Mala
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Al alba del 1 de septiembre de 1939, los soldados del Tercer Reich cruzan la frontera alemana e invaden Polonia. Malka Zimetbaum tiene veintiún años y vive en Amberes, el gran puerto flamenco del mar del Norte donde se instaló con sus padres, dos hermanas y un hermano cuando tenía diez años. La oficina de inmigración de Bélgica registra la llegada de los Zimetbaum, uno tras otro, entre 1926 y 1930, una más entre las miles de familias judías que desde que finalizó la Gran Guerra han empezado a abandonar Polonia, que está sufriendo siniestras sacudidas antisemitas.
Ayer y hoy la historia de la inmigración es un ciclo de avances y retrocesos. En Brzesko, ciudad de la que es nativo, a unos cincuenta kilómetros de Cracovia, precisamente en la que se casó con la obrera de su misma edad Chaya Schmelzer y en la que nacieron sus hijos, Pinkas siente que la tormenta es inminente. A pesar de ser pobre, Galitzia es una tierra que goza de gran dinamismo cultural y en ella habitan la mayoría de los tres millones de judíos polacos censados, el diez por ciento del total. Pero los tiempos están cambiando. La guerra entre Polonia y la Unión Soviética de 1919 abonó el terreno para la consolidación del partido Democracia Nacional (Endecja), una fuerza conservadora que, entre otras cosas, acusa a los judíos de ser poco patriotas y simpatizar con los bolcheviques. La intolerancia se traduce en los primeros pogromos en las localidades de Pinsk, Leópolis y Vilna. En 1924, a la vez que Adolf Hitler escribe Mein Kampf, el comerciante Pinkas Zimetbaum parte buscando un hogar más propicio. Después de pasar dos años en Maguncia, donde vivió con su esposa y sus primogénitos Salomon y Gitla entre 1913 y 1917, llega a Amberes, la capital mundial de los diamantes. En Amberes reina un ambiente cosmopolita y supone un gran pulmón para los judíos europeos, por lo que se la llamó la Jerusalén del Norte. Su primer domicilio es Van der Meydenstraat, número dieciocho. Pinkas se reúne allí con Salomon, que a la sazón tiene diecisiete años. En cuan- to logra redondear su salario con los ciento setenta y cinco francos belgas a la semana que gana su hijo, recompone la familia.
Malka llega a Amberes a finales de 1928, todavía es una niña. Por un breve periodo, los Zimetbaum vuelven a estar juntos en Berchem, al sur de la ciudad. En 1931 la hermana mayor, Gitla, obrera del sector del diamante, se casa con Fawel Abramowicz, un zapatero también de origen polaco que había emigrado a Bélgica el año anterior, dejando a sus espaldas unos cuantos problemas judiciales. Tiene un trabajo en Bruselas con el que gana quinientos francos a la semana, pero las autoridades de Kamińsk —su ciudad de origen—, donde en 1928 fue condenado a cuatro años de reclusión por contrabando de dinero falso y posesión de documentos falsificados, lo están persiguiendo. Gitla quiere vivir cerca de sus padres, sobre todo a partir de 1933, cuando nace su hija Jeannette, pero Fawel tiene demasiadas causas pendientes tanto en Polonia como en Bélgica, de manera que al final, tras ver denegado el permiso de residencia, parte en 1935 rumbo a Sudamérica. Varios meses más tarde, su mujer y su hija se reúnen con él.
Gitla hace las maletas mientras Salomon y Jochka permanecen en casa, pero será por poco tiempo, porque la familia se reduce aún más. Después de un par de mudanzas, Malka, que es la más pequeña, se instala con sus padres en un apartamento de tres habitaciones con cocina situado en el tercer piso de un angosto edificio de Borgerhout, el barrio de los inmigrantes por antonomasia, el mismo en el que hoy las jóvenes marroquíes con velo empujan cochecitos de bebés y carritos de la compra delante de la pequeña placa conmemorativa situada en el número siete de Marinisstraat, la única dedicada al recuerdo de Mala Zimetbaum.
