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“Sin placer no hay literatura”: Luis Antonio de Villena

El escritor español, quien ha publicado más de 130 libros, es uno de los invitados de honor en el Festival Luna de Locos, que se realiza por estos días en Pereira, Risaralda.

19 de agosto de 2015 - 10:28 p. m.
El escritor madrileño Luis Antonio de Villena dice que no se puede saber de literatura si no se conoce de arte y filosofía. / Sergio Gómes
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Entrevista con el prolífico escritor (130 libros) madrileño Luis Antonio de Villena, que por estos días visita Colombia y dará apertura al Festival Luna de Locos en Pereira. Nos recibió en la casa del también poeta y amigo Hárold Alvarado Tenorio en Manizales.

Como era de esperarse, lo encontramos con sus habituales trajes dandis, sus anillos de pedrería y sus anécdotas sobre lo exótico que le ha parecido Colombia pues, a su juicio, “lo que escribió García Márquez no es nada comparado con lo que he visto”.

El asunto traumático de su infancia, el del acoso escolar, marcó profundamente su infancia. ¿Cómo lo ve a la luz de lo que sucede hoy en día?

Yo escribí un libro, Mi colegio, donde cuento, entre otras cosas, parte de eso. El acoso escolar que sufrí, si lo analizo a la luz de lo que sucede ahora, debo decir que fue leve. Lo que pasa es que eso te deja una sensación de sospecha sobre el género humano. Yo era un niño muy triste de 11 años porque mi papá había muerto hacía muy poco. Así que algunos comenzaron a meterse conmigo. Era un colegio de lujo, donde sólo iba la clase alta, carísimo, de curas. Si ibas un día por un pasillo a lo mejor me ponían una zancadilla, me daban un caponcito; eso era todo. Comparado con lo que hay ahora, aquello que yo viví, que viví con muchísima angustia y enorme odio hacia esos cretinos, al parecer no es nada. Porque ahora ha habido casos de chicos que se han suicidado. Mi caso no fue extremo, pero desde luego es trágico que te traten así por ser diferente.

Me he preguntado si precisamente ese momento de su vida no fue el detonante de su incursión en la literatura…

No, porque curiosamente a partir de ahí, en un verano, leí una biografía de Oscar Wilde, y al ver las cosas que le habían pasado, comprendí que son las que me habían pasado a mí (de alguna manera, salvando las distancias), y entonces decidí hacer el esteticismo de Oscar Wilde; en el curso siguiente comencé a imitarlo: a vestirme muy raro, por ejemplo. Y claro, en ese momento el acoso podría haber sido mucho mayor. Pero curiosamente sucedió a la inversa. Como era un raro –pero yo lo estudiaba desde la literatura– no se volvieron a meter más conmigo.

Pero entonces sí fue Oscar Wilde el que lo encaminó al mundo del dandismo…

Bueno, yo empecé a hacer cosas de la literatura que me gustaba: literatura de tipo fin de siglo, pero no especialmente Oscar Wilde. Yo había leído desde Rubén Darío a José Asunción Silva, por eso empecé a interesarme. Había escrito cosas malas antes, como ensayos sobre el mundo clásico, pero luego comencé a hacer poesías porque leí a los modernistas en español y francés. Fue lo primero que leí y me gustó mucho y comencé a escribir en ese estilo. Mi primer libro –por fortuna lo rompí– se llamó Aromas de ensueño, muy modernista, por cierto.

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Pero había escrito ocho libros antes de “Sublime solarium”, que publicó a los 19 años…

Sí, aunque eran imitaciones de Ezra Pound y demás. Me di cuenta de que al fin y al cabo todos esos libros eran ejercicios que cualquier escritor tiene que hacer mucho. Ahora, es muy importante que se ejerciten con la lectura, con los idiomas. Lo que escriben en este momento probablemente es muy malo y no vale. Recuerdo haber leído un libro de Borges, Historia universal de la infamia, que habla de vidas de piratas. Una vez terminado busqué a un pirata que no salía en el libro y escribí un cuento sobre él. Y quedé muy contento, porque quedó muy bien hecho. Pero después me di cuenta de que era una copia de Borges, que había asumido su estilo. Claro, eso no vale para la publicación, sin embargo es muy bueno para el escritor, porque hace un gran ejercicio literario, idiomático, es lo que enseña a escribir. Aprendes haciendo eso, es decir, imitando a los que te gustan. Ya después, tú te vas lejos de la imitación, huyes.

