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Tres artistas y una sola razón

El toreo, punto de encuentro en las vidas de Robert Ryan, Manuel Riveros Dueñas y Morante de la Puebla.

24 de enero de 2009 - 10:00 p. m.
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En el centro de Scottsdale, una pequeña ciudad de Arizona, hay una glorieta. En medio de ella se levanta un monumento en el que se yergue, o mejor, está a punto de caer, un vaquero al que un potro salvaje quiere tirar desde lo alto de la silla. Cada vez que Robert Ryan pasa por allí, jura que ve algo muy diferente. Quizás, un toro que recarga abajo, en el peto de la cabalgadura, mientras el picador  se tiene duro y castiga sin pena.

A cuatro mil kilómetros de allí, en una clínica de Bogotá, el médico Manuel Riveros Dueñas acaba de salir de una cirugía. Mientras se quita el vestido de operar, echa cuentas. Es jueves y faltan menos días para que sea domingo que los que restaban el lunes. La semana más larga del año está a punto de terminar. Ya lo sabe, sin consultarle a Max Henríquez: no habrá agua ni viento.

Los dos creen no conocerse, pero son viejos hermanos. Ambos van a los toros con frecuencia. De  hecho, cada vez que pueden, se montan en ese avión que los taurinos quisiéramos aterrizara no en Barajas sino en la mismísima Plaza de Las Ventas o (como lo prefiere Manuel) en los propios corrales de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. 

Vistas así las cosas, ahí no hay nada raro, aparte de dos aficionados por los que pagaría buena recompensa una pandilla de antitaurinos. Todo cambia cuando, por ejemplo, uno cuenta que Robert Ryan, tan americano como James Dean o el rodeo, es un torero importante que recibió la alternativa en España y tuvo éxito en los años 60, hasta el punto de actuar en plazas de tradición.

Y de Manuel hay que decir que su padre, médico también (Luis Enrique ‘El Pote’ Riveros), era el único hombre diferente a Luis Miguel Dominguín en el que creían a ciegas a mediados del siglo pasado los ganaderos de bravo en Bogotá. No porque, como pasaba con el Maestro, les hiciera ver bien sus toros, sino porque les mantenía la salud a buen resguardo de las cogidas de un infarto o algo parecido.

Hablamos, pues, de dos personas que conocen tanto de este asunto del toro que bien valdría escuchar. Por favor, no les vaya a pedir eso. No lo harían ni lo van a hacer. Robert no se sienta en el tendido, se diría que más bien se dobla. Delgado como una flauta, deja espacio en los estrechos puestos que trazan en las plazas. Manuel se aloja en los tendidos bajos de sol de la Santamaría para taparse en la contraquerencia detrás del caballo de picar.

“Es que yo no hablo, yo pinto”, dice Robert por el teléfono, desde Scottsdale. Y así se puede resumir Manuel: “Yo no chisto nada, yo esculpo”.

Y sobre eso hay testimonios, los que se quieran. Exposiciones de Robert en museos que se abarrotan primero de aficionados y después de no aficionados que se hacen pasar por aficionados. Pisos en capitales del mundo con paredes hechas galerías de gentes del toro y del no toro que aman y guardan sus trazos como lo que son, tesoros.

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Como macizas y eternas son las herencias de Manuel, hechas en su taller de escultura en Bogotá. Los encierros, los Cáceres, los Joselitos, los Rincones, andan en avenidas y en cortijos, en casas y en apartamentos.

Todos sus caminos conducen al toro, sería la conclusión. Sí, esos caminos pasan por allí y siguen hasta parar en Puebla del Río. De donde es José Antonio Morante Camacho, a quien conocemos como Morante de la Puebla. Y es ahí cuando Robert y Manuel hablan.

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“Morante me hace creer en el toreo. Él se dibuja y yo lo que intento es trazar esa línea”,  dice Robert Ryan, con la misma timidez que lleva puesta en Madrid, Sevilla o Valencia, o a donde vaya a verlo para inspirarse. “No se compone, tiene un sentido más allá de la estética”, apunta, como quien extiende la línea que sale del muletazo.

Y defiende esa expresión natural de un artista que no deja de sorprender, así muchas veces todo se reduzca en un detalle que vale una tarde. Como pasó hace unos días en Manizales, en la expresión inédita de igualar un toro para la suerte suprema.

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Morante a la espera del sacrificio. Morante con el capote como lienzo. Morante en un kirikikí con aroma de Belmonte. Morante en un pase al natural que adquiere formas sobrenaturales. Morante en una trincherilla. En fin, Morante… Todo en una suma de trazos que parecen hechos por el mismo torero.

Manuel Riveros encontró a Morante en donde menos pensó, en Portugal. “Hay un chico por ahí como no has visto torear tú”, le dijo un viejo ganadero que parecía haber cerrado su propio libro del gusto. Lo fue a ver a los pocos días en Badajoz y desde entonces le toma medida a sus huellas. “Al toreo romántico, al carácter añejo, al asombro con que nos arrastra”, confiesa. Lo que él llama “danza” es el gran reto para hacerlo espíritu en el duro metal. Una verónica, en la que la cara se pierde en el pecho andaluz, enseña el milagro.

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Por eso, este domingo, en la Santamaría, desde los bajos de sol y en un pueblito en Arizona, alguien buscará “no el pellizco sino la hondura de Morante, porque lo suyo es hondura” (dice Robert) para echar a andar una nueva obra, calcada de otra mucho más grande.

Y si no se da, no importa. Eso lo saben bien tres hombres de arte. La mejor faena siempre está por cuajar; y la mejor pieza, por hacer.

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