Después de estar al frente de monumentales orquestas sinfónicas, Claudio Abbado terminó sus días llevando música a cárceles, hospitales y escuelas en reducidos formatos de cámara. Para el director italiano, con uno u otro colectivo la intencionalidad tenía que ser la misma: comprobar que en la música está la verdadera ‘educación del hombre’, frase con la que se hizo célebre no sólo en un escenario tan propio como la interpretación de partituras, sino en la posibilidad de reflexión a partir de las artes.
Un cáncer de estómago que le diagnosticaron a comienzos de este milenio, y que a la postre le ocasionó la muerte ayer en Bolonia, Italia, lo obligó a dejar de ser el centro de las miradas tanto del público como de los músicos de la orquesta, lugar que ocupó desde 1965 cuando dirigió la Segunda sinfonía, de Gustav Mahler (1860-1911), durante el Festival de Salzburgo. Al no poder marginarse del todo de la música, optó por seguir en actividad en agrupaciones de cámara.
Claudio Abbado nació en Milán, Italia, el 26 de junio de 1933. Sus padres fueron músicos y docentes y por eso para él el arte sonoro siempre estuvo vinculado a un proceso serio de formación. Su finalidad al dirigir no era solamente estética, porque con su batuta mágica quería cambiar la realidad colaborando en la enseñanza de jóvenes talentos, a quienes les insistía: “creo en la música, como lenguaje universal, tiene un profundo valor estético y es necesaria para la vida cotidiana del hombre, porque se basa en la escucha recíproca”.
Sus compositores favoritos fueron Mahler, Beethoven, Debussy y Brahms. Complejas obras de todos ellos llevó a cabo con distintas orquestas y todos tuvieron que ver en su consolidación. Por ejemplo, fue gracias a sus interpretaciones de Mahler que debutó al frente de La Scala de Milán, luego dirigió la Filarmónica de Viena y fue llamado por la Sinfónica de Londres.
A finales de la década del 80, Claudio Abbado fue nombrado ‘El artista del siglo’ por la asociación de críticos musicales de Alemania. Esa denominación fue ratificada con su nombramiento como director titular de la Filarmónica de Berlín, de la que fue designado como sucesor del austríaco Herbert von Karajan (1908-1989) el 8 de octubre de 1989, un mes antes de la caída del muro de Berlín.
El mérito del director italiano no se resume al hecho de que su nombre se haya hecho inmortal siendo la batuta de las orquestas más importantes del planeta. Abbado no se conformó con eso y para ayudar en el fortalecimiento de las aptitudes infantiles y juveniles creó sus propias agrupaciones conformadas, en su mayoría, por artistas en formación y provenientes de estratos sociales marginales. La Orquesta Juvenil de la Unión Europea (1978), la Orquesta Juvenil Gustav Mahler (1986) y la Orquesta Mozart (2004) han sido semilleros importantes para músicos sinfónicos.
En ese acercamiento con niños y jóvenes interesados en la música, Claudio Abbado tuvo la oportunidad de construir una estrecha relación con el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, fundada en 1978 por el maestro José Antonio Abreu, una de las experiencias musicales más importantes de América Latina. Quedó impactado con los alcances del proyecto y desde entonces se dedicó a impulsar y apadrinar al director venezolano Gustavo Dudamel, tal vez la figura más relevante del sistema.
Abbado dejó ayer el mundo de los vivos, del que se despidió con un impresionante legado sonoro. Para él, una partitura de réquiem sin punto final.
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