La idea nació hace un año y medio. Ignacio Lehmann vivía en Nueva York entonces y allí fotografió los primeros cien besos. “Me entusiasmé, y también se entusiasmó la gente que empezó a seguir las fotos. Esa sinergia fue lo que hizo que el sueño fuera creciendo. Fue una especie de despertar que me hizo perder el pudor ante el hecho de mostrar lo que hago, y así mostrar una parte de mí mismo”, dice Lehmann.
Después de Nueva York vino Europa: recorrió Londres, París, Berlín, Barcelona, Ámsterdam, Roma y Venecia, y luego Tokio, Ciudad de México y Buenos Aires. Así, todo empezó a crecer y a expandirse. “Desde un principio mi trabajo ha estado rodeado de una muy buena onda, y esa energía refleja la naturaleza misma del beso. Cuando uno besa termina sintiéndose mejor, en el momento y durante el resto del día”.
Aunque planee hacer una curaduría profunda de su obra y tal vez un libro que reúna algunas fotos de la serie, hasta ahora su trabajo ha circulado y se ha hecho famoso a través de la página en Facebook, que hoy en día tiene 121.344 seguidores.
Son muchas variables las que están en juego en estas fotos. Las situaciones son todas distintas, y particulares. A veces Lehmann simplemente capta el momento de un beso mientras camina por la calle —le gusta perderse por las calles de las ciudades para él desconocidas y observar alrededor, como un flaneur del siglo XXI—. Otras veces se acerca y les pide a las personas que repitan lo que en el momento no logró captar con la cámara. De modo que tanto el beso como las fotografías son instantes de pura presencia. Él debe estar ahí, en el momento y lugar precisos, para tomar la foto. Y el beso en sí es un estar ahí, una conexión real, humana, física e incluso mental con un otro. Necesita de ello para existir. Las fotografías captan un instante, el instante de un beso, que es por excelencia la experiencia de la absoluta presencia, de estar ahí, en un instante, ante y con el otro.
Por otra parte, hay algo en la expansión del proyecto y en el hecho de encontrar esa misma manifestación de afecto en los más diversos lugares del mundo que nos pone a todos en un mismo plano, nos iguala, muestra algo de nuestra esencial humanidad, por encima de las diferencias. Hay algo entonces, muy en el fondo, que compartimos todos y que se manifiesta en la acción de besar. “He encontrado a todos haciendo lo mismo. De repente ya no importa de dónde es tu pasaporte, de qué barrio venís, qué idioma hablás, cuánto dinero tenés en tu cuenta bancaria, de qué religión sos… En el beso caemos todos, estamos todos inmersos en un mismo instante que nos iguala, nos empareja. Claro que podría hablar de las diferencias entre un beso colombiano y un beso japonés. En Japón no se besan en público, e hice cien fotos de besos, ¡una locura! En cambio acá, por todas partes se besan. Pero en definitiva es lo mismo. Eso para mí es maravilloso”.
Pero los besos de Lehmann no sólo hablan del acto mismo de besar. Las fotos también se refieren a los países que ha recorrido, su cultura, su idiosincrasia y la historia particular de las personas retratadas. Cree, precisamente, que el beso más emblemático es uno que va mucho más allá de sí mismo, desde la imagen misma y desde el texto que la acompaña: el beso número 100 en Hiroshima.
Era una pareja de japoneses de 74 y 82 años. Llegó a ellos por su hijo, otro fotógrafo que estaba al tanto de su viaje. Ambos son sobrevivientes de la bomba atómica. A través de esa fotografía particular dice haber entendido la guerra desde un lado muy pacífico, y pudo acercarse a la experiencia de la guerra a través de un testimonio que está atravesado por una historia de amor: “El hongo nuclear lo hemos visto mil veces, y el relato de los manuales de historia lo conocemos. Pero entender esa tragedia a partir de un testimonio directo es otra cosa. Me imaginé esa misma bomba nuclear de 4.400 kg caer en la Plaza de Mayo mientras yo comía un churrasquito con mis amigos en el comedor del Colegio Nacional de Buenos Aires. ¿Qué hubiera pasado? ¿Y si la bomba caía en San Pedro cuando mi vieja tenía seis años y dibujaba figuras en la arena a orillas del río Paraná? ¿Qué hubiera pasado? Intenté acercarme al terror con mis pensamientos. Comencé a sudar y a temblar a la vez. Pero no era el momento adecuado para hacerlo. Me limpié la cara con agua, cerré con fuerza mis puños y salí de ese baño. Me comí un sobrecito de azúcar que encontré al pasar y volví a la mesa con ellos”, cuenta Lehmann.
La foto se las tomó en la zona cero, exactamente donde calló la bomba atómica el 6 de agosto de 1945, con la cúpula Genbaku detrás, que es el edificio que más resistió el impacto. Desde entonces ha sido preservado exactamente como quedó después del bombardeo y su estructura, que apenas se sostiene, pide a gritos la eliminación de todas las armas nucleares. Con esa foto Lehmann elevó el beso a otra categoría: dejó de ser algo meramente físico o romántico para convertirse en un acto político, de resistencia.
La bella historia de esta pareja de sobrevivientes puede leerse en la página de Facebook del proyecto, 100 World Kisses.
saramalagonllano@gmail.com