La joven es guapa, espabilada, con buenas dotes para las matemáticas y los idiomas. En las pocas fotos que se conservan en el archivo del museo Kazerne Dossin de Malinas, parece segura de sí misma, atenta a la moda; una joven emancipada que sonríe al objetivo cogida del brazo de su amiga Mizi Baum. Su prima, Giza Weisblum, la considera un modelo de independencia y, bromeando, dice de ella que «iba para chico». Malka es una fuerza de la naturaleza. Pero a ojos de su hermana mayor, Jochka, conserva la ternura de una niña: es «la intelectual de la familia» y no sabe resistirse «al pudin de chocolate».
A pesar de la industria de los diamantes, la mayoría de los judíos de Amberes no disfruta de una situación económica holgada. A finales de los años treinta viven en Bélgica setenta y cinco mil judíos; el noventa por ciento de ellos procede de sesenta países diferentes y huye de la miseria y de la discriminación. Los Zimetbaum no son una excepción: son unos inmigrantes pobres que encuentran espacio en un país ávido de mano de obra barata, pero en su vida privada prefieren reunirse con sus compatriotas. Cuando Pinkas pierde la vista y ya no puede seguir trabajando como comerciante ambulante de telas, toda la responsabilidad de mantener el hogar recae sobre su primogénito, Salomon. Chaya, la madre, aporta lo poco que gana haciendo punto, pero no es suficiente. Los hijos deben arremangarse, incluida Malka.
«Todo Amberes admiraba la abnegación con la que Mala acompañaba a su padre a todas partes, era la imagen de la fuerza de voluntad serena», cuenta Romek Hutterer, un amigo de esos años al que Mala volverá a ver más tarde en los barracones de Birkenau. La prometedora estudiante que ya habla flamenco, inglés, francés, alemán y yidis debe abandonar el colegio para entrar a trabajar como modista en la Maison Liliane y más tarde como cortadora de diamantes, igual que Salomon y Jochka. No obstante, los libros siguen siendo su pasión. Jochka la recuerda volviendo tarde a casa desde la Biblioteca Nacional, cuando las calles ya estaban oscuras, con los ojos hinchados después de haber pasado horas hojeando volúmenes, su joven cara marcada por el cansancio, pero no tanto como para decepcionar a sus padres y renunciar al rito vespertino en el sofá de Marinisstraat, donde todos escuchan juntos las lecciones de Malka.
Casi noventa años después, la Biblioteca Nacional sigue siendo la misma, al igual que los callejones peatonales del barrio de los diamantes, donde los hindúes van sustituyendo poco a poco a los judíos en el puente de mando. Al anochecer, cuando las calles se vacían y dejan espacio a los edificios intemporales, es fácil imaginar a Malka con el bolso en bandolera cruzando Pelikaanstraat y dejando tras de sí Borgerhout, el silbido de los trenes de vapor, las tiendas de piedras preciosas de Hoveniersstraat, la pequeña sinagoga, la Bolsa y a los ultraortodoxos con tirabuzones o montando en bicicleta por la Lange Leemstraat, Belgiëlei, Plantin en Moretuslei y a las mujeres con peluca y medias gruesas rodeadas de grupos de niños vestidos de blanco y negro. Los edificios son los mismos de entonces, pero aquellos viejos habitantes ya casi no viven en ellos.
«Los dos militábamos en las juventudes sionistas Ha- noar Hatzioni», cuenta Dolf Galant en su piso de Amberes, del que apenas sale. En 1933, el año en que Hitler es nombrado secretario del Reich, Malka —a quien todos llaman Mala— se afilia a Hanoar Hatzioni, uno de los diecinueve grupos sionistas de la ciudad, nacido de la escisión en el seno de los progresistas de Hashomer Hatzair. Allí, junto a otros jóvenes seguidores de Theodor Herzl que sueñan con emigrar a un kibutz en Palestina, Mala conoce a Charles Karel Sand, conocido en sus círculos próximos como Charlotie por su parecido con Charlie Chaplin.
