El visitante que recorre Expoartesanías, la feria artesanal más importante de Colombia y una de las más bellas de Latinoamérica, el que se deleita viendo las hamacas de San Jacinto o la cerámica de la Chamba o tantos otros productos hechos con esmerada perfección, no puede imaginarse ni remotamente los esfuerzos, las historias, los tropiezos y los logros que se esconden detrás de la organización de este evento, que congrega cada año a miles de nacionales y extranjeros.
Pocos saben, por ejemplo, que la curaduría la hace un cuerpo de diseñadores entre los cuales se cuentan algunos antropólogos, y que ese equipo se desplaza a muchas regiones de Colombia en una labor de búsqueda y rescate de lo mejor de nuestra artesanía. Estos profesionales, que son expertos conocedores de la tradición, no van a las comunidades como autoridades que pretenden dar cátedra -¡ni más faltaba!- sino, como me explica una de ellas, especializada en textiles, ”humildemente, con la cabeza baja, a explorar qué es lo que hacen”.
Los desplazamientos en busca de aquellos objetos, cargados de valor porque son el producto de años de tradición y trabajo, son a veces enormes y difíciles. Para ir a Mirití-Paraná, por ejemplo, uno de los miembros del equipo de Artesanías de Colombia debe ir en avión de Bogotá a Leticia, luego de Leticia a La Pedrera, y enseguida hacer un recorrido de ocho horas en lancha por el río Caquetá hasta encontrar el brazo del mismo que lo lleva hasta la maloca principal del poblado. En total un viaje de tres días. Hasta allá va en busca de una comunidad en la que los hombres elaboran cestería y las mujeres alfarería para invitarlos a que traigan sus productos a la feria. Consciente de que entra a un mundo con leyes propias y una especial cosmovisión, Álvaro Iván procede con todo respeto y a sabiendas de que el chamán es el que tiene la última palabra y de que hay normas inviolables, como la que prohíbe comercializar sus objetos sagrados, algunos de ellos hechos de plumas. Pueden en cambio vender las piezas en las que acostumbran tomar guarapo o agua, o donde echan el ají con el que mojan el cazabe. Y sabe que también hay ritos: que las mujeres, por ejemplo, pueden acceder al recurso (en este caso la arcilla) sólo bajo ciertas condiciones, y dejan en pago al simbólico “dueño” del mismo -una entidad invisible- unas pequeñas ollitas de barro.
Pero la labor de Artesanías de Colombia, la entidad que maneja la feria, va mucho más lejos que la de convocar a los artesanos y comercializar sus productos. Puesto que cientos de artículos producidos en serie en la China, la India u otros países, hechos con materiales y mano de obra barata, amenazan con reemplazar los productos artesanales desapareciéndolos de la faz de la tierra, los expertos adelantan una tarea de incentivación y recate. Sucedió ya con la talla en madera de los sicuanes, habitantes del resguardo de Gwacoyo, en el Meta, que estaba a punto de desaparecer o con ciertas puntadas de los cinchos elaborados por las mujeres guajiras, recuperadas gracias a la memoria de las ancianas de la comunidad. La idea es trabajar lo local y hacerle comprender al comprador que lo artesanal tiene el valor agregado de lo “hecho a mano”. Y para que recuerde que detrás del objeto que se lleva hay trabajo de semanas, meses, a veces años, a menudo este viene acompañado del registro escrito del proceso y hasta con la foto de la persona que lo elaboró. La mano de obra aquí es costosa, sí, y por eso ciertos productos son caros. Pero hay otras razones, que a veces tienen que ver con los ritos y las costumbres: es el caso de las mochilas arhuacas blancas, que son ceremoniales, que son tejidas por niñas vírgenes que recogen ellas mismas el algodón, lo transforman y reciben como condición para su trabajo la bendición del chamán.
Calidad es la condición sine qua non para participar en la feria. Por esta razón el producto llega entre enero y marzo a Bogotá y se devuelve con evaluación. En caso de que su técnica no pase la prueba, los artesanos se incluyen dentro de procesos voluntarios de capacitación o asisten a “asesorías puntuales” donde en jornadas cortas se hacen ajustes de producto. Y también, cuando se trata de comunidades, los asesores hacen su trabajo “in situ”. Pero los organizadores de la feria también están interesados, cada vez más, en incentivar la innovación. ¿Innovación? -pregunto yo-. Sí, me explican. Es la técnica la que debe prevalecer, pero en el diseño se puede innovar, pues se trata de lograr una interlocución entre el artesano y el mercado. Pero no hay que olvidar que a Expoartesanías concurren también artesanos urbanos abiertos a la modernidad, que incluyen diseñadores de ropa, muebles, joyas.
El dinero recaudado en la feria vuelve a los artesanos, y es bonito –me cuentan los diseñadores– ver cómo van mejorando sus viviendas con el producto de su trabajo. Pero a veces prima en ellos el orgullo de exhibir su producto al afán del dinero. O hay comunidades que incluso no saben muy bien qué hacer con sus ganancias. Fue lo que les pasó a los artesanos de Mirití-Paraná, liderados por Luzmila Tanimuca y su esposo Kevin, que desoyeron el consejo de regresar los dos millones de pesos que se ganaron entre una caja fuerte y los enterraron debajo de una casa pensando en un ahorro para el futuro. A los seis meses, cuando los quisieron sacar a la luz, vieron con espanto que se los había comido el gorgojo. Por fortuna el Banco de la República accedió a cambiar los billetes y la historia tuvo un final feliz. Tal vez el comprador que lea esta crónica logre identificarlos entre los muchos otros que en este diciembre atienden sus puestos con orgullo, después de haberse preparado para la feria, con entusiasmo y esfuerzo, durante todo el año.