Un día, entre ensayos y conversaciones, Paula Cadena, la directora creativa de la banda colombiana Taller de Retazos, se preguntó en voz alta: ¿por qué para la música no hay una especie de cine? Y propuso hacerlo. Se inventó las sesiones de escucha, una de las alternativas con las que han dado a conocer su nuevo álbum, Albedrío. Invitaban ocho o nueve personas, máximo, a la casa de alguno de los integrantes, o de alguien que la prestara, a compartir un chocolate con pan y a escuchar el disco. Se sentaban en círculo, bajaban la luz o prendían una vela y cada asistente tenía unos audífonos, lo que facilitaba que vivieran la experiencia de forma individual.
El álbum comienza a reproducirse y las canciones se relacionan. Todas están cobijadas por una gran idea que prefieren no aclarar. Las personas deben ser libres hasta para escuchar e interpretar como prefieran. Lo curioso es que cuando se concluía la sesión de escucha, todos coincidían y querían decir algo. Terminaban emocionados y ansiosos por contar que a ellos también les pasaba, que creían lo mismo y que se identificaban.
Taller de Retazos ideó el cine para la música y lo hizo realidad. No cobró por la entrada y tampoco pidió que al finalizar la sesión se hiciera un conversatorio que les acariciara el ego o les destruyera el trabajo. Solo querían que las personas se sintieran en su casa, escuchando música que pretendía acercarlos a lo esencial de la vida, que es vivir. Habitar el mundo siendo conscientes de que es por un ratico, que el planeta no es nuestro y que aprovechar los días siendo humanos y no peones de ideas sin alma, es lo que realmente nos hará dejar huella, o por lo menos dar el último respiro con tranquilidad.
El proyecto es introspectivo y viene de una experiencia íntima que se inició en 2015 con Juan Pablo Velásquez y a la que se integraron los demás miembros de la banda. Hay temas con letra y temas instrumentales que resultan siendo mucho más literales y textuales que los que contienen palabras. Los sonidos de Taller de Retazos son conmovedores, llevan al campo, las montañas y hacen que se respire aire con olor a tierras limpias y tranquilas, como las de nuestros territorios rurales. Las melodías transportan a universos en los que la vida importa. Mundos que no deberían ser tan lejanos, en los que la voluntad es un faro que permite iluminar el camino, en donde ya no seamos un rebaño que sigue reglas sin cuestionarse. No hay intención desesperada por la fama, porque, al final, ¿de qué vale la fama si con ella solo se beneficia el famoso? Escuchar caminos, la novena canción del álbum, es volver al origen con canciones que pueden salvar. El género puede ser “música andina, folk alternativo, o algo así…”, dice Camilo Manchego, integrante de la banda, quien argumenta que, para ubicar los sonidos de Taller de Retazos, pueden hablarse de esos géneros, pero que en este momento casi nadie, o por lo menos no en la escena independiente, está haciendo algo que se encasille tan fácil. “Eso es más de la industria y nosotros estamos explorando”. Hoy, los jóvenes tenemos la necesidad inmensa de gritar. De decir qué pensamos de una sociedad que nos ha bombardeado desde que somos niños con el “deber ser”.
Todas las balas publicitarias que nos han lanzado desde que tomábamos tetero pretenden que esos jóvenes ya moldeados les compremos los estereotipos que se han esforzado en posicionar como el gran ideal. La ventaja la tuvieron ellos. Los publicistas y los dueños del poder. De la infancia en la que nos dijeron que éramos los mejores y nos merecíamos todo, llegamos a la adultez para estrellarnos con una realidad frustrante: fuimos entrenados para llegar al “éxito”, no nos merecíamos nada solo porque nos lo dijeran y nos habíamos convertido en los peones de un montón de ideas que no eran nuestras.
La industria musical ha sido uno de esos gigantes que se ha esforzado en que no pensemos y sigamos las pautas que garantizan la llegada a la tierra prometida. Taller de Retazos, una banda emergente compuesta por seis músicos colombianos es parte de una gran cantidad de jóvenes que están reaccionando a esa hipnosis del capitalismo depredador. Un combo de gente que necesitaba cantar, tocar, sentir y que rechazaba las dinámicas tradicionales en las que el mensaje es lo último que se revisa.
Este año lanzaron su primer álbum, Albedrío. Está hecho por ellos, en su totalidad, y por eso ha sido más complejo que la gente lo conozca. Un producto que no pretende convertirse en el más vendido o escuchado, si eso implica adherirse a una industria en la que seguramente tendrán que acomodarse a lo que pide la masa y no a lo que necesita la gente que siente y a la que le duele la vida.
El álbum es un espejo de las raíces colombianas y de juventud. Sonidos andinos con tintes rockeros. Sin miedo rescataron lo que creen que realmente nos representa en este país y le agregaron guitarras eléctricas que movieran el piso. A esos temblores son a los que le dedican su tiempo y energía.
La gran victoria de este álbum es que, aunque entienden que hay que ceder un poco en las dinámicas que gobiernan el mundo, sobre todo la industria musical, como, por ejemplo, atender a las normas de empresas como Sayco, o hablar con una periodista de este diario en el que tendrán una difusión mayor a la de un voz a voz, no se han vendido a la popular idea de enriquecerse pasando por encima de la gente. Hacen música por generar empatía con causas nobles y por repetirles a los que están en las cabezas del poder que no todos estamos alienados y que hay gente que está pensando.
La carátula del disco es un retazo de una pieza de arte contemporáneo. La hizo Felipe León, un amigo de la banda que piensa y trabaja en la misma clave y con intenciones similares. Otra de las formas en las que se ha difundido el álbum son libretas con las letras de las canciones y los retazos de la obra del artista. Han pensado en objetos que contengan valores especiales que se conecten con la gente. En definitiva, pensaron en tocar las fibras que mueven al mundo. Entendieron que fueron víctimas de la crianza imperfecta que sufre cada humano al crecer, pero también de la reproducción voraz del capitalismo que fue creciendo en los 90 y el cambio del siglo, y su mentirosa y cobarde publicidad. Concluyeron que, como ellos, hay más jóvenes dispuestos a hacer de sus vidas historias distintas. Hay muchos ejemplos, como el hecho de que el país esté votando distinto, por ideas y candidatos que defiendan la vida, el medio ambiente y la dignidad, o las campañas que han trabajado incansablemente por la inclusión a la diversidad y las miradas amables a la diferencia. Las personas están dejando de cuidar su metro cuadrado y los apoderados de las grandes sumas de dinero, que pretenden acumular más, solo tienen eso, dinero.