Lamparita, el tamborero de la agrupación palenquera de música Las Alegres Ambulancias, mira a todos lados y se arremanga unos guantes de lana rosados que se le escurren por las manos con facilidad. Lleva un sombreo concha e jobo que se acicala nerviosamente, mira a todos lados, y de vez en cuando, posa sus grandes ojos de niño travieso, pero intimidado, sobre el grupo de expositores que tiene al frente.
En el foyer del teatro Jorge Eliecer Gaitán, los palenqueros Dorina Hernández, Jesús Pérez Palomino, el maestro Rafael Cassiani Cassiani, Viviano Torres y Enrique Márquez, junto a Gloria Triana, comienzan un conversatorio sobre las tradiciones de Palenque y la importancia de la lengua para el fortalecimiento de la identidad de esta población del Caribe colombiano. En junio de 2006, invitados por la Fundación BAT, en el marco del programa “Apoyo a las fiestas populares de Colombia”, una delegación de palenqueros conformada por músicos, coreógrafos, bailarines, académicos y gestores culturales, se trasladó a la ciudad de Bogotá.
No suele ser común armar palenques en los páramos. Sin embargo, en esta ocasión bien valía la pena soportar por unos días la lluvia y el frío capitalino y renunciar por unos momentos a la estética del vestuario cotidiano. Se trataba de promocionar el Festival de tambores y expresiones culturales de Palenque que se realiza, desde 1981, en la población conformada hace más de cuatro siglos por hombres y mujeres negros cimarrones que se le fugaron a la esclavitud y que la UNESCO proclamó en noviembre de 2005 como obra Maestra del patrimonio oral e inmaterial de la humanidad. Palenque: del ritual del Lumbalú a la euforia de la Champeta, se tituló el programa promocional presentado en el teatro Jorge Eliecer Gaitán y la Media Torta en la ciudad de Bogotá. Con las presentaciones de las agrupaciones musicales Las Alegres Ambulancias, Sexteto Tabalá, Anne Swing, acompañado de un gran espectáculo de baile, talleres, conversatorios y una muestra fotográfica, los cimarrones montaron su palenque en el páramo brumoso.
Los palenqueros de hoy como los de ayer también viven en fuga. Los de ahora no se esconden de las autoridades coloniales, tratan de escapársele a la estigmatización y el racismo. Tal vez por eso, la primera presentación del espectáculo promocional comenzó con la aparición de una mujer que pregona en lengua palenquera y en castellano los atributos de los palenqueros. Además de buenos músicos, boxeadores y bailarines, -señala la mujer- en Palenque también hay antropólogos, médicos, poetas, profesores, abogados e historiadores. Palenque no es una pieza de museo. No es sólo “la inocencia de un niño que tira trompadas”, ni su cultura es una valija de expresiones para amenizar cocteles. Vinieron a hacerles comprender al país que el reconocimiento de la diversidad pasa por la posibilidad de acceder a las oportunidades que otros si tienen, dentro del respeto y sin tener que renunciar a lo que son.
Un cimarrón encuentra su palenque
Por alguna razón caprichosa cambie mi ruta habitual para ir desde el barrio la Macarena hasta la Universidad de los Andes. No bajé por la carrera quinta, sino que decidí buscar la séptima como quien pretende hacer el camino más largo para evitar llegar a su destino. Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, y me sorprendí extrañando el hábito de fumador que nunca he tenido. Caía una lluvia melancólica y el frío se sentía como si abrazaras un bloque de hielo. A esa hora, las nueve de la mañana, los almacenes de la séptima subían sus pestañas metálicas y abrían sus grandes ojos de cristal esperando atraer clientes con la policromía de sus retinas. Los habitantes de la calle que dormían en las aceras se desperezaban y recogían sus enseres; el marketing callejero hacía lo propio, y los repartidores de tarjetas de prostíbulos baratos, que ofrecen dos colegialas por el precio de una, preparaban su arsenal erótico.
