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Usted y la paz

Yo es la palabra con la que empieza el discurso del egoísmo. Vivimos en un mundo donde los extremos son el diario vivir de cada ser humano… Yo soy, yo tengo, yo quiero, yo necesito, es como un edificio levantado en lo más alto, pero débil ante la tormenta.

23 de marzo de 2016 - 11:05 p. m.
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Nunca reconocemos el yo desde la humildad del ser, el yo que proviene de ponerse en los zapatos del otro. En nuestro inconsciente no existe el yo perdono, yo entiendo, yo fallé y mucho menos ustedes o nosotros. Y es eso, la muestra de nuestra ambición disfrazada de independencia, la respuesta al porqué de la intolerancia, del irrespeto, del desamor, del desinterés y todas aquellas situaciones que deterioran la paz interior y la paz colectiva.

Creemos que un acuerdo de paz es la solución mágica al conflicto, y que nuestros conflictos del día a día no influyen en la tranquilidad de un país. Los medios, la publicidad y el vox pópuli se han encargado de satanizar los grupos armados como únicos culpables de una realidad que nos compete a todos.

Y digo todos, porque usted y yo alguna vez hemos tenido un conflicto, alguna vez hemos sido indiferentes con los nuestros o con los que no conocemos. Hemos hablado del otro, hemos negado una oportunidad, nos hemos pegado del pasado, del rencor, del odio, del chisme, la competencia, de la envidia, la ironía y la negatividad, que confluyen cuando no podemos ponernos de acuerdo con las diferencias, con las creencias y los pensamientos heredados. A veces asumimos que la vida sólo tiene perspectiva desde nuestros ojos, desde nuestra carne, desde nuestros huesos, desde nuestros zapatos, como si fuéramos seres humanos homogéneos, a pesar de que cada ser humano ve con un lente diferente el pasar de los días. Y es que la verdad, paz somos todos, la paz está en cambiar el lenguaje que señala, ese mismo que nos hace victimarios sin armas.

Ojalá todos los días concluyeran en acuerdos, sin andar por ahí justificando nuestros errores, sin andar imaginando lo que realmente el otro no piensa. Hay que apostar por el acuerdo de paz, como hay que apostar a que somos capaces de aceptar la realidad del otro, sin sembrar la semilla del miedo, de la venganza que termina en horror. Muchas de las guerras en el mundo empezaron con una diferencia de ideas, con una defensa de posición, con el simple hecho de una religión, de un Dios, de un poder o de alguien que se sentía superior.

El reconocimiento de los diferentes ángulos, la convicción de que no hay verdad absoluta son el grano, la semilla que podemos plantar para una verdadera paz. El día que caigan las definiciones y los absolutismos, el día que tengamos la capacidad de estar en el hoy, no en el ayer ni en el mañana, ese día el mundo será diferente. Hay que empezar en casa, aunque no creamos. Es claro que no somos iguales, y eso nos exige entender la validez de las mentes en un país diverso.

Escuchar, sopesar, desmitificar, pueden ser el camino a una verdadera Colombia sin armas, sin víctimas, sin vidas silenciadas a fusil, sin escudos humanos que encontraron el fin buscando la verdad o que se toparon con la muerte simplemente porque se quedaron atrapados en un lugar que jamás eligieron. Yo sueño con un mundo sin dinero, dado que hoy lo único que importa es tener con qué, y ese con qué termina en un ciclo de avaricia, en inconformidad y una profunda necesidad de ver con las manos y no los ojos… Siempre queremos más, y nos enfrascamos en acumular, en cumplir metas y no sueños. Nos enfocamos en lo palpable como muestra de que lo intangible es insignificante. Al final no pagamos con dinero, pagamos con tiempo, como dijo alguna vez el presidente de Uruguay, Pepe Mojica. Mejor dicho, cargamos con las necesidades que nos crea el dios consumo aniquilando el tiempo para ser felices con las pequeñas cosas.

Dejamos de amar, perdimos la conciencia, vivimos en un mundo donde sólo existe el afán de llenar vacíos que desconocemos, para acompañar soledades de un mundo lleno de personas.

Quizá no logremos dimensionar que nuestras respuestas frente a las situaciones diarias podrían contribuir a la paz que anhela un país como Colombia. Parece descabellado desprenderse del yo para pensar en nosotros, lo cual aplica para todo donde haya más de dos. Lo que hay en la cosmovisión del mundo son señalamientos, culpables, verdades a medias de una sociedad que se preocupa más por lo material, el yoísmo y la seguridad económica, aunque el precio sea la destrucción del mismo aire que respiramos.

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En medio de todo, aunque descabellado, todo lo anterior no responde a algo que pasó sólo por mi mente, lo cual me hizo pensar en utopías más que en posibilidades. Después de haber empezado a escribir este texto me encontré con la historia de una comunidad maya que vivía bajo el principio del colectivo y no el individualismo, donde el YO no funciona. Los tojolabales son un pueblo que ha vivido en México desde el siglo XVI, o así lo registra la historia, y es una etnia que perdura a pesar de su incomprendida cultura, la cual maneja un lenguaje propio. “Los tojolabales tienen dos palabras para lengua o palabra. Por un lado está la palabra/lengua hablada: k’umal, y, por otro, la escuchada: ‘ab‘aU. Se llaman a sí mismos tojolabales, es decir, “los que saben escuchar bien”, según investigó un filósofo llamado Carlos Lenkersdorf.

Esta pequeña sociedad se maneja con premisas como que: “El que habla escucha al que oye, y el que oye habla al que habla. Si no se produce esa doble acción con doble sentido, aunque se digan mil palabras, se dicen “a la pared”. El escuchar es un elemento fundamental de la comunicación y, por supuesto, de las lenguas. Pero en Occidente se enseña filosofía, lingüística y disciplinas relacionadas con la investigación de las lenguas habladas y escritas, pero no de las lenguas oídas. Tenemos problemas para escuchar. Pensemos solamente en los políticos, los militares, los oradores, los predicadores o los maestros, que no se distinguen por saber escuchar. La razón es que no se enseña a escuchar. Se enseña una retórica para “saber exponer”, pero no existe un capítulo del “saber oír”, que señala el olvido o la negligencia del escuchar en las lenguas indoeuropeas”.

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Así que, soportada en una base teórica, encontrada por suerte y no por otra cosa, pienso que el reconocimiento de nosotros mismos y nuestros mundos podría desencadenar un cambio en las relaciones interpersonales. Así cada día sea más difícil decir lo que se piensa o se siente sólo por el miedo a no ser escuchados con atención, ya que no crecimos con las herramientas para oír.

El silencio y la autocensura son las consecuencias del rechazo a la diversidad de ideas. Observando mi vida y lo que la permea (con lupa, por supuesto), llegué a la conclusión de que es necesario suprimir el yo como cualidad de lo superior, aunque esto implique algo inteligible para aquellos que empiezan las frases con el ego disfrazado de seguridad o autonomía.

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