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Solo vine a dormir (Cuentos de sábado en la tarde)

Ahí está. El sabor de la rabia le brota, igual que hace un par de años, del fondo de la garganta. Para ser más exactos, a los lados de donde supone que empieza su lengua.

12 de marzo de 2022 - 01:38 p. m.
Imagen de referencia.
Foto: Pixabay
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Es como un manantial apestoso. Le hace daño. La descompensa y la desequilibra. Por eso no le gusta. Por eso lo detesta. Por eso, la decisión arrebatada de una tarde de martes, frente a la Biblioteca Nacional, de arrancarse a arañazos su vida de entonces y ponerse un nuevo y mejorado disfraz existencial. Con un gran futuro. Con un futuro divertido, sin la maldita amargura ni la rabia ni tantos y tantos sentimientos atascados, que acabaron pudriéndose allí, en el sótano de su garganta.

Verlo de sopetón, frente a su puerta de la Rue des Envierges, barbado, pálido, desvalido, como un bebé avejentado bajo la lluvia, la devuelve 24 meses en el tiempo. ¡Pero si la maldición ya había sido conjurada! ¡Pero si ya lucía un florido y nuevo vestido de existencia relajada, feliz, absurdamente feliz, de bonitos amaneceres de cantos de pájaros, sin graznidos de aves agoreras!

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Alejandra o Aleja, como le gusta que la llamen, guarda silencio. Él entra sin esperar a que lo invite, y descarga el pequeño morral mugriento y la bolsa de plástico de Harrods frente al baño. Aleja permanece en la puerta, callada. Sin siquiera atreverse a mirar atrás. Como si esa ya no fuera su casa. Como si su hogar se hubiera transformado, de repente, en la casa de otro. Le hace pensar en la asquerosa sensación de cuando te abren una puerta cualquiera y apesta a la intimidad de un extraño.

David pasea la mirada por el pequeño apartamento. Del mesón de la cocina al sofá. Del closet a la lánguida plantita en una esquina de la sala. Quiere sonreír. Siente que debe hacerlo. Sus labios se alcanzan a curvar hacia los lados, pero su corazón se adelanta y exclama: “Solo vine a dormir. Bueno, si no te molesta”.

Aleja murmura un quedo “¡la pute!”, pensando para sí misma que por más que huyas, los recuerdos siempre van a estar ahí, en los recovecos de tu cabeza o materializados en cualquier momento. En el abrir y cerrar de una puerta. No te dejan en paz ni siquiera 17.348 horas después ni a nueve mil kilómetros de distancia. Estiran los tentáculos y ¡zas! otra vez atrapada. Y a empezar de nuevo con el calvario.

Claro, de vez en cuando los fantasmas le afloraban por alguna rendija emocional, pero ya se había acostumbrado a mirarlos de lado y a seguir concentrada en lo que fuera que estuviera haciendo. Lástima que ahora no pueda hacer lo mismo.

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¿Y qué tal si sale corriendo Y se pierde en cualquier zaguán, puerta abierta, alcantarilla destapada, taxi aparcado, lo que sea que la acoja? No. Hay que arrancarle, de cuajo, la cabeza a la serpiente. Coger el toro por los cuernos. ¿Y qué tal si lo mira a los ojos y se le agitan otra vez las mariposas, las polillas o los murciélagos que astutamente le metió en el estómago? Porque haciendo un honesto arqueo sentimental, una parte ínfima, debajo del tejido correoso que creó su amargura, esperaba este momento. Para qué decirse mentiras.

Como un acto reflejo de su ilusión, se permitía otra grieta sentimental: una noche cualquiera llegaba extenuada del trabajo y mientras hacía girar la llave de la puerta, una mano le tocaba el hombro. Y era esa mano delgada, huesuda, afilada, como de vampiro, de David; perfectas para su cuerpo enjuto y desgarbado, hecho -pensaba- con la única finalidad de servir como soporte de su mirada, siempre hurgando en el fondo del cráneo de su interlocutor. La misma que la había observado durante dos semanas completas, afuera de la academia en la que a diario le impartía clases de tango a un grupo de ancianos. En el día 10 ó 12 lo enfrentó: “Oiga, ¿se le ofrece algo?”.

