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Robin Williams, mucho más que un hombre bicentenario

El actor y comediante estadounidense, que murió el lunes pasado en su casa en California, mostró siempre su capacidad para transformar el humor en un arma infalible contra la indiferencia.

12 de agosto de 2014 - 11:22 p. m.
Robin Williams debutó en la gran pantalla en 1977 y desde entonces hizo muchas veces más de una producción cinematográfica por año. / EFE
Foto: EFE - TRACEY NEARMY
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Es difícil imaginar al profesor John Keating con un rostro distinto al del actor Robin Williams. Más que una cuestión de facciones, de entonación de la voz y de postura corporal, es algo que se lleva por dentro y que, como el talento, es necesario cultivar. Se llama credibilidad y eso fue lo que proyectó Williams personificando al maestro de literatura que irrumpe en la prestigiosa academia estadounidense Welton para impartirles a los alumnos la materia a partir de la fusión de las cuatro palabras insignias para la institución: tradición, honor, disciplina y excelencia.

En realidad, lo que John Keating o Robin Williams, que para el caso son la misma persona, hacen en la película La sociedad de los poetas muertos (1989) es proporcionarles a los alumnos lecciones de vida, invitarlos a través de la lectura de poemas de Walt Whitman, de juegos de competencia y de simples visiones del mundo a entender que el tiempo es un patrimonio finito. Les muestra, de pie sobre dos pupitres, que la misión humana se puede resumir en la oportunidad de no tragar entero, en degustar el conocimiento y en la obligación de no pasar por alto las ideas sin siquiera hacerse interrogantes.

La cinta, bajo la dirección de Peter Weir y con guión de Tom Schulman, mostró a un protagonista capaz de establecer kilómetros de distancia entre la sobriedad y el aburrimiento. Robin Williams fue en gran medida el responsable del éxito de la película, pero además le mostró a varias generaciones su versatilidad. Algunos fueron a verlo por el lejano recuerdo de la serie televisiva Mork y Mindy, su verdadera iniciación masiva en el arte de la actuación. Otros tenían presente su figura adornada con una pipa haciendo las veces de Popeye (1980), mientras que otros más querían verlo superar sus personificaciones en The World According to Garp (1982) y Good Morning, Vietnam (1987).

En cada espectador dejó sensaciones distintas. Para eso está el oficio del actor, para conquistar, para estorbar, para hablar al oído y, a veces, para dar cachetadas con el revés de la mano. Williams sabía explotar muy bien sus habilidades histriónicas, algunas hacían parte de su esencia y otras fueron aprendidas durante su etapa de formación artística en la prestigiosa Academia Juilliard, en Nueva York.

Con aptitudes innatas o asimiladas gracias al favor de los calendarios, este actor se puso, un año después de interpretar al profesor John Keating, la vestimenta del doctor Malcolm Sayer en Despertares (Awakenings, 1990), pero más adelante se dejó tentar por una superproducción para el público infantil llamada Hook, en la que debía asumir el rol del señor Peter Banning, que después sería ni más ni menos que Peter Pan.

En ese filme, rodeado por un elenco de figuras indiscutibles del firmamento de Hollywood, también mostró su categoría y convenció al público y a los productores de que tenía la sangre fría para hacer cualquier cosa delante de una cámara. Le prestó entonces su voz al Genio en la versión que hizo Walt Disney de la historia de Aladin (1992) y los dibujantes tuvieron que adaptar buena parte de su trabajo al parlamento improvisado del personaje. Williams fue allí una completa caja de música que enriqueció la animación y abonó el camino para que otros actores famosos se deleitaran con el ejercicio del doblaje de cintas de corte infantil.

El listado de trabajos cinematográficos de Robin Williams es mucho más largo que las especulaciones sobre su muerte. En Jumanji (1995) volvió de un lugar indeterminado para reconciliarse con el pasado, en Patch Adams (1998) institucionalizó la nariz del clown, en El hombre bicentenario (1999) engrandeció el rol humano en la ciencia, mientras que en Una noche en el museo (2006, 2009, 2014) le dio vida al presidente Theodore Roosevelt desde la arista de la comedia.

Williams se fue, al parecer, por decisión propia, dejando una serie para televisión grabada y algunos fragmentos del libreto de Absolutely Anything (2015) totalmente registrados. El drama y la comedia perdieron a un maestro, a un exponente con letras mayúsculas.

 

jpiedrahita@elespectador.com

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