El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Un hombre correcto, una tarde soleada

Nadie es profeta en su tierra, dice el proverbio. Sin embargo, a José Saramago le rendirán honores, y muchos de sus coterráneos lamentan su desaparición. Pero no dejan de cobrarle sus duras críticas a la Iglesia.

19 de junio de 2010 - 04:00 p. m.
PUBLICIDAD

En el barrio de Chiado en Lisboa, hay una famosa estatua en bronce del poeta Fernando Pessoa, el artista Lagoa Henriques lo esculpió como si aún estuviera sentado en una de las mesas de La Braseileria, el café que frecuentaba en vida. A su lado hay una silla vacía, también en bronce, donde la gente se sienta para tomarse fotos, casi siempre ignorando que ese hombre de gafas y sombrero es el más importante poeta en la historia de la lengua portuguesa.

Bajando una cuadra desde la estatua por la calle Garret es imposible ignorar el ventanal de la esquina de la librería Bertrand, menos en un viernes soleado como hoy, donde la luz le da de frente a la colección de libros de José Saramago, que los empleados instalaron cuando regresaron de su pausa de mediodía.

La mayoría, como estaba pasando por todos lados en Portugal, se enteró en el noticiero televisivo de la una. Luego empezaron las llamadas de amigos, los posts en Facebook y los primeros clientes, que dejaban de preguntarse qué era lo que había pasado con Saramago cuando veían debajo del retrato las fechas 1922-2010.

“Saramago siempre vende mucho, pero toda la tarde las personas han estado preguntando y comienzan a agotarse algunos títulos”, dice uno de los empleados de la Bertrand. Gustavo Vieria da Silva, dependiente de otra librería del centro, dice que ha vendido las mismas cuatro copias de todos los días de Caín, la última novela del autor: “En los próximos días vendrán a comprar más, pero lo que cuenta es que Portugal ha perdido su cerebro y su conciencia. Una vez lo vi atravesando la plaza, de camino al río. Bastaba verlo para entender que era un caballero y un hombre correcto”.

Al otro lado de la plaza, la Oficina do Livro ha organizado la vitrina con copias de Caín, rodeadas del resto de sus libros, incluida la edición de Ensayo sobre la ceguera, con la portada de la película. “Me lo acaban de decir, y no podía creerlo”, dice Bárbara Lopes. Tiene 19 años, es estudiante de Bellas Artes, parada frente a la librería Bertrand: “No era fácil de leer, porque uno no tiene la costumbre de encontrarse con esos párrafos enormes sin marcas de diálogos y porque, en general, los jóvenes leen poco, pero al adentrarse en sus libros, uno se da cuenta que donde otros escritores se autolimitan y dan un paso atrás, él decía todo lo que pensaba”.

 Más compleja de leer, pero tal vez la novela en la que se capta el gozo supremo de Saramago con la literatura, es El año de la muerte de Ricardo Reis, su gran paseo histórico por la Lisboa de Pessoa.

María Fátima Faria, profesora de portugués, dice: «Yo lo he leído desde Levantado del suelo, y Memorial del Convento, que es un libro que todos los años poníamos en la escuela; pero como los niños compran el resumen y los adultos repiten lo que se dice en los periódicos, mucha gente lo conoce por sus declaraciones sobre el clero y la política. Si en alguna parte de Lisboa están hablando de su muerte será en las iglesias y, claro, en la sede del Partido Comunista”.

“No entiendo por qué tenía que meterse con la religión”, dice Andrés Carreno, empleado de una empresa de mensajería, “hay dos mil millones de cristianos en el mundo, qué más prueba de que tienen la razón”.

No ad for you

“Es un ícono nacional”, afirma Sara Oliveira, “no creo que la cultura de Portugal haya tenido una pérdida tan grande desde la muerte de Amalia, pero en ese caso era alguien más a nivel popular. Yo no diría que Lisboa esté triste por la muerte de Saramago, pero entre la gente que lee, la tristeza debe ser enorme”.

“No había término medio con él, o lo aman o lo odian”, comenta Bárbara, “pero todo mundo lo conoce”.

No ad for you

Tiene razón, las personas que bajan por la calle miran el letrero. La mayoría responde que “era un escritor”, otras dicen que “era un escritor importante”. Cuatro dicen que ganó el Premio Nobel y los cuatro no saben con cuál libro lo logró. Un tipo dice: “Al menos ahora no apoyará a Fidel Castro”, y manotea mientras habla. Un alemán casado con una portuguesa comenta que ahora no podrá elegir su funeral, pero a lo mejor lo hubiera preferido discreto, en lugar de los desfiles que comienzan a anunciarse. Luego sigue su camino. Hay un centro comercial al final de la calle. La música de una banda de negros americanos que improvisa a la salida del metro se mezcla con la de un guitarrista ciego.

“Todos los portugueses perdimos una fuente de sabiduría”, dice Fernando Soussa, jubilado. “¿Ha leído sus libros?”, le pregunto.

No ad for you

“No, pero creo que ahora voy a empezar a hacerlo”, contesta.

En todos los bares de la calle, incluso en el del Pessoa de metal, la gente grita porque la selección de Estados Unidos casi ha hecho un gol en el partido contra Eslovenia.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias