No hay duda de que gracias a los mecanismos de la Ley de Cine colombiana aprobada en 2003 se establecieron los cimientos de una industria cinematográfica. No hay duda de que el sector ha gozado de un crecimiento gracias a muchos esfuerzos como los fondos canalizados por el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico, que han beneficiado la realización de 352 proyectos y los recursos destinados a la participación en mercados y festivales internacionales. Gracias también a la creación de la Comisión Fílmica Colombiana, que se dedica a promover las producciones en el exterior, así como a la exportación de servicios y de locaciones, Colombia tiene cada vez más presencia en el medio.
Este escenario muestra una política de internacionalización que se ha evidenciado a través de los 106 premios y reconocimientos en más de 40 festivales en el mundo. A lo que se suma la reciente creación de la Academia Colombiana de Artes y Ciencias Cinematográficas, compuesta por 250 personas que han participado en el sector del cine. Este gremio surge como una necesidad de tener más autonomía y de lograr cohesión en la comunidad. Serán ellos los encargados de escoger a los ganadores que este 21 de octubre recibirán la estatuilla Macondo. Los cineastas, actores y productores votarán por sus propios colegas en una gala donde se reconocerán 12 categorías de 18 películas en competencia.
No hay duda de que celebrar eventos como este, el de la semana del cine colombiano, donde habrá muestras nacionales de largometrajes y cortos en todo el país, encuentros académicos y premiaciones, es sano porque produce inquietudes y por la importancia de poner en foco la ilusión. Es equivocado hablar de una industria colombiana cuando en el país se produce un promedio de 10 películas al año y cuando la palabra se define por la producción constante y significativa en cantidad. Hugo Chaparro, escritor crítico de cine, se pregunta: “¿Hasta qué punto las geografías del prestigio en términos cinematográficos —Berlín, Cannes, San Sebastián— son más importantes que las geografías ‘marginales’ como la colombiana, dentro de la que hay que preguntarse qué sucede con una cinematografía que está surgiendo y que todavía está no en el cine arte industria, sino en el cine arte artesanía con una ansiedad industrial?”. Se habla de una industria argentina porque producen un centenar al año, de una brasileña porque cuentan con 84 largometrajes al año, pero no se puede decir lo mismo de nuestra producción nacional. A pesar de nuestra visión optimista, falta la realista y faltan años de consolidación. Lo dijo Luis Ospina, director del Festival de Cine de Cali: “No hay cine colombiano, hay películas colombianas”.
Por otra parte, como lo afirma el último número de la revista Semana: “A esta altura de la película, incluso más que el dinero, el cine colombiano reclama afecto”. Las cifras lo muestran claramente. Si en 2006 los espectadores de películas colombianas llegaron a 2’806.892, en 2009 solamente llegaron a 1’208.215, la menor cifra desde 2004. Hay un prejuicio negativo entre el público en general. Si bien es cierto que en dos los últimos años se han visto interesantes y arriesgadas propuestas de cine de autor, que han ganado reconocimiento en los festivales, falta conciliar una visión más comercial si se quiere elevar los números de la taquilla. “No veo ese público en las salas comerciales, donde estas mismas películas no merecen más que comentarios llenos de la autocomplacencia y el desprecio de quienes pagan por una mercancía y quieren un placer fácil e inmediato”, sostiene en su blog Pedro Adrián Zuluaga, profesor y director del Festival de Cine Sin Fronteras.
El cine colombiano ha crecido, pero le faltan miles de centímetros para llegar a ser grande.
Programación completa en: www.mincultura.gov.co/semanadelcine