habitación es suficiente para contar el mundo”.