A la altura del Teatro Jorge Eliecer Gaitán dos obreros colocaban el aviso del espectáculo actual del teatro: Palenque: del ritual del Lumbalú a la euforia de la Champeta. Me detuve a observar y justo en ese momento a un costado frenó una camioneta van blanca. De su interior bajó Graciela Salgado, cantaora, líder de la agrupación Las Alegres Ambulancias, seguida por el resto de integrantes del grupo. ¡Viva Palenque! les dije cuando pasaron frente a mí; respondieron con generosas sonrisas, cruzaron la calle y se internaron en el teatro. Seguí caminando por la séptima y a dos cuadras en sentido contrario venía el maestro Rafael Cassiani con los integrantes del Sexteto Tabalá. Iban, al igual que Las Alegres Ambulancias, a probar el sonido para la presentación de la noche.
En medio de la orfandad que suelen producir las grandes ciudades, descubrir la presentación del Palenque de San Basilio en Bogotá, me produjo la sensación de un cimarrón que encuentra su palenque. Los siguientes tres días, junto con Celestino Barrera, Franklin Castañeda y Javier Velásquez, estuve en el hotel donde se alojaba la delegación y en los camerinos del teatro Jorge Eliecer Gaitán, acompañando a los músicos del Sexteto Tabalá y a Viviano Torres, el creador de la Champeta criolla. Escarbando en la orgullosa y generosa palabra de Rafael Cassiani, líder del Sexteto Tabalá, nos acercamos a la memoria de Benkos Biohó y de Catalina Luango.
Los sones de Tabalá
La primera vez que vi al maestro Rafael Cassiani fue en el año de 1999 mientras coordinaba un programa en la Secretaría de Educación y Cultura de Bolívar, y trataba de sobrevivir, gracias a las buenas intenciones de María Josefina Yances y Margarita Abello, a las miserias de la burocracia provinciana. El maestro llevaba en el pecho, como un amasijo de escapularios festivos, varias credenciales de los festivales y eventos a los que había asistido. Ahora, ni siquiera su esbelto cuello de Masai, le alcanzaría para portar todas las credenciales de los nuevos lugares donde ha ido.
El Sexteto Tabalá, que lidera el maestro Cassiani, nació cuando la caña señoreaba en la región y el ingenio de Sincerín en el departamento de Bolívar contrataba especialistas cubanos para la producción de azúcar. Los cubanos no sólo trajeron la experticia para sembrar caña, sino que también trajeron el sabor de los sones. El primer Sexteto, conocido como Sexteto Habanero, se armó en los años treinta. Después de su extinción, una nueva generación, en la que se encontraban el maestro Cassiani y el maestro Simarra (Simancongo), desempolvó la marimba, afinó la clave, llenó de semillas las maracas y empezó a tocar en Cartagena, Barranquilla, la Zona Bananera y Valledupar. Con el tiempo el grupo se consolida y gracias a su música han viajado por varias partes del mundo. Cassiani sonríe como un niño cuando recuerda su viaje a Jamaica: “es una cosa lindísima, todos eran negros, el presidente, los policías y cuando tocamos la gente tuvo una reacción muy grande”. El maestro se siente tranquilo, detrás de los miembros mayores de Tabalá vienen nuevas generaciones, incluso se está formando un grupo de niños para garantizar la permanencia en el tiempo de los sones de Tabalá.
Benkos Biohó regresa a su palenque
Cuando el Sexteto Tabalá empezó a tocar en la Media Torta la canción Agua un aguacero descomunal se precipitó sobre el centro de Bogotá. Desde el público un cartagenero con voz de trueno increpó a San Pedro: “Ajá San Pedro cara e mondá”. La lluvia permaneció un tiempo sin aminar pero ninguno de los asistentes se movió de su lugar. Fue la última presentación y el palenque empezaba a desmontarse, la lluvia disimulaba las lágrimas por los adioses.
Las despedidas son tan predecibles como la presencia de una goma de mascar desgastada en el orinal: sobran promesas y faltan manos para los abrazos. Benkos Biohó llegó con lluvia y se marchó con lluvia. Se fue con sus cimarrones a montar palenques de fraternidad a otra parte, mientras una espesa niebla cubría con su blancura los cerros orientales. En ese momento supe que la nostalgia era un cimarrón que ve partir su palenque.