Conocí a Jaime Espinel, Barquillo, en un bar detrás de la calle Colombia, una noche después de un concierto en la Biblioteca Pública Piloto: “La mujer en la canción”. Yo era una de esas mujeres cantoras, o será mejor decir cantarinas, porque por entonces todas éramos jóvenes y divinas. Esa noche, en La Camerata, Barquillo también cantó. ¡Cómo cantaba! Por entonces su ojo izquierdo ya lagrimeaba solo, y yo me preguntaba por qué lloraba tanto ese singular flaco, de ojos grises, manos largas de dedos largos y huesudos, chisporoso, juguetón con las palabras como el que más, el señor del “jua jua jua”. Se me quedó clavada la canción: “Pequeña / te digo pequeña / te llamo pequeña con toda mi voz / mi sueño que tanto te sueña / te espera pequeña de mi corazón”.
La narizona, me llamó esa noche, con su sorna característica. Después iría a decirme Pepa, o Pepita, un apodo más en la lista de los inventados por él: La místera, la mamá de sus hijos; Cinco y medio, una amante que tenía y por la que se moría. Movía las manos en un gesto único —barquillano, espineliano— cuando cantaba. Daban miedo y ganas de llorar, de lo verdaderas que uno las sentía. Respiraba donde le daba la gana y cortaba las frases donde necesitaba. Nadie como él para cantar. Oyéndolo uno se sentía frente a un Benny Moré menos caribeño, un Benny Moré de Metrallín, como le decía a esta ciudad violenta y plagada de muertos.
Era lúcido el delgado Barquillo, y a veces obnubilado como todos los lúcidos. Me hablaba de los nadaístas: cafés, bares, hostias, rumbas, niñas bien —vestidas a la moda de los años 60—, fascinadas por la irreverencia de estos muchachos brillantes y escandalosos. Me contaba historias de Gonzaloarango, de Darío Lemos, de Jota Mario. Se sentía de ellos y a la vez disentía de ellos. Haber sido nadaísta le daba partida de bautismo, señas de identidad, marca de fábrica. Todavía se ponía buzos de cuello de tortuga en las pocas tardes frías que había en Medellín, o cuando íbamos los fines de semana a una finquita en San Pedro, con su media de aguardiente que sólo destapaba al caer el sol. Entonces se le soltaba la lengua para hablar y para cantar.
“… Y yo aquí desgañitándome por dentro, tan cantante y tan duro de lo puro derecho que he sido, cantando mejor que nunca porque lo único que puede expresar con exactitud la fealdad del dolor, y aplacarlo, es el canto (Bolero del ladrón robado, Alba Negra)”.
Chicuca, añicos, pedacito, colador. Ya no cantará más Jaime. Espino, Espinel, Barquillo. Paz en su tumba.
Vida y obra de Espinel
Jaime Espinel nació en Medellín en 1940. Perteneció a los nadaístas y era conocido como uno de los más silenciosos y moderados. Escribió cuentos y poesía, ejerció algún tiempo la docencia en Estados Unidos, en donde forjó gran parte de los temas de su obra. Fue colaborador de revistas como ‘Universidad de Antioquia’ y ‘Unaula’, así como del periódico ‘El Mundo’. Fue incluido en la antología ‘Doors and mirrors, fiction and poetry from Spanish American 1920-1970’. Algunas de sus obras publicadas fueron: ‘Esta y mis otras muertes’ (1975); ‘Agua de luto’ (1981); ‘Manriques micros y otros cuentos neoyorquinos’ (1986); ‘Alba negra’ (1990); ‘Cárdeno réquiem entre toda la eternidad menos un día’ (2001).