Sobre esta turbulenta historia el autor construye una magnífica narración sobre tres vidas tumultuosas y la manera como éstas se entrelazan fatalmente hasta conducir a un aciago final. Los hechos narrados, por su condición de inmorales (y aquí se engloban tanto los malos tratos y vejaciones sufridos por la esposa, como el crimen que ella comete), pueden juzgarse a priori como actos horribles y censurables, no obstante, Döblin los expone sin juzgarlos, presentando a los tres protagonistas como víctimas, cada uno en un grado y de una manera distinta.
A ese distanciamiento contribuye la manera de narrar de la que se sirve el autor: frases cortas que componen un estilo descriptivo y somero que enumera lo esencial sin detenerse en detalles accesorios y que, sin embargo, logra crear una nítida imagen de cuerpo entero de los acontecimientos.
Alfred Döblin cautiva. Sirviéndose precisamente de ese lenguaje descarnado, logra representar la espiral de violencia, sentimientos tormentosos, dudas e infelicidad que atrapa a los personajes hasta conducirlos a un punto sin retorno del que, evidentemente, uno de ellos no podrá regresar.
Y es esa capacidad para describir una psicología, e incluso un alma, de manera tan matizada y perfecta, sin juzgar jamás y mostrando siempre un enorme respeto por todo lo insondable que ésta alberga; esa manera de indicar que el dolor, la repulsión y el rechazo que los actos humanos más reprobables generan, también afecta a quienes los cometen, con el agravante de que, al horror del hecho en sí, ellos suman el espanto de los actos que le precedieron y que quien juzga desde fuera no ve; es lo que convierte esta obra en magistral y su lectura en obligatoria.