Por la memoria. También por el olvido. Un grupo de escritores, parte de la diáspora del Caribe que llega a Bogotá, decidió ocho años atrás crear una revista que rememorara a los escritores y personajes de la Costa que, en parte porque el círculo intelectual los rechaza y en parte porque no hay demasiados medios para que sean visibles, se han convertido en piezas fundamentales de su cultura. Así nació el Magazín del Caribe. “Entre 25 compañeros, profesores de varias universidades, hicimos la Asociación de Escritores del Caribe —cuenta Álvaro Morales Aguilar, alto, de piel morena y voz gruesa, director de la publicación—. Pensábamos que debía tener un órgano de vocería para publicar a los escritores, poetas, artistas y filósofos del Caribe colombiano que son desconocidos, incluso por los mismos caribeños”.
Sabían que tras los escritores actuales existía una tradición poderosa más allá de Gabriel García Márquez: escritores y poetas como Raúl Gómez Jattin, Álvaro Cepeda Samudio, José Félix Fuenmayor, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Pedro Badrán, Jorge García Usta, y otros cientos más. El Magazín del Caribe, entonces, se convertiría en un vehículo de papel para volver a los versos de aquellos clásicos y permitir que nuevas voces, poco conocidas en los suplementos culturales de la Costa —cada vez menos numerosos—, fueran leídas por muchos. “A pesar de que en la Costa hay cierta obsequiosidad con los autores del interior —dice Morales—, no sucede lo mismo con autores de la Costa”.
Gracias al modelo del Magazín Dominical de El Espectador, los amigos construyeron su propia revista, que contiene reflexiones sobre literatura, filosofía y poesía, y también breves biografías de escritores caribes. Es una unión de academia y arte. “En nuestro periódico escriben no sólo caribeños, sino compañeros del interior del país. Ellos también recogen el interés que tenemos. Nos parece oportuno que también les demos cabida a los escritores del interior, aun cuando lo fundamental es lo nuestro”.
La publicación, que sale a la luz cada dos meses, es financiada por los miembros de la asociación y algunas entidades públicas y privadas de Bogotá y la región Caribe, entre ellas la editorial Magisterio. Desde 2005, el Magazín del Caribe ha publicado 37 números en los que han investigado los inicios de la literatura caribe y su influencia en el resto del país. ¿Cuánto le debe el país a esa región? ¿Cuántos de los escritores caribes resultaron más novedosos, incluso mucho tiempo antes, que los escritores del interior? A esas preguntas se les busca respuesta en estas páginas, que han dedicado sus portadas a militares como José Prudencio Padilla y Juan José Nieto Gil y escritores como Alberto Sierra Velásquez y Jairo Mercado Romero.
El Magazín del Caribe es, además, y quizá sin quererlo, una crítica directa a la carencia de medios culturales con peso en los periódicos más leídos de la Costa. Morales dice que los espacios se van reduciendo, que los magazines son, en realidad, púlpitos para la farándula y el espectáculo, sin profundidad, sin una búsqueda constante de comprender y develar un conocimiento nuevo.
Ese proceso, dice Morales, merma la necesidad de la cultura. Mientras tanto, en Barranquilla, por ejemplo, resurge un interés por expresiones artísticas como el teatro y la música. El Museo del Caribe ha devenido, en poco tiempo, en una institución cultural esencial en la vida de los barranquilleros. ¿Habría que verlo todo con pesimismo? Quizás sí. Para Morales hubo épocas mejores, como en aquellos tiempos en que Cepeda Samudio publicaba en periódicos de la Costa, en que García Márquez creaba sendas crónicas. “Ya no es lo de antes, ya ha ido claudicando todo eso frente al problema cultural. Todo es propaganda, farándula, cosas que han banalizado incluso el trabajo literario”.
Morales cita un libro reciente de Mario Vargas Llosa para hablar de su decepción: La civilización del espectáculo. Allí, palabras más, palabras menos, Vargas Llosa asegura que la civilización actual, dada a consumir medios de comunicación masivos y, por lo tanto, productos masificados, ha perdido todo interés en la literatura, en las actividades que requieren pensar y someter una tesis a una serie de estructuras e ideas. Esas reflexiones, dice Vargas Llosa, carecen de interés para nuestro mundo, que gusta de la banalidad.
Bajo esa misma esfera, Morales prodiga su pesimismo. Sin embargo, y a pesar de la validez que tenga dicha opinión, ¿por qué habría que verlo de ese modo? ¿Por qué todo tiempo pasado fue mejor? ¿De qué carece nuestro tiempo para que el arte sea en realidad una potencia de la creación? Morales, en efecto, continúa con su argumentación y cuenta que no lee a los autores nuevos, sino sólo a los clásicos. Cosa parecida habrá sucedido en el siglo XIX, cuando algunos no leían a Flaubert por considerarlo demasiado descriptivo, pero sí leían a Dante por ver en él a un clásico. Quizá todo tiempo pasado fue una gran lección, pero no la única lección.
Esos tiempos idos están presentes en las páginas del Magazín del Caribe: buenas épocas, grandes lecciones. Y también están los tiempos nuevos: escritores jóvenes, literatura de otras generaciones. Recuperar esa voz, sea nueva o antigua, es el patrimonio de estas hojas literarias.
@acayaqui