Santiago Roncagliolo fue uno de los invitados a la Filbo. Sus comentarios fueron de los más escuchados entre un grupo muy nutrido de literatos, artistas e intelectuales. La feria se vistió de Perú, el país invitado. Se vistió y hubo comida, esencial, para un país obsesionado con la gastronomía. El plato fuerte, su nobel, y muchas entradas y salidas. Sobre todo de letras. Roncagliolo es uno de los que han hecho historia con sus libros: escribió sobre Sendero Luminoso, pero también para niños y jóvenes. Incursionó en el terreno de la novela negra y ha ganado múltiples premios. También ha sido un periodista y cronista permanente. Ha vivido dos modos de exilio: uno de joven en su propia casa, cuando se confinó por la violencia en su país, y otro voluntario al irse de su patria. Hablamos de libros.
En literatura hay una tendencia, a propósito de la muerte de Gabriel García Márquez, a decir que el realismo mágico ha sido superado por el ‘McOndo’ de Alberto Fuguet, por ‘La trilogía sucia’ de Pedro Juan Gutiérrez, por ‘Relato de un asesino’ de Mendoza, por ‘Abril Rojo’ de Santiago Roncagliolo. ¿Qué piensa usted sobre esta manera de escribir, sobre esta literatura descarnada, brutal, del suburbio, que narra la violencia?
Bueno, que narra lo que vivimos, todos contamos lo que vemos, y la realidad es sucia. No sólo yo hago eso. Pero creo que sobre todo después de la Guerra Fría, la novela negra se ha vuelto una buena manera de hablar de los temas políticos, porque hasta el año 90, tú estabas de un lado o de otro, eras capitalista o comunista, era como un partido de fútbol. Ahora la realidad se ha vuelto más gris, más ambigua, es más difícil juzgar a lo grande como hacían ellos, aferrarse a grandes verdades. La novela negra es eso, es una novela polisémica, donde ni el detective es tan bueno ni el asesino es tan malo, entonces retrata muy bien la ambigüedad moral de los tiempos en que vivimos.
¿Cómo lo marca a usted Sendero Luminoso y por qué exorcizarlo en la literatura?
Me arruina la vida, a mí y a todo el mundo durante muchos años. En mi caso, que vengo de una familia de militantes activistas de izquierda que creían en la revolución, destruyó toda esa mitología, y creo que destruyó de paso a toda la izquierda peruana, que aún no se ha podido recuperar. Sendero logró que Perú fuese uno de los países más conservadores de esta región, igual que la guerrilla colombiana ha logrado que los presidentes sigan siendo los nietos y sobrinos de expresidentes en Colombia. Muchas veces, los grupos guerrilleros han logrado que las sociedades se hagan más conservadoras. Además es un trauma infantil, es algo muy duro que viví de niño, y escribir sobre eso es una manera de quitármelo de encima. Es una terapia: agarrar tus traumas, tus cosas más profundas, y sacarlas.
¿Abimael Guzmán también fue un demonio que pudo liberar con el texto ‘La cuarta espada’?
Sí, para mí el periodismo es igual de placentero, de interesante, igual de personal que las novelas. Me gusta contar historias. Si son inventadas o reales me es indiferente, cada cosa tiene sus reglas y sus herramientas, pero me interesan por igual.
¿Y cuáles serían las reglas de la literatura y el periodismo en su caso?
Las reglas del periodismo las conoce todo el mundo: veracidad, rigor, contrastar los hechos. La ficción tiene una gran ventaja y es que no tienes reglas; una novela es casi cualquier cosa entre Guerra y paz de Tolstói y Seda de Baricco. La libertad es mucho mayor, pero la realidad tiene una fuerza que me interesa también y que muestra otras cosas. La cuestión es distinguirlas muy bien. Creo que si metes un poquito de ficción, ya es una novela, es ficción, no hay términos medios.
El fiscal de ‘Abril Rojo’ y de ‘La pena máxima’ es un personaje muy suyo. ¿Por qué acudir a un personaje tan particular, tan lleno de contradicciones, para hilar historias?
Los colombianos lo saben bien: de repente nos encontramos con barbaries espantosas que no podemos explicar y que exceden nuestra imaginación; todos perdemos la inocencia varias veces. El fiscal la pierde una vez por novela, y nosotros perdimos la inocencia con el comunismo, con el liberalismo; la seguimos perdiendo cada vez que podemos. Es un personaje que es muy cercano a los empleados públicos que conocemos.
¿Cómo contar una novela como ‘La pena máxima’, un tanto distanciado de los hechos históricos? Es decir, está situada a finales de la década del 70, pero no es una época que usted haya vivido.
Pero es una época que vivió mi familia, mis padres. Nosotros fuimos exiliados, mi padre fue político durante muchos años. Gente fue desaparecida, torturada. Yo me llamo Santiago por Santiago de Chile, por haber nacido después del golpe de Estado de Pinochet. Todo eso en casa emanaba, todas las historias que cuenta este libro estaban en casa. Todas las historias que cuento tienen que ver con mi vida personal; las políticas no las cuento porque sean políticas, sino porque tienen que ver con mi vida personal: si no tienes un compromiso personal con lo que estás escribiendo, no tienes nada, no puedes transmitir ninguna pasión por lo que cuentas.
¿Con qué autores dialoga en sus libros?
Depende del libro. Cambian las influencias de un libro para otro. En La pena máxima, supongo que toda la tradición de la novela negra americana y también de la literatura de la violencia latinoamericana, como Bolaño, Vargas Llosa. Incluso Héctor Abad narra la violencia. Creo que en muchos autores de mi edad hay ganas de escribir, ya no como se hacía en los 60 o 70, épocas del dictador, sino todo lo contrario, de la pequeña persona, al que le pasa por encima la historia. Y eso ocurre con Juan Gabriel Vásquez, Guadalupe Nettel y Patricio Pron, y es imposible hacer una lista corta de las referencias, son demasiadas.
Hay distinciones entre ser un literato para jóvenes y niños y ser un literato para adultos. ¿Cómo contar historias duras, que narran la violencia, y luego historias para niños?
Sería muy distinto si El gran escape, en vez de tener animalitos de un zoológico, tuviese coreanos en el arte; sería una novela política. Sólo cambia el maquillaje. De resto es igual.