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“No. Mejor dicho, sí… Soy fotógrafo y me gustaría usar algunos modelos de su academia”, respondió, con la mejor mentira que se le pudo ocurrir.

“¿Pues lleva mucho tiempo mirándonos y ya estoy a punto de llamar a la Policía?”

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“Qué pena, de verdad lo siento. Es que soy un poco tímido”.

“…Mmm… OK. Si le parece, a las 4:30 PM termino por el día, y charlamos con más calma”.

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“Perfecto, yo espero, mil gracias”.

Pero a las 4:30, frente a la academia, en lugar de Aleja, su admirador se encontró con un par de policías que lo apresaron por sospecha de asalto y acoso sexual. Aunque sentía que el muy atrevido se lo merecía, el peso de su conciencia no pudo más y un día después fue a retirar los cargos y lo invitó a un café.

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Aleja cierra la puerta de un golpe y, sin pronunciar palabra, busca en las gavetas, detrás del mesón de la cocina. Su mano, temblorosa, repasa la textura de una caja de cereales y de buena parte de su contenido, desparramada en un cajón. Tantea varios tenedores y cuchillos, hasta dar con lo que busca. Enciende un cigarrillo. Paladea la primera bocanada del Gauloises antes de soltarla, mientras mira de reojo a David, ahora desparramado en el sofá, que hace las veces de cama. Finalmente pregunta: “Qué putas haces aquí”. La voz no le tiembla. Ni siquiera está subida de tono ni es inquisidora. Es más bien una voz neutral, relajada, sincera. Para nada sobreactuada. Eso le gusta. Porque es la voz de su ahora. De la Aleja del momento. No de la pusilánime de hace dos años. Se siente fuerte. Se sabe dueña de la situación.

Por su parte, y por primera vez desde que tomó la decisión de hacer esta ‘escala’ en París, David es consciente de la magnitud de su estupidez. No sabe qué responderle. El “solo vine a dormir”, que había repasado tan bien, se le atora en la boca del estómago. Allí donde en ciertas circunstancias se nos revuelven los sentimientos con la razón y forman un solo nudo, que la mayoría de las veces se disuelve en lentos y gruesos lagrimones.

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El silencio cae sobre el apartamentito parisino igual que una pesada colcha. Aleja chupa su cigarrillo sin dejar de mirar a David, con todo el odio de que es capaz, concentrada en los amargos recuerdos de los meses previos a su partida. Contra él, muy a su pesar, odio no puede sentir.

“¿Y bien?”, lo reta. Y, sospechando la respuesta telegrafiada de zombie, agrega: “Y no me vengas con que ‘solo viniste a dormir’. Porque estás muy equivocado. No. Aquí no puedes ni respirar. Mucho menos dormir. Es mi casa. Es mi espacio. ¿Cómo putas tienes el descaro de aparecerte aquí?”. Y comienza a desahogarse. Las conversaciones telefónicas, milimétricas y entrecortadas a larga distancia, nunca le habían permitido expresarle cómo se sentía frente a su abrupta desaparición de Bogotá.

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“Es que… es que…”, intenta responderle, pero Aleja lo vuelve a atacar, como mecanismo de defensa frente al niño manipulador y tierno que, inconscientemente, se le sale a David cuando se sabe acosado. La rabia se le reaviva, lanza el cigarrillo al lavaplatos y comienza a destilar su amargura: “Es que nada. Es que eres un maldito egoísta que solo piensas en ti y te importa un culo el resto del planeta…”.

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“Es que papá murió”, entonces, se para del sofá, camina hasta la puerta del baño y toma la bolsa de Harrods. Como si fuera el Santo Grial o la cruz providencial que ahuyente al Diablo, extiende frente a Aleja una urna dorada. “Papá siempre quiso volver a estar con Tía Letty. Al menos sus cenizas regresarán a Barcelona”.

Lo que más le dolía y espantaba a Aleja era encontrar similitudes entre los dos polos opuestos de sus sentimientos: Evaristo y David. David y Evaristo. Las mismas manos huesudas, la cadencia para hablar y hasta la misma mirada escrutadora. Era doloroso que la persona que más amaba en el mundo tuviera tanto del ser que más se había empeñado en mantenerlos separados. Aunque, en honor a la verdad, Evaristo jamás había tenido que esforzarse en lograrlo. Era suficiente con la idolatría que le profesaba su hijo. Una fidelidad a prueba de todo. Incluso a prueba del amor por ella. Porque siempre supo que David la amaba profundamente, pero era incapaz de dejar a su papá. El destino lo había puesto a escoger entre Evaristo y ella. Y el viejo había ganado.

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El punto del no retorno lo cruzó el día en que en vano intentó decirle a David que su papá había logrado que la municipalidad le cancelara el contrato de trabajo en la academia, cumpliendo la advertencia que le hizo un mes antes: “Jovencita o deja en paz a mi hijo o tendré que tomar medidas drásticas”, le dijo, recorriendo, con su mirada de buitre, las instalaciones de la academia. Luego, desapareció con sus escoltas, rengueando sobre su bastón y dejando en el aire su aliento fétido, como si “llevara un animal muerto en la barriga”, pensó Aleja, anticipándose al cáncer de colon que acabaría consumiendo a su exsuegro.

David hace el ademán de acercársele. Necesita tanto abrazarla, sentirla, enjugarle las lágrimas, calmarle de alguna manera el dolor que él otra vez le está infligiendo. Pero Aleja se anticipa a su reacción y con las manos se limpia los ojos, se da la vuelta y busca, ahora sí, una botella de cognac.

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¿’Lo siento’, ‘Qué lamentable noticia’, ‘Mi más sentido pésame’, ‘Qué cagada’? ¿Qué decir en un momento semejante? Aleja sonríe, sin maldad y más bien con compasión por los dos, y solo balbucea un ‘¿Quieres un trago?’.

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Puede ser el equivalente a bajar la guardia. Casi tanto como para que él penetre de nuevo en ese rectángulo amarillo de zona VIP que siempre la ha separado de los demás, y al que solo deja entrar a quienes, luego de un largo y a veces complicado proceso, se ganan su confianza. Pero no le importa. Siente la necesidad de una descarga de alcohol para pasar el trago amargo, la sorpresa, el desubique que le aumenta semejante noticia.

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“Bueno”, le responde. Vuelve al sofá y deja a un lado la urna, entre una pequeña grabadora y una torre de CDs. “Fue el colon. Lo consumió poco a poco”.

“Siempre lo supo ¿o no? Pero como tu viejo era tan testarudo nunca se hizo ver a tiempo de un médico y…”, le dice Aleja, estirándole una copa. Por un momento, sus manos se tocan. David la mira. Ella esquiva sus ojos hábilmente y, como para mantenerlo a raya, vuelve al inicio de su breve charla: “De todas formas, eso no explica qué haces aquí. De verdad, lamento lo de tu papá. Pero ahora, menos que nunca, deseo ser tu paño de lágrimas”.

