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Un diálogo con Fiodor

En su 'Testamento' semanal del 'Magazín', Fernando Garavito escribía de temas culturales con tono crítico.

28 de octubre de 2010 - 06:08 p. m.
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Creo imperioso comenzar este recado para los lectores del Magazín con una confesión: a la literatura, a la escasa literatura auténtica que se asoma todavía a las páginas de las pocas revistas culturales del periódico que subsisten entre nosotros, no las salva nadie. Ni Mandrake, ni yo, ni el chapulín colorado. Nadie.

¿Por qué? La respuesta es simplísima, porque hoy tanto la información como la literatura son apenas industrias para hacer dinero. Supongo que eso sea lo natural: no lo critico. Sólo que yo, tal vez por mis muchos años, pertenezco a otra época, que no es precisamente la de los años sesenta cálculo que cualquiera podría hacer a partir de mi calva y mis ojeras. Mi época, como la de muchas personas que no pertenecen a ese tufillo supuestamente posmoderno, no está anclada al pasado. Mi época, nuestra época comenzará cuando logremos, en lo que nosotros respecta, darle a la información el volantín que necesita para reelaborar el mundo. Si logra hacerlo, si gracias a nosotros le devuelve a la vida la tensión necesaria para vivir, no será raro que nos encontremos de nuevo con Sur y en Sur con los textos de Borges y en Borges con la razón de leer. Todo este atafago de la literatura que se escribe para el consumo (¡y la información es el vehículo ideal para el consumo!) va a derrumbarse como un castillo de naipes. Mejor: ayudemos a derrumbarla como un castillo de naipes.

Con sus leyes esquemáticas e inmodificables, el mercado logró apoderarse de la literatura. Pensemos por un momento en Dostoyevski pensemos en Humillados y ofendidos, que se publica por entregas en Vremia (‘Tiempo’), la revista de su hermano Mijaíl, y traslademos la trama a Bogotá en el año 1999. En primer término, Mijaíl comenzaría por rechazar la pretensión de Fiodor. Palabras más palabras menos, le expresaría un decidido entusiasmo filial por su futuro literario, pero no se arriesgaría a ser acusado de nepotismo. Ahora si pudiéramos obviar ese mínimo detalle sin importancia, podríamos asistir a un diálogo dramático que ocurre cualquier día entre el autor Dostoyevski, y el editor, yo, que no sostengo, sencillamente porque me niego a sostenerlo:

— Don Fernando —me diría Dostoyevski—, he comenzado a escribir una novela que quisiera publicar en su periódico.

Yo, luego de mirarlo de arriba abajo con aire crítico para llamarle la atención sobre su condición zarrapastrosa de recién llegado de Siberia, le respondería:

— Primero, aquí no publicamos novelas. Segundo no publicamos nada que deba aparecer por entregas. Tercero, si llegásemos a incluir algo parecido, usted dispondría como máximo de seis mil caracteres por capítulo. Cuarto estamos muy pobres así que sólo podría garantizarle 100 mil pesos mensuales. Quinto, ¿a usted lo recomienda María Mercedes Carranza?

Imagino la respuesta de Dostoyevski: acepta encantado (y agradecido) los 100 mil pesos mensuales y se somete al criterio del editor sobre la calidad de su trabajo, pero ni pensar que lo recomienda María Mercedes Carranza, y ¿qué diablos son caracteres?

La literatura es la gran exiliada de la literatura que se hace en Colombia. No conozco un solo medio que considere la creación literaria como expresión digna de estímulo. Los suplementos literarios son cosa del pasado. Lo que se estila hoy es la revista de domingo, que no es otra cosa que un popurrí light para lectores de afán. La crítica literaria que se hace en los sectores con un rigor estupendo y que de vez en cuando aparece en revistas no especializadas, se ha visto reducida a elucubraciones de poca monta que inventa el periodista a partir de las solapas.

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La poesía es incómoda. Aparte de considerarla un ejercicio fácil de sábado por la tarde, el hecho de que no pueda publicarse a una, dos o tres columnas, rompe el esquema a que estamos acostumbrados, lo que no es precisamente una garantía para la belleza formal de la página. “Ah  —debe pensar el diseñador— ¡Si volviera el soneto!”.

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