Charles, que tiene tres años menos que ella, es ese amigo especial con el que va al cine durante meses a ver las películas de Charlot u obras de teatro político, como las que organiza la compañía de aficionados Wending sobre la Guerra Civil española. Los dos realizan excursiones en barco y en bicicleta por los canales de las inmediaciones de Malinas. Se intercambian los últimos números de las más de sesenta revistas judías de la ciudad. Piensan en el matrimonio. Charles y Mala querían casarse. A diferencia de ellos, Dolf Galant logrará salvarse pagando a un traficante de hombres para que traslade a su familia a Suiza. Esto es lo que cuenta: «Mala sonreía siempre, era valiente. Cuando supe que hasta el último momento había hecho frente a los SS encargados de su ejecución, no me sorprendió, porque tenía temple. Por aquel entonces éramos jóvenes. La guerra nos parecía lejana. Los sábados íbamos de excursión a la montaña, recuerdo en especial un camping de las Ardenas con tiendas separadas para los chicos y las chicas».
Amberes ha cambiado desde que los Zimetbaum lle- garon a la ciudad. El último decenio ha visto derrumbarse el umbral de la tolerancia con los inmigrantes, sobre todo con los judíos, contra los que se concentran los prejuicios del catolicismo tradicional y del nacionalismo flamenco. Cuando en 1936 Salomon se casa con la judía húngara Etel Herstein, se ve obligado a presentar antes de la boda un certificado en el que se compromete a mantener a su espo- sa y garantiza que ella no trabajará en Bélgica. Los nazis encontrarán un terreno fértil. La Belgique docile —un in- forme del gobierno belga de 2004— evidencia que en los años anteriores a la invasión alemana se crearon los cimien- tos para que las autoridades locales colaboraran de forma activa en la deportación de los judíos; una especie de com- plicidad con el invasor que fue especialmente señalada en Amberes, el puerto al que en 1939 arribó el transatlántico Saint Louis cargado de judíos alemanes que habían sido rechazados por Estados Unidos, Canadá y otros países; un reflejo de la frustración social, los miedos y un antise- mitismo atávico que anidaban en lo más profundo de las naciones.
Mala lee los periódicos, respira ese aire que por mo- mentos va envenenándose, percibe la fragilidad del presen- te. Pero es una joven llena de vida. A pesar del luto inin- terrumpido por el pequeño Jehuda —el tercer hijo de Pinkas y Chaya, muerto a temprana edad en Alemania—, los Zimetbaum crecen, celebran bodas y berit milá —el rito de la circuncisión—. Gitla se ha instalado en Ecuador con su marido —Fawel— y con la pequeña Jeannette. Jochka prepara su boda con Efraim Isak Schipper, un ti- pógrafo polaco que había emigrado en 1930 desde Tarnów y que en ese momento trabaja como cortador de diamantes. Salomon y Etel Herstein —a la que llaman con afecto Etusch— tienen dos hijos, Max y Bernard, y en 1940 se les añadirá Herman. Los abuelos adoptarán a los tres nietos, porque Etusch muere en el parto del más pequeño. A pesar de que fuera la atmósfera no es buena, en la cotidianidad familiar se vive con alegría. Mala pasa los días con Max y Bernard, con Charles —que vive a pocas manzanas de distancia— y con sus compañeros de Hanoar Hatzioni, un grupo juvenil al estilo de los scouts en el que aprende a arreglárselas por sí misma: coser, cocinar, encender el fuego, jugar al ajedrez, organizar convenciones o aprove- char el tiempo libre estudiando, por ejemplo, hebreo, un idioma muy poco apreciado por los ortodoxos enemigos del sionismo.
Charles, alto, rubio, deportivo, un magnífico corta- dor de diamantes y un optimista incurable, es también un militante sionista, miembro del Betar, un grupo a la dere- cha de Hanoar Hatzioni. El rastro de este joven se pierde en la memoria de los Sand y solo mucho después volverá a sacarlo a la luz su sobrino, también llamado Charles, junto con una agenda de 1944 y unas cuantas instantáneas de color sepia.
