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Un horizonte de montañas con olor a mar (Cuentos de sábado en la tarde)

Pachito, como la abuela lo llamaba, tenía un inusual encanto por el mar, puesto que a su corta edad vivía navegando con las historias traídas por turistas que pasaban la noche en la finca y le dejaban de paso las hazañas inimaginables del aquel caribe distante.

29 de abril de 2023 - 06:14 p. m.
En medio de aquel paisaje convulsionado por la borrasca, Francisco abrió sus brazos y se preparó para agudizar su olfato y así percibir el olor a mar que quizás la tormenta traía de aquel horizonte que aquella mañana había pintado de gris.
Foto: Cortesía
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Era septiembre y la mañana había empezado con un vendaval descomunal. Las hojas del almendro se alzaban y formaban una especie de espiral que se desvanecía con la demencia de la borrasca. Francisco, el más pequeño de la casa, se despertó en medio del tropel de la tormenta, se estiró, alzó la mirada y solo percibió el ruido ensordecedor del viento frio que desfilaba por los bordes de hojas, ramas y cuanto cachivache encontraba.

Pachito, como la abuela lo llamaba, tenía un inusual encanto por el mar, puesto que a su corta edad vivía navegando con las historias traídas por turistas que pasaban la noche en la finca y le dejaban de paso las hazañas inimaginables del aquel caribe distante que se ocultaba detrás de aquella pila de montañas que se levantaban delante de él y que solo le dejaban contemplar un espejo de nubes cansadas que se echaban como animales prehistóricos a descansar.

En medio de aquel paisaje convulsionado por la borrasca, Francisco abrió sus brazos y se preparó para agudizar su olfato y así percibir el olor a mar que quizás la tormenta traía de aquel horizonte que aquella mañana había pintado de gris. La noche anterior, recordaba que su abuelo le había contado que los navegantes en medio de la tormenta, ofrecían sus penas a la furia del viento como señal de limpieza, pues creían ellos, que las penurias se desprendían para no ser atormentados jamás.

Francisco se levantó de la cama y apenas puso un pie fuera de ella, sintió como sus huesos se le helaron por la inclemencia de la brisa. Se levantó con gran convicción que no le importo que su madre le hablara desde la cocina, pero que con el alboroto de la tormenta no pudo descifrar el mensaje le trataba de decir. Sin embargo, salió a la cola del patio imitando a los navegantes y en medio del viento abrió los brazos, alzó la mirada al cielo para dejar que el feroz ventarrón se llevara sus penas y pesares.

La brisa con olor a lluvia irrumpía por las viejas ventanas de madera y el rumor de la tormenta se deslizaba sigilosamente por entre los trastes del viejo rancho de caña brava. Amira una mujer aguerrida, pero que en momentos de diluvios y huracanes, se aferraba a la vieja creencia de quemar una rama de olivo que se colocaba el domingo de Ramos detrás de la puerta para cuando pasaran ventarrones y tormentas. Amira al ver pasar a su hijo le encomendó la divina tarea de bajarle el ramo de olivo para quemarlo a mitad de la sala para que la tormenta se apaciguara, pero su hijo tenía otros planes, en medio de aquella mañana revuelta, en vez de ir por el encargo, pasó de largo hacia la cola del patio.

Amira por un instante se olvidó de sus quehaceres y se nubló de preocupación por cómo se tambaleaba el almendro del patio y al fijarse del vaivén de las ramas que casi tocaban la tierra y volvía y subían con gran turbulencia, en ese bucle estrepitoso se dio cuenta que su hijo francisco se encontraba debajo del almendro, con la mirada fija y los brazos tendidos como un el Cristo redentor que una vez vio en un viejo libro de curiosidades. Al percibir aquella escena tan extraña, Amira corrió al patio y cogió por los hombros a francisco y lo tambaleó tan fuerte que el pobre niño casi se va de bruces contra el suelo. pachito – pachito – pachito . Repitió la madre preocupada. francisco al percibir tan bruscos movimiento abrió los ojos y vio en medio del cielo una nube tan negra que le dio escalofríos al instante.

Cuando se vio en medio de los brazos de sus mamá, volvió en si y se imaginó que ya se había desprendido de sus penas que lo agobiaban. Amira al escuchar todo lo que el hijo le había comentado acerca de penas, navegantes y el viento. No tuvo a quien más echarle la culpa que su pequeño hijo tuviera esas ideas tan descabelladas. ¿Qué penas y pesares puede tener un niño de 10 años?. Ese es tu abuelo y ese montón de gringos que te cuenta esas historias locas de piratas y navegantes.

Francisco le conto a su mama que se ofreció al viento para que se condoliera y le trajera una bocanada siquiera de mar, ese mar distante, pero a la vez tan cerca que casi podía saborear.

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