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Como siempre, presa del miedo y las dudas y con tantos sentimientos encontrados, David se lo pensó muchísimo en la sala de embarque del aeropuerto. ¿Barcelona o París? ¿Qué pensaría su papá al viajar a su lado hacia el hogar de Aleja? ¿Por qué no mejor el confortable y merecido descanso eterno? Sí, mejor evitarle la desazón final. La frustración de saber que su tiempo evitando a toda costa su relación, había sido en vano. Mierda, pero si ya estaba muerto. Ya nada importaba. Ni siquiera sus cenizas. Qué fácil sería echarlas en esta o en aquella o en cualquier cesta de la basura del mismo aeropuerto. Se maldijo por semejante pensamiento. Pero de verdad, la urna, en la bolsa plástica, parecía más bien un souvenir, un objeto decorativo; un recuerdillo miserable de alguna experiencia pasada y no el resumen de toda una vida de logros, historias, sentimientos, lucha, pasión, trabajo, odio, amargura y soledad. Porque desde la muerte de su esposa, cuando David apenas tenía ocho años, aparte de él, su papá nunca había tenido a nadie más a su lado. Evaristo Quijano Urquijo guardó luto para siempre. Nunca permitió que alguien más, ni del sexo opuesto ni del mismo, se le acercara. Ni a él ni a su hijo, que siempre se sintió como ‘el niño de la burbuja’, aislado del resto de los mortales, que podrían contagiarle una enfermedad fatal. Por ejemplo, el amor.

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Esa soledad eterna fue el vínculo, la columna vertebral, el pilar que los mantuvo apegados el uno al otro, en una dependencia total y malsana. Bueno, por lo menos hasta que David descubrió que había otro tipo de amor, con mayores y coloridos matices, que el que encontraba siempre bajo el ala tibia y membranosa de su padre, quien nunca se lo perdonó. Afloró entonces su egoísmo y en lugar de tratar de aceptar a Aleja, así fuera como un juguete nuevo para su crío, lo mandó a estudiar a Londres, sin saber cuán infectado estaba su ‘niño de la burbuja’ del maldito virus del amor: a los dos meses, David mandó al diablo su primer semestre de artes visuales y regresó por ella.

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Sintiéndose como el marido que vende el sofá para solucionar las infidelidades de su esposa, el viejo entonces decidió atacar el mal desde su origen: Aleja. Por eso, la inexplicable desaparición de sus clientes y hasta la cancelación de varios de sus contratos para bailar en otras ciudades. Por eso, su presión para que le recortaran la mesada mensual de la municipalidad a la academia si no se libraban de su instructora y bailarina estrella.

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David no necesitaba que Aleja entrara en detalles. Sabía perfectamente de lo que su papá era capaz. Solo que siempre pensó que podría hacerlo cambiar. Cuando la perdió, se dio cuenta de lo contrario. Pero ya era muy tarde. La enfermedad hizo metástasis en Evaristo y David no tuvo más remedio que quedarse a su lado, velando porque las dosis de morfina fueran lo suficientemente fuertes para mitigarle el dolor. ¿Cuántas veces no quiso recibir él mismo alguna que le calmara un poco el dolor de la ausencia de la mujer que tanto había amado?

Si se trataba de amargar, de joder hasta el final de sus días, de frustrar a alguien ¡Su papá sí que lo había logrado! Entonces, agarrado a ese único madero acre pero esperanzador, en el último día de su naufragio personal, David canceló el pasaje para Barcelona y lo cambió por uno para París. Directo, sin escalas.

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Cuatro meses atrás, había experimentado la misma sensación de devastación, cuando su papá lanzó su último estertor. De desolación total. De calma y silencio insondables, espesos, eternos. De puntos suspensivos, que terminaron cuando Bertha, la enfermera, entró, lo sacudió y le dio una bofetada para que reaccionara. Solo que ahora no habría puntos suspensivos. Era otra dimensión de dolor. Este era el dolor producto de la estupidez humana y, por lo tanto, estaba matizado de odio y delimitado por heridas que jamás iban a cicatrizar. Él y ella probablemente estaban condenados a cargar toda la vida con los fardos de la amargura y el desamor. Su papá se había salido con la suya.

