“Terceto” es su primer libro publicado después del Premio Rómulo Gallegos. ¿Cambió este galardón sus costumbres de escritura?
Terceto es la reunión de mis tres libros de poemas en prosa o minificciones poéticas: Viajeros, Trazos y Programa de mano. Estos libros, que son hermanos, los escribí durante casi treinta años. Representan una apuesta estilística fundada en la poesía y una incursión muy particular que he hecho en el campo de la historia, la ficción y la narrativa breve. El Premio Rómulo Gallegos, por fortuna, ha significado que la editorial Penguin Random House esté interesada en publicar mis libros anteriores, y Terceto es el inicio de ese proyecto.
En su experiencia, ¿el escritor radicado en la provincia compite en desventaja ante el que vive en Bogotá para llamar la atención mediática?
El centralismo, esa calamidad política, cultural y económica que nos dejó España y que recuperó para sí el equívoco Antonio Nariño, influye en todo y, por supuesto, en la literatura de Colombia. Siempre ha sido así. Aún dependemos de Bogotá, de sus periódicos, de sus editoriales, de sus revistas. Si un escritor colombiano, por ejemplo, no sale referenciado en Semana, o en Arcadia o en El Malpensante, pareciera no existir. Es una ridiculez, en el fondo, porque el sentido de la importancia literaria supera en creces estas coyunturas. Pero es una ridiculez que cuenta y que, por desgracia, siempre ha medido los parámetros de nuestra literatura y, sobre todo, de nuestros niveles de lectura.
¿De dónde le viene la actitud pesimista en el mundo?
Basta una rápida mirada al mundo que nos ha correspondido para concluir que vamos hacia el abismo. Trato de aferrarme, en mi vida cotidiana, a las cosas buenas que da la vida: la música, el amor y la amistad, los viajes, el buen vino, la escritura, para no sucumbir del todo al pesimismo. Hemos llegado, eso pienso, a un punto de quiebre. Quienes nos gobiernan son criminales con corbata y celular. La guerra en Siria demuestra cabalmente a qué límites hemos llegado. Lo que ocurre en esa parte del mundo es una vergüenza, como lo fue la esclavitud en Grecia y en Roma, la cacería de brujas en la Edad Media, los genocidios que atraviesan la historia de las civilizaciones desde siempre, los campos de concentración nazis, los soviéticos y las bombas atómicas de las democracias capitalistas. Además, la pasividad del pueblo, sometido a todos los consumos y la alienación de los medios de comunicación, es aplastante.