Hoy hace 90 años nació en Panamá, pero fue casi un accidente, porque siempre que se le preguntó su lugar de origen, Enrique Grau decía sin más aclaraciones: Cartagena. Ahí, en la ciudad de su corazón, pasó su infancia, pero el amor por el arte lo condujo a Nueva York y lo terminó radicando en Bogotá, donde falleció hace seis años.
Grau fue parte de esa generación de artistas que le dio un vuelco a la plástica en Colombia. Su nombre siempre aparece junto a Obregón, Botero y Ramírez Villamizar como pioneros de estilos que luego desarrollarían en el tiempo. El Grau que conocemos hoy: los retratos voluminosos, las lolitas, se definieron a finales de la década del 50.
Aunque desde hace seis años, la voz de Enrique Grau Araújo se silenció, su memoria sigue viva a través de sus obras, y su voluntad de hacer una labor social y cultural se mantiene en pie. Aún en vida, el maestro Grau creó una fundación cuyo objetivo era apoyar procesos culturales. Luego de su partida, con Mónica Hartmann a la cabeza, la casa se transformó y se convirtió en sede de la fundación y museo de la obra del maestro. “Nuestro objetivo es mantener viva su memoria y difundir su legado, por una parte. Por otra, apoyar los procesos de responsabilidad social desde la perspectiva cultural”, explica Hartmann, directora de la fundación Grau.
Este año se dedicará enteramente a honrar su memoria con la muestra de 10 visiones, 10 versiones que invitará ese número de artistas a hacer trabajos inspirados en la obra del maestro y una serie de encuentros y actividades que mostrarán las distintas facetas de un artista en el gran sentido de la palabra, pues de Enrique Grau Araújo hay testimonio pictórico, cinematográfico, escultórico y cómo olvidar sus fiestas, encuentros memorables para artistas y amigos.