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Relatos del más allá

Un libro con una mirada llena de humor, creatividad y belleza a un mundo que suele presentarse plagado de estereotipos y misterios fáciles. Cuentos cortos para explorar la otra dimensión.

15 de agosto de 2013 - 05:00 p. m.
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Creer o no es irrelevante. Las cosas suelen existir sin el soporte de la fe: ser parece un asunto distante de la creencia en el ser. Claro, hay quienes argumentan que se es lo que se cree. Un pequeño paréntesis: eso suena a autoestima y la autoestima es una evaluación errónea; la definición es de Ambrose Bierce. De vuelta a la cuestión central: las cosas suelen existir sin creer en ellas, al menos algunas, las más tangibles de las intangibles, como los fantasmas.

Corrección: la cuestión central parece no ser el asunto del ser. Se es y los fantasmas existen. Esto se da por descontado, pero, por si acaso, una muestra de la evidencia.

“Renato se ganó su fama de loco cuando le contaron que muchos seres humanos dicen que los fantasmas no existen. Entonces él quiso discutir el asunto con algún señor o señora y fue a buscarlo, pero cada vez que veía a alguno e intentaba detenerlo, éste salía despavorido y desaparecía en un instante. (…) Además, pensaba Renato, un ser que crea firmemente que los fantasmas no existimos, tiene que ser imaginario, pues para un ser real es evidente que los fantasmas existimos”.

Por virtud de una gaseosa ley transitiva (gaseosa, pues se está tratando con fantasmas, aunque nadie ha podido comprobar que sean gases o si acaso que ocupen algún rincón de la materia), un fantasma que no cree en los humanos podría demostrar que los fantasmas existen, pues a los humanos les sucede lo mismo: eso de pensar que los fantasmas no son de verdad (así no se sepa de qué son, pero con bastante certeza parecen no estar hechos de sábanas).

No es un asunto menor. La vida y la muerte suelen ser cosas serias, así como también lo es el resto, lo que queda más allá, o en la mitad de las dos, depende del punto de vista. “El imaginario de los fantasmas es muy común. Uno no sabe si está inventando un fantasma o es algo que leyó en un autor del siglo XIX o que le contó el abuelo. En realidad, los fantasmas aparecen de formas muy estandarizadas en todas las culturas”. Darío Jaramillo Agudelo, poeta, escritor de fantasmas, el libro. “Para mí fueron importantes todas estas cosas cuando tenía 10 u 11 años. Para un individuo de esta edad los fantasmas son una cosa muy importante. Quizá lo que perdimos los que ajustamos más de 11 años es que no les hemos dado la importancia que realmente tienen. Eso a lo mejor es culpa de la luz eléctrica”.

Bajo un examen más juicioso, los fantasmas podrían explicar cosas como el inconsciente o la invisible fuerza detrás de los impulsos. La frase “no era yo cuando hice eso” tiene mucho más sentido una vez se empieza a aceptar que los fantasmas no sólo deambulan en una especie de turismo involuntario por un mundo que no terminan de habitar, sino que en realidad habitan en nosotros. Somos vehículos de otro, de otros. Tiene sentido, mucho sentido.

“El motivo que tienen los fantasmas para visitar cuerpos suele ser más noble que la simple maldad. El amor es uno: amada muerta se instala entre el pellejo del amado vivo: por eso el amado vivo a veces piensa que estuvo de nuevo con la amada muerta. La admiración puede ser también un motivo: fantasma que venera músico, o pintor, o escritor, se mete dentro de su ídolo. O viejos amigos, como Juan, que después de muerto tenía el hábito de visitar a su amigo Santiago. Lo hizo por muchos años, hasta cuando Santiago se murió y se encontró a Juan y, apenas lo vio, se dio cuenta de lo que había pasado y le dijo: ‘¡Ah!, ¡eras tú!’”.

La cuestión central, entonces, es entender que la diversidad fantasmal es tanta o al menos proporcional a la que se puede encontrar en la especie humana. Hay algunos que aborrecen a los hombres, otros tantos que disfrutan asustándonos y al menos uno, llamado Boris, que tiene un gusto especial por espantar caballos.

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La maldad es apenas un accesorio en el universo fantasma: no es un elemento que lo define, pero está presente, aunque en menor cantidad que en el mundo de los humanos; esto no sorprende, la verdad.

“Los fantasmas dolor son toda una especie. Fantasmas malgeniados, crueles. Los fantasmas dolor disfrutan con lo que hacen todo el tiempo (…) Y se dedican exclusivamente a una sola cosa: los fantasmas dolor son los que producen el dolor fantasma. (…) A un amigo mío le cortaron una pierna. Más arriba del tobillo se la cortaron. No tiene pie derecho y siente dolor en los dedos. Dolores. Dolores en las partes que no tiene. (…) Un día mi amigo me dijo: ‘La prueba de la existencia de los fantasmas es el dolor fantasma’”.

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Y en ese quiebre entre la vida y la muerte, entre la materia y lo etéreo, emerge la belleza, una imagen nueva y sutil que habita secretamente en la rutina, en el día a día. La labor del poeta, quizá. Jaramillo Agudelo escribió en Historia de una pasión: “La poesía en su sentido más amplio y desaforado, la ebriedad sin tiempo de una boca amada, el aroma de un eucaliptus, el laberinto interno de tu reloj de cuarzo, de tu procesador de datos, un atardecer, un gol, un sorbete de curuba, una voz familiar, Mozart, entender una cosa nueva, una crema de ostras, el galope de un caballo, en fin, tantas cosas que son la poesía en su más amplio sentido. (…) La virtualidad de la palabra escrita para cortarnos la respiración, para hacernos parpadear la sorpresa, para exorcizarnos, para sonreírnos hacia adentro, esa palabra que está en el poema, en el relato, en el anuncio publicitario o en el cine”.

Desde el más allá, Pedro, un amigo de infancia, cierra el libro. Pedro, él sabe que Jaramillo no cree en fantasmas: “El otro debe estar, de verdad, muerto de la risa”.

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“Como habrá visto, mi querido amigo, varios de los términos de este breve manual de fantasmología se contradicen entre sí. En unas partes dice que los fantasmas conviven, en otras que nunca conocen a otro fantasma. Y así, hay varios contrasentidos. Ya habrá adivinado mi propósito secreto: los fantasmas sólo existimos a veces, sólo cuando es necesario confundir a alguien. Con un abrazo de aire, P”.

slarotta@elespectador.com

@troskiller

 

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