¿”Tú, yo, nosotros y el otro” profundiza sobre el uso del espacio público, la polarización o la cultura ciudadana?
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La iniciativa nació por los días en los que ocurrió el caso del ciclista que iba por la carretera y fue atropellado por un camión. Las opiniones se polarizaron: unos defendieron su derecho a usar la bicicleta sin miedo y otros defendieron al conductor del camión. Después, cuando estábamos en cuarentena, abrieron el carril de la séptima para los biciusuarios y se desató otra discusión. Reflexionando sobre las confrontaciones que se dieron alrededor de estos casos, se nos ocurrió hablar de polarización, pero desde lo urbano. Quisimos hablar sobre el otro y sobre hasta qué punto yo me acerco al otro desde una cantidad de prejuiciosos que agradan la brecha de diferencias. Quisimos ver cómo la apariencia de los otros y lo que yo tengo en la cabeza sobre esa apariencia me separa.
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Es una invitación a parar la búsqueda por las semejanzas y enfocarse en una convivencia más respetuosa y tolerante a pesar de ellas…
Exacto. La polarización, en términos de ciudadanía o partidos políticos, es una pelea territorial. Quién tiene más poder en el Senado, en X región, quién tiene más derecho a la calle, etc. En la página de este proyecto no encontrarán respuestas ni una pose de moralismo. No es la verdad sobre “el deber ser”, sino más bien una reflexión o una pregunta sobre qué tan dispuestos estamos de ver al otro.
En una de las “franjas” de la plataforma “Tú, yo, nosotros y el otro” hay una imagen que se enfoca en un ciclista y el conductor de un carro. Los dos se anticipan a la imprudencia del otro, pero no ocurre nada malo…
Es justamente eso: como se ve en la imagen, no está pasando nada. Los dos están en su carril y no se están agrediendo. Hay que aceptar que hay un otro diferente que no es una amenaza y, si se quiere, quitarse los guantes antes de salir a la calle. Vivir en una disputa constante es agotador.
Más allá de justificar la prevención de los unos con los otros, ¿no sería normal el miedo de las personas por su seguridad? Poniéndonos ácidos: nos convencieron de que en Colombia gobierna el “sálvese quien pueda”. Hay una sensación de desprotección marcada que no solo se refleja en los territorios, sino también en la burocracia, la justicia, la convivencia, etc.
Esas también son percepciones. Yo, por ejemplo, soy mujer, soy menuda y sería muy fácil bajarme de la bicicleta, pero jamás me ha pasado, aunque claro, entiendo que los miedos a que alguien como yo se mueva en bicicleta por la ciudad no son infundados. De una u otra manera, lo que tratamos es de romper y cuestionarnos sobre esas percepciones que tenemos y que, a veces, terminan dominando sobre la realidad.
Pero la realidad también es la de los noticieros del mediodía que se transmiten mientras los colombianos almuerzan. Lo que allí se proyecta también es real, ¿habría entonces que enfocar la atención hacia dónde? Otra realidad es la de la saturación, la del desencanto…
Hay un problema en las narrativas y en las formas en las que nos narramos como sociedad. Hay que abordar esas rupturas desde otro lugar para tratar de encontrar un diálogo a partir de esas diferencias. Con esta página de internet, que está pensada para interactuar con las personas, no estamos pensando que cambiaremos el mundo, pero sí estamos convencidos de que aporta a una construcción lenta. Si uno empieza a cambiar el alimento de esas percepciones sobre las formas en las que vivimos, algo se transforma. No es ponerse en los zapatos del otro, ni siquiera es eso, solo es tratar de entender su contexto, que no es tan distinto al propio.
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Y ahora hablemos de una de las máximas cuando sobresale la “colombianidad”: aún se presume de la viveza colombiana. Supongamos entonces que la intolerancia en las calles no es un asunto de saturación, sino de cultura. Que la competencia no sea por sobrevivir, sino por demostrar fuerza, viveza…
Sí, claro, hay un contexto cultural del que desprenderse será difícil. Este asunto del vivo o, mejor, esta idea de la malicia indígena es muy racista. Esa malicia de los indígenas es una idea más bien colonialista: si te fijas en cómo trabaja una comunidad indígena dentro de un resguardo, te das cuenta de que es supercomunitario, es una cooperativa. Ahí caemos, de nuevo, en un tema de prejuicios y percepciones. Hay muchas cosas para cambiar y las narrativas son una buena forma de comenzar. Si uno empieza a hablar de sí mismo y de su país de otra manera podría alcanzar algún tipo de cambio. Por eso creo en el sector cultural y en el arte: son otras maneras de aproximarse al mundo. Te descolocan de tu parte cómoda y apelan a tu parte más humana. No se trata de narrar Colombia desde la fantasía ni desde la ternura ciega, pero sí desde el reconocimiento de que es un país con una complejidad cultural increíble. ¿Qué pasa si uno comienza a entender el caos como una manera de vivir más interesante, donde la complejidad se vuelva un gancho o una motivación o un desafío?
Sería entonces elegir, conscientemente, el camino más difícil y apostar porque en ese camino haya más enriquecimiento, formación y hasta dignidad…
Exacto, es que lo valioso cuesta más, pero da mayores satisfacciones.
¿Cómo midieron los resultados de las personas que interactuaron con “Tú, yo, nosotros y el otro”?
Iba a ser diferente. Queríamos más contacto, pero claro, con las actuales circunstancias no se podía. Las estadísticas de las preguntas en, por ejemplo, saber si yo creo que para el otro soy un estorbo fueron muy importantes. Esa palabra, estorbo, la elegimos por violenta. Eso nos impresionó. Quizá hizo falta poner al lado la definición de la RAE sobre lo que significa ser un estorbo: es algo que te incomoda, que quieres eliminar. Ahí estás reduciendo al otro a una cosa que quieres borrar y, automáticamente, le quitas toda la humanidad y la conviertes en un pedazo de basura. Las palabras que elegimos fueron muy intencionales.
¿Por qué? ¿Qué intenciones tuvieron con las palabras?
La palabra se convierte en acción. El estereotipo se construye a partir de los imaginarios que tengo del otro, pero hay un momento en el que la palabra se convierte en hecho.
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Los poderes del lenguaje…
Son infinitos. Ahí es donde tengo que pensar si estoy adoptando un discurso viejo sin darme cuenta de que el contexto ha cambiado: vengo de una familia católica, pero me identifico más con posturas progresistas con las que convivo día a día, pero qué es ser progresista y qué significa no serlo, etc. Uno va comenzando a entender el lugar desde el que se para y visualiza su origen. A la próxima, cuando me encuentre con el diferente, podré identificar mi prejuicio.