En la actualidad, Charles Sand júnior tiene sesenta años. Acompañado de su hija, Chantal, esparce las fotografías de su tío y de Mala por la mesita del café Wattman, próxi- mo a la estación de Berchem, el barrio de los antiguos pro- metidos. Es un sábado de mediados de septiembre y llueve. Las imágenes corresponden a los dos años anteriores a la invasión alemana, pero la Amberes poco transitada de en- tonces no se diferencia mucho de las calles desiertas que, una vez finalizado el sabbat, se van llenando de rabinos con barba y sombrero negro: «Mi padre era el hermano pequeño de Charles, sobrevivió porque se escondió en casa de una amiga que no era judía. Nunca me habló de él, pero lo oí comentar con mi abuela la historia de Charles y Mala y cuando murió rebusqué en sus papeles. Charles era miembro del Betar, encontré su carnet, firmado por Joseph Trumpeldor. Creo que él y Mala eran novios, siempre es- taban juntos. Charles contó los días desde que la arrestaron a ella». Las fotografías, reunidas en un pequeño álbum de cartón, inmortalizan un tiempo suspendido: ella en una fiesta en casa de los Sand, ella y él cogidos del brazo en medio de unas señoras con velo bien parecidas, ella y él en la nieve, ella con el uniforme de Hanoar Hatzioni posando en el puente de piedra, ella en un prado, ella en unos cam- pos de trigo, ella con una falda acampanada y una cami- seta blanca acordes a la elegancia sobria que afinó traba- jando como modista. Además hay una pequeña agenda marrón de 1944 en la que, desde principios de enero hasta el 17 de junio de ese año, Charles solo escribe una serie de números progresivos: quinientos veintinueve, quinientos treinta, quinientos treinta y uno. El 23 de marzo apunta: Nouvelles de Mala. Luego reinicia el recuento.
El café Wattman existía ya en los años treinta. Los parroquianos actuales son sumamente jóvenes, chicos que nacieron a caballo del nuevo milenio, cuando la mayoría de los supervivientes del Holocausto ya no podía ofrecer su testimonio. Charles júnior pide un capuchino, aferra el bolígrafo y sigue la trayectoria mental de su tío, que se llama como él, empezando a partir del 22 de julio de 1942, fecha de la redada en que capturaron a Mala: excluidas las primeras dos semanas que pasa en el campo de clasificación de Malinas, cuando ella, con toda probabilidad, logra en- viar mensajes al exterior, las cifras se corresponden. El 17 de julio de 1944 Charles anota la cifra seiscientos noventa y siete, después nada. De acuerdo con los datos cruzados del archivo del museo Kazerne Dossin y del Holocaust Survivors and Victims Resource Center de Washington, entre el 17 y el 20 de junio de 1944 Charles es arrestado y conducido a Malinas. Parte para Auschwitz el 31 de ju- lio a bordo del convoy XXVI, el último de la macabra escol- ta que en dos años transportará de Bélgica a Polonia más de veinticinco mil judíos y trescientos cincuenta y dos gitanos, el noventa y cinco por ciento de los cuales nunca regresará.
La historia de Charles y Mala añade pinceladas al rostro de ella, en tanto que el de él se va difuminando poco a poco hasta desaparecer con los últimos deportados.
En el verano de 1939 la catástrofe es inminente. La ola lleva varios meses creciendo. El 30 de enero, cuatro días después del vigesimoprimer cumpleaños de Mala, Hitler pronuncia ante el Reichstag la histórica acusación contra el judeo-bolchevismo y anuncia que Alemania combatirá al enemigo sin tregua. Charles y Mala hacen proyectos como cualquier joven, pero son conscientes de los nubarrones que se acumulan en el horizonte. Jochka confiesa a su hermana que nunca se ha fiado de los alemanes y que está convencida de que tarde o temprano echarán a los judíos a la calle.
En Amberes la atmósfera es cada vez más tensa. Los diarios católicos Gazet van Antwerpen, La Libre Belgique y Le Pays Réel se hacen eco de la propaganda nazi publicando tiras tremendamente antisemitas en las que los judíos se equiparan con una invasión de langostas o aparecen representados como acaudalados capitalistas con un vo- luptuoso puro en la boca después de haberse enriquecido a costa de la comunidad local. El grupo de extrema derecha Volksverwering difunde octavillas que acusan a los judíos y a los extranjeros de robar el trabajo a los belgas. En barrios como Borgerhout, donde se concentran los treinta mil judíos de Amberes y una treintena de sinagogas, operan los comités de defensa de derechos de los judíos y la unión de resistencia económica de Amberes, que ya desde mediados de los años treinta promueven el boicot a los productos alemanes en los escasos comercios amigos. El partido socialista belga intenta también ofrecer resistencia y el 1 de mayo de 1938 sale a la calle con los lemas No al fascismo y al antisemitismo y Derecho al trabajo para las masas judías. Pero la dirección del viento ha cambiado ya. Los Zimetbaum siguen desde la distancia los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial, marcados por las noticias angustiosas de los parientes que se han quedado en Polonia y por la progresiva creación de los guetos de Łódź, Lublin, Cracovia y Varsovia: viven codo a codo con familias de connacionales inmigrantes, que suponen ya el cuarenta por ciento de los judíos extranjeros, pero aún confían en que Bélgica siga siendo un país seguro.
