“Mickey me parece que habla, con mucho humor, de una sociedad del futuro que es una mierda. Acidens habla de gastronomía para algunos y de tortura para otros. Flame habla del cante flamenco y de las película de terror, dos universos a priori irreconciliables”, dice Rodrigo García, considerado uno de los dramaturgos más provocadores del teatro contemporáneo. Además de las obras, dará una charla abierta mañana a las 7:00 p.m. en Billares Londres.
¿Cómo en la casa de una pareja compuesta por un carnicero y una verdulera surge un hijo con interés por el teatro y las artes? ¿Cómo entró en contacto con el teatro, además, durante la dictadura?
No sé como surgió, supongo que de la necesidad de buscar otros horizontes más allá del mostrador de la carnicería. Y salir de ese barrio, aquello era el no futuro. Vivíamos a una hora de tren del centro de Buenos Aires. Yo robaba algo de dinero de la caja registradora de la carnicería y con eso me pagaba el tren y la entrada al teatro. Iba solo. Veía las obras solo. Y regresaba a casa cuando acababan, a veces ya no había tren y tenía que combinar tres colectivos para volver a casa tarde. Es extraño que en un momento terrible como fue el de la dictadura había una actividad teatral frenética, sobre todo en el bario de San Telmo. Vi obras de Pavlovsky y otras que hablaban de lo que pasaba y ahora a la distancia no entiendo cómo tuve la suerte de salir con vida, de no caer en una redada a un teatro o que me tuviesen ya “fichado” los paramilitares.
¿Qué tipo de obras proliferaban en ese entonces en Buenos Aires? ¿Qué iba a ver usted?
Veía todo lo que se hacía en los teatros no comerciales, nunca fui a un teatro comercial. Iba mucho al teatro San Martin, al teatro Payró, a los teatros de San Telmo… Ya no recuerdo el nombre de las salas, pero había más de cien. Había mucho teatro del absurdo. Y estupendos dramaturgos locales. Ahora no me gusta ese tipo de teatro ni esos dramaturgos pero en aquella época fueron una revelación para mí.
¿Qué fue lo primero que hizo como dramaturgo, ya en España?
Llegué e intenté reproducir lo que se hacía en Buenos Aires: juntar un grupo de gente y ponernos a trabajar sin dinero y hasta sin teatro previsto para estrenar. La gente me decía: “Bueno, ¿y cuánto nos vas a pagar?”. Y yo: “Nada”. “¿Y en qué teatro se hará?”. Y yo: “No sé, no conozco a nadie, acabo de llegar”. Al final encontré dos personas que aceptaron, hice una obra de Eduardo Pavlovsky que se llama Cerca y no vino nadie al ensayo general para programadores, es decir, que al día siguiente cogí una furgoneta, cargué lo que había construido como decorado y lo tiré en un basurero y me disculpé con esos dos actores. Luego pasaron muchas cosas, es largo de contar.
La crítica ha sido dura con usted en varias ocasiones. ¿Cómo es que se da ese tránsito de una posición marginal en España a ser un referente del teatro contemporáneo?
Usted se equivoca: ¿Qué es eso de “en algunas ocasiones”? La crítica ha odiado mis obras siempre. Y también muchos compañeros de profesión. Estoy acostumbrado y la verdad que yo sería mucho más feliz si las cosas no fuesen así, porque yo no hago obras para irritar a la gente. Hacer una pieza es construir, jamás destruir. Incluso obras aparentemente destructoras lo son para dejar el terreno libre para empezar a construir algo nuevo, un teatro distinto. El paso por el que usted me pregunta, de las salas alternativas a los grandes teatros y festivales es simplemente el resultado de seguir adelante con una idea fija, contra viento y marea. Pero ojo: eso no te lo impones, no te lo propones, eso lo llevas en ti. Yo hago lo que debo hacer. El teatro que debo hacer. No tengo opciones, no tengo la posibilidad de decir: ah, para que me vaya bien voy a hacer tal tipo de obras. Yo solo puedo hacer una obra, mi obra, luego lo que pase con ella no me importa porque yo no tenía opciones. Y no es solamente honestidad. Es incapacidad. Soy incapaz de hacer otra cosa.
¿Qué filosofía subyace en La Carnicería Teatro, en su manera de trabajar, en los montajes?
Ya no somos La Carnicería Teatro, pasamos a ser la compañía de Rodrigo García. Ahora somos HTH, el Centro Dramático Nacional de Montpellier. Si diriges un CDN en Francia debes cerrar tu empresa, que fue lo que hice. ¿Filosofía? Libertad total. Si no vamos más allá es por falta de imaginación, nunca por adaptarnos al pensamiento de la sociedad del bienestar.
¿Por qué dicen que su producción se divide en etapas? ¿Cuáles?
En los 80 y los 90 hice un teatro experimental ligado a las artes plásticas y a autores que no escribían teatro. Usé textos de artistas plásticos como Bruce Nauman o Jenny Holzer. Y escribí textos sin personajes, sin didascalias. Luego empezaron a surgir temas sociales, políticos. Atacamos directamente la sociedad de consumo, el capitalismo exagerado. Y también aparecieron heridas de mi pasado en Argentina con la dictadura. Ahora intentamos hacer algo más evocador y confuso, lejos de lo explicativo. No puedo resumir 25 años de trabajo en tan poco espacio en una entrevista.
¿Y por qué afirman que más allá de esas etapas su mundo escénico tiene una “fuerte personalidad”?
Lo único que me interesó siempre en este trabajo es conseguir una caligrafía reconocible. Sí, es fácil reconocer mi caligrafía escénica –no me refiero a la literatura, hablo de un todo–. En realidad se trata de mis limitaciones. Si me invento las reglas en vez de aceptar las heredadas del teatro de siempre, es normal que mis reglas se revelen torpes, incompletas, erróneas, fallidas… Lo prefiero a repetir lo que hace todo el mundo.
Usted dijo en una entrevista que siempre que hace una obra “es todo un desastre”. ¿Por qué?
Supongo que me refería al escenario, que por lo general queda manchado de leche, ketchup, agua, vino, mierda de animales que tenemos en la escena… Sí: un desastre.
¿Qué temas, qué obsesiones suyas se hacen presentes y se repiten en sus obras?
Esa es pregunta para los que estudian mis obras, para tantos universitarios que hacen sus tesis, para los que escriben libros sobre mi trabajo. Yo temas no tengo. Y obsesiones, ninguna. No me obsesiona nada. Tal vez porque no tengo buena memoria y sin buena memoria no hay obsesión. En cambio me gusta contar historias. Luego usted ve una obra mía, todo escenas desmembradas, y me preguntará: ¿Pero qué historia? Pienso eso, me gusta contar una historia de manera tal que no parece una historia.
El hecho de que usted venga a Colombia es todo un acontecimiento, pero este es un país bastante conservador. Teniendo eso presente, ¿cuál cree va a ser la reacción ante sus obras?
No conozco Colombia. Solo sé que en los países violentos, mis obras son como caramelos a los niños.
“Arrojad mis cenizas sobre Mickey”: hoy a las 3:00 y las 8:00 p.m. en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional. “Accidens + Flame”: 24 y 25 de septiembre, 8:30 p.m. Mapa Teatro (carrera 7 Nº 23-08). La entrada a todos los eventos del encuentro es libre.