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‘Se lee poco, de manera que uno escribe para pocos’

Autor de las novelas ‘Un mar’ y ‘Al oído de la cordillera’, este escritor antioqueño cuida cada palabra casi tanto como los silencios.

04 de octubre de 2014 - 09:00 p. m.
Ignacio Piedrahíta nació en Medellín en 1973 y estudió geología. / Julián Roldán
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Una joven generación de escritores se reconoce ahora como parte de la prosa contemporánea de Antioquia. Tan sólo por la década del 70 es posible identificar algunas voces, corriendo el riesgo al mencionarlas de omitir unas cuantas: Andrés Burgos, Luis Miguel Rivas e Ignacio Piedrahíta.

Este último nos ha inmiscuido en su suerte de accidente geográfico: un mar hecho papel, una cordillera que palpita, unos árboles con cicatrices humanas que se recubren de cemento, el aire libre y el aire preso en el aliento humano. En fin, son paráfrasis de una obra reposada, escrita con mesura y, tal vez por esto, cuidada.

Piedrahíta nació en el 73 en Medellín. Estudió geología y a los 26 años, mientras trabajaba como asistente de investigación, publicó el libro de cuentos La caligrafía del basilisco. Más tarde, en 2006, vino la novela Un mar (Fondo Editorial Eafit), que resultó finalista en el Premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura y ganadora de la V Convocatoria de Becas de Creación de Medellín.

Sin embargo, Al oído de la cordillera, publicada en 2011, es tal vez la novela que más comentarios ha desatado, destacando el viaje íntimo que inicia un hombre tan pronto abre camino fuera de casa para llegar al sur de su continente, y en el que más allá de detenerse en el paisaje estrecho de lo humano, esboza con juicio la espesura nativa en la que estamos inmersos. En esta entrevista el escritor habla de sí mismo y de sus voluntades.

En la naturaleza se repite la geometría fractal con cuánta fascinación. Una figura dentro de otra en términos inagotables. ¿Qué en su literatura, estando presente la fijación sobre lo que nos rodea, considera finito? ¿Dónde está el límite?

Todo límite está dentro de mí y dentro de todos nosotros y lo vemos afuera como un reflejo del miedo, de la inseguridad y de cuanto prejuicio o construcciones mentales tengamos. Creo que normalmente vamos en círculo; muchos de los procesos mentales son circulares y al repetirlos nos vamos acostumbrando a ellos. Hay un momento en el que decidimos salir y dar un salto, como si fuera un electrón al que le llega una energía para sacarlo de órbita. Quizá sea otro círculo, pero al menos salimos del que nos estábamos habituando. Siempre me parece que en la tierra hay un espejo en el cual el hombre, si quiere, puede mirarse. En ella los tiempos son lentos y sutiles, finalmente de los pocos que puedan dar equilibrio al ser humano en un mundo cada vez más acelerado.

Usted comprende líos del hombre desde diferentes fenómenos naturales. Deme un ejemplo simple.

Un volcán es una montaña dormida para el hombre si no hace erupción, y el hombre cree que cuando lo hace está despierta. Consideramos que movernos es algo que hay que justificar con la distancia o explicar el porqué de marcharnos o de regresar. Hace mucho tiempo el hombre se mueve y tiene que advertir por qué se queda quieto. El volcán siempre está bullendo, aunque no podamos percibirlo. Estamos en una intensa actividad interior que en cualquier momento puede estallar y generar un movimiento perceptible. Siempre fuimos, por miles de millones de años, unos personajes que viajaron de un lado a otro y cuando nos detuvimos empezamos a poner líneas y fines en el territorio.

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¿Qué tal con los elementos inertes?

A veces podría sonar descabellado detenerse en ellos, como en una piedra o en un árbol, que en apariencia no puede moverse. Ahí estamos haciendo un ejercicio más profundo de ponernos en el lugar del otro, porque por lo general nos ponemos en el lugar de alguien semejante a nosotros. Hacer la distancia más grande nos permite construir nuevas imágenes de lo que somos, es lo que trato de hacer.

¿Por qué escribe?

Creo que hay un trabajo con las manos que para mí es muy importante. No es solamente el hecho de estar pulsando las teclas o empuñando un lápiz; va mucho más allá de eso si pensamos en quienes dictaban. El ejercicio solitario de buscar palabras largas, cortas, ciertas o mentiras, me da equilibrio y esto es lo que busco con la escritura.

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¿Le gusta la soledad?

La soledad no es una condición permanente, porque si uno lo piensa así, inmediatamente pasa a ser mirada como un defecto. Creo que el estar solo por decisión propia es lo que más me seduce o a veces por una manera circunstancial. Cuando alguien espera por algún motivo, es una quietud obligada y en ella afloran muchas cosas de quien espera. Si me preguntan a quién quisiera conocer, sólo diría que a alguien esperando: ahí uno podría empezar a imaginar toda su vida. Creo que la soledad por un período de tiempo es una especie de remedio.

Yo esperaría que usted viviera en el campo, pero vive en Medellín, y muchas de sus crónicas son de ciudad. ¿Qué le atrae de ésta y cómo define la lectura de la misma?

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Es el punto de referencia. Me atrae lo que hay por debajo de todas las miradas. ¿En qué lugar estoy? Busco respondérmelo. Y como la ciudad muta de una manera tan rápida, entonces todos los días estoy preguntándome cuál es mi lugar y la búsqueda de esta respuesta me lleva a escribir. Ahora, todas las miradas sobre una ciudad son importantes, y creo que es muy valioso que exista una mirada directa a los conflictos más impactantes, hasta los más sutiles, donde creo que fijo la mía.

Vivo durante la semana en la ciudad y los fines de semana me voy para el campo y lo hago un poco por convicción. Muchas veces me pregunté por qué no vivir en el campo si es donde más tranquilo me siento realmente. En las pausas de la escritura me gusta dar una vuelta y mirar cómo está la luz, por ejemplo, pero también creo que la ciudad me está llamando a hacer algo por ella, porque cuando uno se va al campo hay una indiferencia de alguna manera. La ciudad me ha dado hasta ahora todo lo que tengo, entonces siento una especie de responsabilidad con ella. Y de pronto por el hecho de que siempre estoy pensando en detenerme, en mirar más tiempo, en estar más quieto. No me siento tranquilo abandonándola y me parece injusto que ella me dé cosas y que yo no le dé nada. La lección más importante de la naturaleza es que todo el tiempo nos da.

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