En la primavera de 1940, mientras a mil kilómetros de distancia de Amberes se inaugura el campo de concentración de Auschwitz —erigido sobre unos viejos cuarteles del ejército polaco—, los alemanes invaden Bélgica, obligan al ejército a rendirse y en unas semanas instauran la administración militar que más tarde impondrá el registro de los judíos. Poco a poco, el antiguo fuerte militar de Breendonk se va convirtiendo en una cárcel y los arrestos se multiplican. Se prohíbe a los judíos ejercer las profesiones liberales, asistir a las escuelas públicas, ir a la estación; un aumento progresivo de vetos que en 1942 llegará a impedirles el acceso a los parques, al cine, al teatro, al estadio, los desplazamientos por el interior de Bélgica, la posesión de radios e incluso de palomas. En diciembre de 1940 se deportan los primeros dos mil seiscientos cincuenta y seis judíos a Limburgo.
El trabajo de Mala se tambalea. Gracias a que habla varios idiomas puede conservar el puesto, mientras sus compañeros son despedidos uno tras otro. Pero también para ella es cuestión de tiempo. No solo cierra sus puertas el comercio de diamantes, del que, de forma directa o indirecta, depende la vida de los judíos de Amberes: los extranjeros son expulsados de varios sectores, empezando por el textil. De las siete mil setecientas veintinueve empresas que los judíos gestionaban en 1940, cuatro años más tarde solo quedarán seiscientas cincuenta y siete. El odio se autoalimenta. En las plazas se vuelven a oír los eslóganes del movimiento flamenco filonazi Vlaams Volksbloch. En pocas semanas las fotografías en las que Mala aparece en actitud despreocupada o cogida del brazo de Charles son sustituidas por las policiales: el 5 de diciembre de 1940 el registro de judíos de Borgerhout incluye a «Malka Zi- metbaum, residente en Marinisstraat, 7, apátrida».
La vida se hace durísima. La mayoría de los judíos son expulsados del trabajo. El 14 de abril de 1941, durante la Pascua judía, el cine Rex proyecta la película alemana de propaganda antisemita Der ewige Jude. Por las calles de Borgerhout, a las que se asoman las ventanas de los Zimetbaum, desfilan los paramilitares ultranacionalistas, las milicias flamencas Zwarte Brigade, las camisas negras de las SS. El 14 de abril, dos de las sinagogas más antiguas de Amberes, la casa del rabino Rottenberg y varios edificios más son incendiados al grito de «¡Al infierno la tribu de Judas!» y en la ciudad retumba el eco siniestro de la noche de los Cristales Rotos. Se impone el toque de queda, mucho más restrictivo que en otras partes de Bélgica. Pinkas y Chaya tienen cada vez más miedo a salir. En 1942, Mala, que ya no sonríe, pierde su trabajo como secretaria en la American Diamond Company. A la familia ya solo le quedan, como último recurso, las oraciones del devoto Pinkas y las ofrendas de los fieles en la sinagoga doméstica insta- lada en Marinisstraat.
«Cuando invadieron Amberes, la actividad relacionada con los diamantes cesó. Por una parte, se interrumpieron las importaciones y, por otra, los alemanes se apoderaron de todas las piedras, de forma que los judíos, que en un noventa por ciento vivían de esa industria, se quedaron sin medios de subsistencia», dice Léon Schummer mientras hojea fotografías y otros recuerdos. Tiene setenta y nueve años y es expresidente del colegio B’nai B’rith de Amberes. Por aquel entonces era un niño y vivía con su familia a pocos metros de los Zimetbaum. «Mi padre comerciaba con diamantes. Éramos una familia acomodada, pero de un día para otro no pudo trabajar más. A pesar de que estábamos mejor que en el gueto de Varsovia, fue muy duro. Todas las mañanas nos comunicaban una nueva prohibición y además estaba el toque de queda, pasadas las ocho de la noche solo podíamos caminar por los tejados. La mayoría de los judíos era pobre y los que estaban mejor se turnaban para ayudar a los hijos de las familias necesitadas. Pinkas Zimetbaum ganaba algo de dinero con la sinagoga que había instalado en casa, pero pasaba estrecheces y nos pidió que cuidáramos de Mala, así que ella venía todos los días a comer con nosotros. Lo hizo hasta que huimos de Amberes en 1941. Entonces ya sabíamos lo que estaba sucediendo en otros países, donde mataban a los judíos en la calle. Mala llegaba a mediodía con su pelo claro y sus ojos azules. Me fascinaba, pese a que era un niño. Jugaba conmigo y con mi hermana y nos enseñaba a usar las acuarelas; porque yo tenía una caja, pero no sabía mezclar los colores. Tenía mucha paciencia conmigo».
Algunas fuentes aseguran que estos meses Mala entró en contacto con la resistencia local de las Brigadas Blancas, el grupo que en 1940 había fundado en Amberes Marcel Louette, pero no hay ningún dato que lo confirme. Léon Schummer, por ejemplo, duda que fuera así. «No era miembro de la resistencia. Su actividad política se concentraba en Hanoar Hatzioni, un grupo sionista liberal que después confluyó con el Likud y que en la actualidad sería de derechas. Estudiaba hebreo en secreto, porque por aquel entonces no era frecuente. Los religiosos eran antisionistas, rechazaban el Estado de Israel porque esperaban la llegada del Mesías».
La edad de las ilusiones se precipita hacia el ocaso. La Conferencia de Wannsee ha confirmado y relanzado la voluntad nazi de llevar a cabo la solución final para la cuestión judía. A partir del verano de 1942, los judíos obligados a llevar la estrella amarilla desde los seis años— son invitados a presentarse con una muda y comida en el cuartel del siglo XVIII de Dossin, en Malinas, la misma campiña que no hace mucho Mala y Charles recorrían en barca de remos. El aviso se refiere a un reclutamiento de mano de obra destinada al este, pero, pese a que no tienen ocupación y se mueren de hambre, de los diez mil convocados por la Asociación de Judíos de Bélgica (AJB) —el consejo judío impuesto por los nazis en todas las localidades de los territorios ocupados donde había comunidades judías—, solo se presentan tres mil novecientos.
Charles ayuda a Mala a buscar un escondite para su familia en Bruselas, donde el aire es menos irrespirable que en Amberes. Pese a que las autoridades locales colaboran con los nazis, no todas lo hacen con el mismo celo. En un mapa alemán de la época en el que aparecen marcados los actos de sabotaje, se puede ver con toda claridad la diferencia que existía entre el norte flamenco y el sur francófono, donde circulaba buena parte de la prensa clandestina. Bruselas, por ejemplo, gobernada por el alcalde Joseph van de Meulebroeck primero y por Jules Coelst después, rechaza la orden de marcar dos veces los documentos de los judíos, una con la letra jota y otra con la estrella amarilla que estos ya llevaban en la ropa. Van de Meulebroeck es arrestado por insubordinación y solo podrá recuperar su puesto en el Ayuntamiento después de la guerra. Diecinueve alcaldes más se oponen a los invasores mientras pueden. Amberes, en cambio, no cuestiona nada y se entrega con espíritu colaborador a la SiPo-SD, la policía de seguridad nazi.
La Historia arrastra las pequeñas historias. En junio de 1942, Adolf Eichmann programa las deportaciones masivas a Auschwitz desde los países ocupados de la Europa occidental, es decir, unos convoyes especiales con mil personas que viajarán a diario. El plan prevé que se inicien a mediados de julio: cuarenta mil judíos procedentes de Francia, cuarenta mil de los Países Bajos —donde Ana Frank ha empezado ya a escribir su diario en el pequeño cuaderno que le regalaron el día de su decimotercer cumpleaños—, diez mil desde Bélgica.
Según parece, entretanto, Mala ha encontrado una habitación en Bruselas, en la calle de la Poste, 9, una calle tranquila situada a varias manzanas del jardín botánico. Aún le quedan unas cuantas cosas por hacer antes de subir de forma clandestina al tren con su familia y salir de Amberes lo antes posible.