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¿Se considera del grupo de los Novísimos, tanto en la forma como en el contenido?

Bueno, no es tanto que me considere, sino que me han puesto ahí. En España surgieron tres antologías sobre los Novísimos, siendo la más conocida la de Castellet, pero en una de ellas fui incluido gracias a la antología que realizo un profesor de la universidad. Entonces fue cuando ya ingresé de verdad en el mundo literario, cuando tenía 19 años…

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Es muy común su interés por los marginados, en sus novelas nos habla siempre del extraño. ¿De dónde surge el interés?

Es una mezcla. Enseguida comencé a escribir con dos vertientes, dos ejes: uno de ellos en mi literatura es la cultura. He sido una persona que continuamente ha querido saber, aprender, estudiar y leer de todo tipo. Especialmente de literatura, pero también de arte, de pintura, de filosofía. Tenía el ideal de la sabiduría. Leía mucho, estudiaba chino, incluso. No se puede saber de literatura si no se sabe a la vez de arte y filosofía. Todo ese mundo de cultura, de gran cultura, es uno de los ejes de mi escritura y el otro es la vida corriente, la vida de la calle. Lo que ves cuando sales a la calle, los sitios malfamados… De allí sacaba experiencias que luego contaba a mi modo; tengo poemas donde hablan prostitutas y gigolós, pero luego le aplico todo el elemento cultural que le aporta otra visión.

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¿Cuál es la diferencia entre un poeta dandi y un poeta, así, a secas?

El poeta no es dandi, el dandi es el individuo. El poeta es bueno o malo. Debe ser juzgado en función de su poesía, no de cómo vaya vestido. Pero en fin, puedo decir que Lord Byron, para poner un ejemplo, era un dandi, pero ¿quién lo juzgaba como poeta? Sin embargo, fue un gran escritor que influyó en los grandes poetas románticos europeos, desde Pushkin en Rusia hasta Espronceda en España.

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¿Cómo logra la mezcla entre la historia y la ficción? Por ejemplo, lo hizo en el libro “El burdel de Lord Byron”…

Me gusta mucho hacer eso, siempre y cuando se conserve la verosimilitud. Lo importante en esos trabajos es que lo que tú estás contando desde la ficción sea verosímil. Eso hace que el lector no se dé cuenta dónde empieza la ficción y dónde termina la realidad. En esa novela, que son cartas de Lord Byron, aunque hay una parte narrada, voy intercalando cartas del poeta que le escribe a una prostituta de Londres, casi todas inventadas por mí. Pero como conocía bien el epistolario de Lord Byron, nadie ha sabido cuáles son las verdaderas. Y son tres.

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Una cosa importantísima en su obra es la exaltación del hedonismo; la elevación de los placeres sobre lo fantástico… ¿por qué?

Bueno, creo que en la vida en general uno la pasa muy mal: hay muchos inconvenientes, muchos problemas y momentos malos. El hedonismo, que viene de la palabra griega hedone, significa placer. Es bueno intentar buscar los momentos placenteros de la vida y estos, evidentemente, pueden estar en el sexo, en la belleza. Pero también están en el arte, la música y, por supuesto, en la vida. Aunque la literatura debe tener un componente intelectual, que te haga pensar, reflexionar, saber mover las selvas de tu cerebro, también debe tener un componente de placer. Sin placer no hay literatura, si un libro te aburre lo que puedes hacer es tirarlo. El libro tiene que darte placer, también.

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