Siendo objetivos, la verdadera amenaza del Covid-19 siempre ha sido, en mayor porcentaje, más social que biológica. Una tasa de letalidad que oscila entre 3% y 8%, y una capacidad infectante de 1: 2.5 ―cada individuo infectado es capaz de infectar a 2.5 individuos más― la ubican muy por debajo de otras amenazas a la vida. Y tal como fue anunciado desde el inicio de la pandemia: el objetivo de las más drásticas estrategias de contención y mitigación no estaba dirigido a disminuir la mortalidad, sino a atenuar el impacto de la enfermedad en los sistemas de seguridad social, “aplanado la curva de contagios”, relegando al estatus de una consecuencia subrogada la disminución del número de muertos por contar.
De otra parte, hay una cuenta que desde el inicio de la pandemia no he podido conciliar con el ejercicio de la buena matemática. Por datos epidemiológicos se sabe que alrededor del 70% de una población debe haber sido contagiada ―quedando, por lo tanto, inmunizada― para que el virus no encuentre asiento donde seguir transmitiéndose (es decir, organismos que le permitan reproducirse) y en consecuencia empiece a frenarse la expansión de la pandemia. ¿Cómo se explica entonces que en un país promedio de cincuenta o cien millones de habitantes la curva de contagios y nuevos casos comience a aplanarse y a desaparecer con tan solo doscientos o trescientos mil diagnosticados, los cuales representan apenas entre el 0.3% y el 0.6% de la población? A este interrogante solo caben tres respuestas lógicas: uno, que el porcentaje de portadores asintomáticos es muy superior al 80% que se ha promulgado y podría superar el 95% de todas las personas que son expuestas al virus; en consecuencia, también la mortalidad real ―no la mortalidad atribuida― sería menor. Dos, que hay un subregistro inaceptable de la patología o, tres, que ni la sensibilidad ni la especificidad de las pruebas aplicadas, sin mencionar la oportunidad de su resultado, superan el porcentaje mínimo requerido para establecer un alto grado de confiabilidad estadística.
El enfoque dirigido
Solo apuntando a la diana se da en el blanco. Los «perdigones en regadera» hacen más probable que se oculte la presa, se malgasten los esfuerzos del cazador y se dilapiden recursos, arriesgando el éxito de la acción. Los tumbos de ciego nacen de la ignorancia, entendida esta no como falta de información sino como insuficiencia del análisis fundamentado en la lógica. Al inicio de la pandemia por Covid-19 la OMS, máxima autoridad planetaria en cuestiones de salud, sobre cuyos hombros la sociedad contemporánea vuelca sus esperanzas de ser guiados hacia un mundo saludable, tuvo que retractarse en varias ocasiones de sus desacertadas recomendaciones: con la no necesidad del tapabocas, con la no transmisión aérea del virus, con la transmisión por fómites, con la aprobación tácita que propició el silencio temeroso ante terapias cuestionables, entre otras. Y los gobiernos del mundo, sumergidos en la inercia de la lucha contra un enemigo común, invisible y de poder desconocido, se alimentaron con la lujuria de la guerra para destacarse ante sus ciudadanos. Las políticas: restricciones a la movilidad, toques de queda, confinamientos obligatorios, gastos millonarios en «aprovisionamiento preventivo para sostenimiento de sectores vitales», multas, arrestos, extorsiones y estados de excepción. Los resultados: economías devastadas, familias en la quiebra, hambre, desorden social, desempleo, hastío y rebeldía, desfalco a las arcas del Estado, y al final, el mismo número de muertos. La necesidad de mostrar que se está haciendo algo se impone como categoría rectora de las conductas improvisadas poniendo en tela de juicio al intelecto y al pensamiento lógico y mesurado.
Por muy inteligentes y obedientes que sean las ovejas, cuando se les dan órdenes contradictorias o muchas órdenes al tiempo, tienden a dispersarse y a perder de vista lo realmente importante para la sobrevivencia del rebaño.
Punto uno
El coronavirus causante del Covid-19 es un virus de RNA de transmisión estrictamente respiratoria que penetra e infecta solo a través de mucosas: oral, nasal, oftálmica. No infecta atravesando la piel, ni el cuero cabelludo; tampoco entra por las uñas ni por las manos, estas son solo un vehículo que lo transporta hasta las mucosas para que pueda infectar; solo enferma cuando se respira, y en ese orden solo tiene una puerta de entrada y de salida del organismo: la nariz y la boca. Otras vías de excreción viral podrían ser los fluidos corporales como orina, lágrimas, heces, sangre, semen y secreciones vaginales, cuya capacidad infectante no ha sido cuantificada.
Las políticas para evadirlo: confinamiento obligatorio, uso de tapabocas, lavado exhaustivo de manos, descontaminación de superficies, distanciamiento social, aspersión de la suela de los zapatos, baño con vapores antisépticos y tapetes de hipoclorito al entrar en algunas oficinas o centros de comercio, alcohol en todo lo que se toca y en las propias manos, máscaras, caretas, gafas, costosos sensores de temperatura absolutamente innecesarios, medicamentos de dudosa eficacia y de comprobada ineficacia. Paranoia social.
