Si Kate Millett se enfurecía tenía que contenerse, no por prudencia, sino por supervivencia. Ella, después de exponerse como feminista radical y lesbiana, también debía lidiar con el estigma de la locura, así que se abstuvo de cualquier rabieta o golpe en la mesa. No tuvo derecho porque estaba loca, y cuando los locos se enfurecían eran peligrosos. Eso es lo que decían y siguen diciendo los círculos de la cordura.
En 1973 la hermana de Millett, Sally, decidió que sabía qué era lo mejor para ella y la encerró. El manicomio la recibió desorientada y sola. La dejaban acostada bajo observación en una camilla dentro de una habitación blanca. Ella, que no dormía por miedo a que la medicaran con “quién sabe qué porquerías”, se quedaba inmóvil en ese cuarto gélido que solo le prometía más frustración y ahora sí una locura desbordada e implacable. Una locura llena de odio hacia su hermana y su mamá, que la dejaron ahí. Un episodio maníaco que acabara con su exmarido, quien también había estado de acuerdo con su confinamiento; una psicosis radical que les hiciera pagar por haberla privado de su libertad, de su dignidad, de su derecho a decidir.
“Cuando sucedió me quedé desconcertada y lo vi como algo fortuito, un incidente vergonzoso, un error o un malentendido entre miembros de mi familia, fruto de la ingenuidad”, escribió Millett, quien pudo salir gracias a unos abogados de derechos humanos.
Fumio Yoshimura, su esposo durante diez años, la dejó. Cada vez que volvía a hablar con su hermana, el saludo era reemplazado por la pregunta “¿estás tomando la medicación?”. El torbellino se calmó cuando le dio forma a una granja comuna que acordaron levantar junto a Sophie, su amante por esos días. A ese lugar iban aprendizas durante el verano. Se congregaban a pintar, cantar, construir, sembrar, tomar vino y tener sexo. Fue un buen comienzo. Las invitadas estaban cómodas, el lugar se prestaba para todas las ideas que quisieran dotarlo de magia y su decisión de dejar el litio —la medicación con la que controlaba los síntomas de la depresión maníaca (otra forma de llamar al trastorno bipolar)— estaba a salvo con Sophie, quien la apoyó con la condición de que si se le “iba la olla” la retomaba; una condición que se volvió problemática cuando la noción de cordura y locura comenzó a distorsionarse, por lo menos para Millett, quien no entendía por qué de un momento a otro comenzaron a señalarla, a juzgarla, a rechazarla. No supo cuándo fue que otra vez comenzó a enloquecerse.
La esperanza se agota cuando los aliados clavan los puñales. La ilusión se extingue con la traición. “Deberías retomar el litio. Estás muy extraña y las aprendizas terminarán yéndose. No pueden irse. No puedes tirar todo por la borda”, le dijo Sophie después, pues ya no creía que Millett pudiese seguir viviendo sin pepas y, además, comenzó a culparla por la falta o el exceso de recursos, el frío, el calor, el día, la noche…
A Millett comenzaron a excluirla. La trataron como a una criminal que solo podría encontrar redención tomándose los benditos medicamentos. Rechazar la medicina era ir demasiado lejos y ella se estaba pasando de la raya. Pero además la redujeron a la inutilidad absoluta. Era una inválida a la que tenían que arreglarle la vida, porque además estaban “preocupados por ella” y eso los blindaba contra cualquier argumento con el que ella quisiera retomar el control de su existencia.
Viaje al manicomio podría ser una oportunidad para dejar de banalizar la depresión. Para dejar de minimizar esta y las demás enfermedades mentales, que no son románticas, lindas ni heroicas. Una oportunidad para que, a través de Millett, se exploren los verdaderos infiernos que se pueden conocer cuando las opiniones de los pacientes sobre sus propias vidas se relegan. Cuando los consejos y las “soluciones” provienen de los que se atreven a opinar sin información, desde la arrogancia o la ignorancia.
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Millett, quien en primera persona demuestra su ansiedad y paranoia, lo intentó todo, hasta suicidarse. ¿Eso es intentar algo? Para ella sí, porque su enfermedad a veces la hacía sentirse capaz de todo. Efectivamente, muchas veces vio amaneceres y atardeceres que sintió que la reconfortaron, a veces más de la cuenta, porque su euforia era incontrolable. Otras, el sinsentido le nublaba la mirada y se preguntaba para qué tomarse la molestia de levantarse viva al otro día. Tener una mente enferma no es fácil, no es glamuroso. Generalmente las puestas de sol no sirven para minimizar los síntomas y Millett sentía que si no se moría, los problemas para ella y el resto serían más graves. No lo hizo, porque de algún modo entendió que con su ausencia las cargas para el mundo serían más pesadas. Solo hay que revisar todo lo que le aportó al feminismo. Todo lo que fundó como feminista.
Muchas cosas le ocurrieron a Millett en aquella granja. Muchas luchas tuvo que dar antes de sucumbir a la medicina, y luego al encierro. Las 506 páginas del libro están escritas por su detallada y generosa pluma que, más allá de conmover, confronta. La escritora se preguntó por la “condescendencia en su camaradería” de los que la rodearon y su impostada consideración cuando los síntomas de su enfermedad estuvieron ocultos. Lanzó dardos hacia los momentos en los que la enfermedad se hizo visible y se cuestionó sobre la endiosada cordura, que para ella resultó siendo casi que una religión, una ideología.
Viaje al manicomio serviría para preguntarse si la locura es un capricho, una rareza o una enfermedad. ¿Se llama locura? ¿Qué es? Y para reflexionar sobre la cordura, que a veces resulta muy parecida a la apatía, la soberbia y la deshumanización.