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“Tienes razón. No. No vine a dormir. Y menos, a respirar a tu lado. A respirar del bienestar merecido que tienes ahora. La verdad es que solo quería verte. Solo pensé que ahora…”, como era su costumbre, siempre, al filo de decir lo importante, David evitaba ir al grano y carraspeaba nervioso, como preámbulo o señal para que el otro dijera por él las palabras molestas o incómodas. “…que ahora, con Evaristo muerto, podías volver conmigo, como una cosa que se coge y se deja cuando a uno se le da la gana. Como papá ya está muerto, la estúpida de Aleja estará todavía esperándome”, responde ella y apura otro trago de coñac.

David hace lo propio, deja el vaso a un lado de la grabadora, toma su bolsa y se pone de pie. Esta vez, es él quien evita su mirada. Ahora lo que menos quiere es despertar su compasión o que sienta que la manipula emocionalmente. Fue muy estúpido el buscarla. Estúpido, injusto y desconsiderado. Lo mejor es desaparecer. Irse igual que Evaristo. Lo mejor para los dos. El merecido descanso eterno para ambos. David cruza la salita en dirección a la puerta.

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Aleja lo sigue con la mirada. Sabe también que este es el fin y el comienzo. El inicio del infinito esconderse, del permanente evadirse de un fantasma que igual en París, en Roma, en Burkina Faso o en Nueva Guinea siempre va a estar ahí, en la otra cara de esa página inconclusa de su vida. Antes, durante o después de la muerte de Evaristo. Esto no es un punto final, es, más bien, una sucesión de puntos dolorosos e interminables. Él continuara vivo, respirando, sintiendo, en algún otro lugar del planeta, y ella en el opuesto. Entonces ¿qué sentido tiene toda su nueva parafernalia vital, excepto el volverse un paliativo para un dolor permanente, igual que la morfina en los últimos respiros de su suegro? No se merece una agonía semejante a la de ese “viejo hijodeputa”. Ya no vale la pena huir. Este es, simplemente, un guiño del destino luego de una larga tanda de chistes negros y de pastelazos en la cara.

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“Deja la puta bolsa”, dice Aleja, con la voz cargada de cansancio y resignación. Se sienta en el sofá y se toma el trago final de su copa de coñac. David, con los ojos inundados de lágrimas, la mira de reojo. Esta vez no duda. Ya estuvo bueno de dudar. Suelta el morral y la bolsa de plástico y camina hacia ella. Se sienta a su lado y suelta un largo y profundo suspiro. Sus manos descansan en sus muslos. Ella aguarda también en la misma posición. Inconexos. Suspendidos en su recuento personal de sufrimientos, recuerdos y posibilidades. Como un par de marionetas esperando que el titiritero las mueva para el próximo acto de su charada sentimental.

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Aleja estira su brazo izquierdo hasta la nuca de David. Mete sus dedos en su pelo y lo trae hacia su regazo. Él se mueve delicadamente y busca comodidad en sus piernas, cierra los ojos y solo piensa en un merecido sueño eterno, mientras ella le dibuja mapas imaginarios siguiendo la senda del nacimiento de su pelo, con la mirada fija en la bolsa de Harrods, tumbada a un lado del baño.

David duerme. Aleja espera el acostumbrado movimiento espasmódico de su pierna derecha, para asegurarse. Con mucho cuidado le levanta la cabeza y en lugar de sus muslos le coloca debajo un cojín. Luego, camina hacia la bolsa y al fin siente en sus manos el peso muerto de las cenizas que, paradójicamente, se convirtieron en el eslabón que les faltaba para unirse. El riachuelo amargo de su ira fluye de nuevo, pero esta vez toma aire y se regala un instante para ir en contra de la corriente. No más despedidas, reproches, lágrimas ni aviones. Así que, con la misma presteza con la que decidió huir a París aquella tarde de septiembre, entra al baño, levanta la tapa del inodoro y vacía el contenido ocre de la urna, que poco a poco se decanta en el agua. Aleja se sube la falda, se baja las bragas, se sienta y deja que su vejiga funcione, relajada, hasta la última gota. Luego, se incorpora un poco y se seca, se viste de nuevo y, sonriendo, mira rápidamente su obra, antes de accionar el desagüe.

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