¿Qué dice la razón? La obligatoriedad temprana del uso adecuado de mascarillas de alta eficiencia ―N95 o superior― y su suministro suficiente a toda la población por parte del Estado, así como el lavado de manos obligatorio cada dos horas, pudo haber tenido el mismo impacto de las políticas puestas en práctica y haber bastado para conseguir los mismos resultados sin los efectos sociales de dichas políticas. Si todos los ciudadanos en edad productiva, enfermos o sanos, sin excepción y bajo obligatoriedad legal, hubiesen usado el tapabocas de manera permanente y correcta, la posibilidad de contaminar superficies, de transmitir gotas de saliva contaminadas directamente a otras personas, de recibir una carga viral infectante, de aerosolizar partículas en ambientes cerrados y, en fin, de transmitir la infección, se podría haber reducido a una expresión similar a la conseguida con el resto de medidas por demás exageradas e innecesarias y con un costo social y económico mucho menor.
Punto dos
La estrategia del avestruz o la esperanza de la ingenuidad: esperar que el enemigo pase y nos deje tranquilos. Aplazar el encuentro con la muerte, sobre todo cuando la víctima se atrinchera aterrorizada a esperar que «todo pase» y el sol salga de nuevo para saltar oronda, pensando que aquello ha sido un triunfo de su intelecto. Cuando se ordenó inercialmente, al compás con otros gobiernos del mundo, que todos los ciudadanos se quedaran encerrados en sus casas y se cerraran aeropuertos, centros comerciales, escuelas, oficinas, cines y nos aisláramos unos de otros posponiendo la vida, también se nos hizo creer que todo era con el bienintencionado propósito de prepararnos para la lucha, armarnos y tomar fuerzas para enfrentar al enemigo en fraterna unión. Pero reinó la improvisación y el desorden. No se fortaleció al sistema de salud que ya se encontraba moribundo antes del ataque del virus, se perdieron miles de empleos, los corruptos hicieron su agosto con el erario público, se generó ansiedad, inconformidad social y paranoia colectiva, y al final la cereza del pastel, el hazmerreír del planeta: el mensaje subliminal de que saludar de mano a su vecino lo puede matar, pero compartir el aliento, el sudor y apilonar los cuerpos no, mientras sea para comprar un televisor a cuotas.
El resultado: disipación de la fe en la aptitud de las instituciones y los gobernantes ―salvo contadas excepciones―, la insurrección del analfabetismo emocional de un pueblo confundido que usó la amenaza del propio virus para irse lanza en ristre contra el estamento. En otras palabras, la materialización inconsciente y colectiva del «me importa un cuatro letras» cuando ya todo pierde su significado ante la inminencia del desastre y el cansancio ha mermado las fuerzas del más tolerante de los ejércitos. Y como siempre, justificándose en el ejercicio a ultranza ―e irracional― del derecho, aparece la anarquía cabalgando el brioso y también ambiguo corcel de la equidad: «es mi vida y qué», «si ellos pueden, por qué yo no», «nadie me va a alimentar si no trabajo», «todo es mentira», «ese virus vale…», «me mamé», y se repite la historia; no hay opresión, ni mecanismo persuasivo, ni coerción que contenga lo inevitable. Entonces, tal como decía Lao Tze: «Los pequeños miedos nos corroen, pero el gran miedo nos enfrenta a lo desconocido»: el pueblo cansado, confundido y decidido a encarar el fantasma de la muerte sale a enfrentar su destino cueste lo que cueste.
¿Qué dicta la razón?
Una estrategia de protección colectiva coherente y más creíble, ajustada a la realidad de las cifras en constante cambio y susceptible de ajustes verdaderamente inteligentes sobre la marcha habría evitado el desastre. Entiéndase: aislamiento selectivo de grupos de alto riesgo, protección eficiente y no sobredimensionada a los grupos más expuestos, aislamiento de conjuntos ―más no aislamiento individual de los elementos del conjunto entre sí― y por último introducción programada y selectiva, «dosificada», de la exposición al patógeno en la comunidad con el propósito de alcanzar el porcentaje requerido para interrumpir la transmisibilidad a un ritmo en el que no se saturen los sistemas de salud.
En conclusión, el virus ha descorrido el velo de la mediocridad y está por mostrar las consecuencias de la improvisación en lo social y en lo biológico. No cantemos victoria, que el enemigo aún no ha pasado su cuenta de cobro. Lo «más interesante» está por venir, y a no ser que el virus nos deje plantados o, por ventura del destino, el ejercicio pronóstico esté equivocado, muy pronto, sin excepción alguna, todos estaremos cara a cara con el enemigo en la misma habitación. El planeta es pequeño y por ahora no hay otro a donde huir. No distraiga su atención de lo importante: tápese la boca y lávese las manos. Ah, y no sea tonto, las ofertas no se acabarán a las seis.
*Médico internista cardiólogo. Magister en proceso en falla cardiaca. Miembro Sociedad Colombiana de Cardiología, Sociedad Española de Cardiología y Sociedad Europea de Cardiología. Escritor, ensayista.