Un día de 1996 apareció en la redacción y empezó a rodar el cuento de que llegaba como asesor de la dirección o a impartir cursos para los periodistas. Se decía que había sido subdirector de información y de relaciones internacionales de El País de España, donde además oficiaba como pieza clave de su Escuela de Periodismo. Se llamaba Miguel Ángel Bastenier y en pocas horas se convirtió en un personaje que cambió la cotidianidad del diario durante varios meses, que después, en su largo ir y venir entre Europa y América, siempre lo vio regresar para compartir una idea, un recuerdo, un almuerzo o mucho más de un cigarrillo.
Un lunes festivo se dio a conocer. Llegó a la reunión de editores, fue presentado brevemente porque en privado ya nos había saludado, y cuando le correspondió hablar musitó “esto es cosa de hombres” y luego se despachó con una perorata particular que no dejó títere con cabeza. Fue la primera vez que escuchamos, en su voz ronca, su insistente tesis del chip colonial, enfoque clave de sus conferencias, y uno a uno fuimos cayendo ante su verbo demoledor. El primero fue el reputado editor político Carlos Murcia, que alcanzó a arrugar la frente, pero Bastenier sacó a relucir su as para esta clase de encrucijadas: una selecta dosis de humor negro implacable.
Y después de cada dardo, un apunte mordaz para desternillarse de la risa. A partir de esa primera presentación en sociedad, Bastenier programó la cita ineludible de las diez de la mañana para impartir charlas en el salón Guillermo Cano de la emblemática sede de la avenida 68. Con carácter casi obligatorio, editores, redactores y practicantes marchamos mansos a la guillotina del editor español. Cuando citó al paredón al investigador Norbey Quevedo arrancó diciendo: “¿Por qué no te puedes llamar Carlos o Eduardo o Julio César? ¿Qué es Norbey? ¿Hombre o mujer? ¿Por qué en Colombia tienen que llamarse Harvey, Leider, Jefrey o Dorley?”.
Cuando me tocó el turno, asumí en carne propia su argumento del chip colonial y con una estocada sacó para siempre de mis opciones un enlace lingüístico: “A la postre”. Bastenier lo expuso en público antes de indagar: “¿Postre de qué? ¿De natas, de mora, de guayaba?”, y, mientras el público reía, pronunció nuestra fruta con un español que parecía salir de sus entrañas grave y desparpajado. Al principio fue terrorífico para todos, pero después se volvió chacota, en especial cuando trataba de decir Fusagasugá y preguntaba cómo era posible que el nombre de un pueblo fuera impronunciable. Sus ocurrencias se fueron acumulando en el libro de las anécdotas. Después se hizo uno más en el círculo del diario.
En las mañanas escribía a solas, pero a la hora del almuerzo era un problema colectivo. La costumbre colombiana de almorzar a prisa contra su momento estelar para conversar sin cortapisas. En poco tiempo fue preciso hacer relevos para salir al mediodía con Bastenier y no alterar la edición, aunque siempre aparecía en las tardes, paseándose entre las secciones mientras enunciaba: “Cierren, cierren, cierren”. En la noche seguía activado murmurando: “Cómo me gusta este país, se puede fumar en cualquier parte”. Con el correr de los días, entre los lances de su cátedra y su sarcasmo infinito, fue dejando conceptos que cobraron forma en enfoques de El Espectador hasta los tiempos actuales.
El tema del día fue su obsesión y la redacción alcanzó a tener una sección con editor y redactores para desarrollarlo. La información sobre Bogotá y su área metropolitana también fue su insistencia, y en los años siguientes convocó a una magnífica generación de redactores. Su criterio sobre el periodismo internacional fue ejemplar, era su especialidad. Su visión partía de una verdad para reflexionar: “En Colombia hay demasiada política y eso enardece todo el tiempo. En cambio, no se registra en contexto lo que pasa en el mundo”, era su comentario antes de explicar, con minuciosidad casi enciclopédica, cada conflicto ajeno que se divulgaba por cables.
Cuando dejó la redacción de El Espectador le quedaron amigos. Por eso nunca dejó de visitarla y siempre encontró una oficina, un escritorio, un computador, un cenicero y alguien dispuesto a escucharlo hablar de lo divino y lo humano. A la hora del almuerzo, lo mismo que antes, por turnos para acompañarlo. En la última época lo hacían los más jóvenes, que lo tuvieron como un referente. Una tendencia con razón de peso: con muchos ofició como anfitrión en Madrid o los apoyó para que pasaran por la Escuela de Periodismo de El País. Siempre generoso con la gente del diario. No sólo en Europa sino en Bogotá o Medellín, donde quiera que circulara en Colombia, que volvió su segunda casa.
La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano Gabriel García Márquez lo acogió con deferencia y Bastenier se volvió habitual maestro de sus talleres. Entonces muchos tuvimos el privilegio de conocerlo en otra faceta. Cuando dejaba de ser conferencista agudo o catedrático incisivo y explayaba su amistad rodeada de conocimiento. Una tarde noche, en la plaza de San Sebastián en Cartagena, alguien le planteó el tema del destino histórico de España en América, y fue una larga disertación mezclada con brindis, peleas y carcajadas, en la que explicó con asombrosa precisión la historia de la monarquía, la República, la guerra civil y la democracia.
Fue experto en las guerras de Oriente Medio y dejó varios libros sobre el conflicto entre Israel y Palestina, pero su comprensión de la geopolítica le alcanzó para que renovara sus escritos con los dilemas de América Latina y en particular de Colombia. Por largos años fue columnista o colaborador de El Espectador. Con la misma disciplina con la que escribió para Semana, Folha de São Paulo o Búsqueda de México. Aunque su desembarco fue Bogotá, luego Cartagena y se hizo colombiano en 2003, su talante lo llevó a recorrer América para compartir sus experiencias o su don de gentes con los jóvenes. No importaba si los mandaba “a vender cuchufletas o a tocar con mariachis”. Cuando cesaba su artillería los graduaba de amigos.
En 2009 lanzó el libro Cómo se escribe un periódico: El chip colonial y los medios en América Latina. Una especie de testimonio sobre la cátedra que lo escuchamos desarrollar en El Espectador en los años 90 y que no se cansó de divulgar cuando terminó su tiempo en la redacción de El País y se reinventó en estas tierras. Lo presentó en la Feria del Libro y, ante un auditorio repleto de amigos que querían acompañarlo, fue un encuentro inolvidable del que el público salió encantado, no tanto por lo que expuso, que siempre generaba controversia o crítica, sino por su autenticidad, por su estilo españolísimo para decir las cosas por su nombre, causando sonrojos o gracia entre sus oyentes.
Genio y figura hasta la sepultura, suele decirse de personajes como Bastenier, que dejan memoria entre quienes lo conocimos y hoy lamentamos su adiós. Recordaremos su tozuda calidez y su ejemplo de audaz reportero, analista internacional y buen colega. En muchas ediciones de El Espectador se conservan batallas suyas que también son legado. La brega por los primeros párrafos eludiendo lo que él llamaba los “leads retardados”, el desapego por tanta expresión de enlace como abriendo telones, la referencia de todo para evitar opiniones, el contexto como obligación y, sobre todo, la disposición para hacer periodismo en equipo, sin ponerse la corbata para escribir, y entendiendo primero que entre lo rudo o lo extremo siempre cabe una sorna.